
Canelazo: la bebida quiteña que pasó de tradición callejera a cóctel premiado
La bebida emblemática de la sierra celebra su vigencia entre la
tradición, el festejo capitalino y las propuestas gourmet
El canelazo es, para muchos quiteños, un abrazo caliente servido en un vaso. Basta acercarlo a la nariz para que el aroma de la canela, la naranjilla y el aguardiente despierte memorias de noches frías, caminatas por el Centro Histórico o celebraciones que terminan en rondas improvisadas.
Es una bebida sencilla, sí, pero también es un rito: un gesto que reúne, calienta y acompaña. Así ha sido desde hace siglos, cuando apareció como un remedio doméstico contra el frío y terminó convirtiéndose, casi sin proponérselo, en un símbolo de la vida nocturna en la capital. “Es una bebida que nació para cuidar y acabó siendo parte de la identidad”, dicen quienes han seguido su historia.
Ese gesto cotidiano dio este año la vuelta al mundo. En octubre, una de las guías internacionales más influyentes del rubro turístico, TasteAtlas, incluyó al canelazo dentro de su listado de mejores cócteles tradicionales, destacando su carácter reconfortante y su capacidad de unir ingredientes locales en una mezcla equilibrada.
Para un trago que nació sin pretensiones, en cocinas familiares y fogones de barrio, el reconocimiento se siente como una reivindicación: la muestra de que lo auténtico, cuando se cuenta bien, también puede volverse universal. “El canelazo es una bebida que habla del clima, de las frutas y de la gente”, explicó el jurado en su valoración. “Tiene identidad y tiene historia”.
Su expansión se dio a través de rutas comunitarias y celebraciones agrícolas, como explica el historiador Jaime Gallegos. “Es una bebida humilde, pero con una historia enorme. Cada familia tiene una versión y cada versión cuenta un pedazo de país”, señala. Con el tiempo, ese recorrido silencioso por caminos andinos lo instaló en plazas, mercados y, más tarde, en las noches de la capital.
Y si hay un momento del año en el que esta bebida se vuelve protagonista, es durante las Fiestas de Quito. Apenas se encienden las tarimas, suenan los primeros pasacalles y la ciudad afloja un poco el paso, el canelazo reaparece en manos de vecinos, visitantes y músicos. Es parte del paisaje festivo: en las comparsas, en las verbenas, en los recorridos nocturnos por San Blas o La Ronda.
Hay quienes aseguran que no existe un diciembre sin canelazo; que la ciudad, para celebrar, necesita también ese calor compartido. Es la bebida que invita a quedarse un rato más, a conversar, a cantar. En palabras de quienes lo preparan desde hace décadas en las calles del centro: “El canelazo es como decir ‘siéntate un ratito’, ‘no te vayas todavía’. Es la forma más sencilla de hacer comunidad”.

Una bebida que evoluciona
Su presencia no siempre fue tan alegre. Las referencias más antiguas hablan de una bebida caliente usada en las zonas frías de los Andes como acompañante de los resguardos nocturnos. “Los testimonios tempranos lo mencionan como un remedio casero para enfrentar el clima duro de la sierra”, añade Jaime Gallegos. “Las familias lo preparaban con lo que tenían a mano: agua, canela, azúcar y, cuando era posible, jugo de naranjilla. El aguardiente apareció después, cuando ya se usaba en celebraciones”.
Esa mezcla sencilla es la base que hoy se mantiene, aunque se haya expandido a nuevas versiones que buscan atraer a un público más amplio. En los últimos 15 años, el canelazo pasó de las fondas tradicionales a las barras de autor, donde algunos bartenders lo reinterpretan sin perder su esencia. El mixólogo Christian Andrade cuenta: “El canelazo es perfecto para reinterpretar porque tiene un sabor reconocible. Lo que hacemos ahora es jugar con técnicas, presentar versiones infusionadas, agregar notas cítricas o usar aguardientes premium. Pero siempre respetamos su corazón”.
Su evolución también responde a cambios en la gastronomía ecuatoriana, que en la última década ha buscado revalorizar ingredientes locales. En Quito, Cuenca y Ambato empezaron a aparecer versiones gourmet que incorporan panela artesanal, clavo de olor, cardamomo o incluso reducciones de frutas nativas. En algunos bares, se ofrece frío, ahumado o con espumas, aunque siempre con el mismo nombre. “No importa cuántas variaciones existan”, dice Andrade. “La gente lo sigue pidiendo como canelazo. Ese es el poder de una bebida que ya vive en la memoria colectiva”.
Las recetas más novedosas dependen de la creatividad del bartender y del gusto del comensal. Una de ellas, la del Hotel Casa Gangotena, incorpora flores de jamaica, manzanas y almíbar de flor de manzanilla.
Tres sitios tradicionales
Y aunque se puede degustar canelazo por toda la capital, hay lugares que se han convertido en puntos de referencia. La Ronda es uno de ellos. Durante siglos, este pequeño barrio ha sido un icono de Quito: un corredor de casas antiguas, balcones estrechos y tiendas de artesanías que mantienen viva la tradición. Su escala compacta lo vuelve especialmente atractivo para quienes buscan recorrerlo a pie, detenerse en una esquina, escuchar una banda que aparece de pronto y entrar en cualquier local donde el canelazo se sirve humeante. Allí se encuentran todo tipo de versiones: las alcohólicas, las afrutadas, las de textura más espesa e incluso las que se preparan sin alcohol para quienes solo quieren disfrutar del calor de la bebida sin mayores riesgos.
A pocas cuadras, y con un ambiente mucho más sereno, San Marcos ofrece otra ruta para quienes buscan sabores tradicionales sin tanta aglomeración. Es un barrio donde todavía se siente la vida cotidiana: vecinos que conversan en las puertas, familias que han heredado sus casas por generaciones y talleres donde aún se trabaja la madera, el papel o la cerámica. En sus restaurantes y pequeñas cafeterías, el canelazo mantiene ese carácter familiar, preparado sin prisa, siguiendo recetas transmitidas como parte del propio patrimonio del barrio. Muchos visitantes coinciden en que allí el trago sabe distinto, quizá porque San Marcos conserva algo de la ciudad antigua, algo que se respira en cada cuadra.

En el Centro Histórico, las opciones son variadas, pero hay un sitio que destaca por tradición y memoria: Hervidos El Tropical. Funciona desde hace más de 60 años y es un punto de encuentro donde el aguardiente con naranjilla alcanza un equilibrio que muchos consideran insuperable. El lugar tiene algo de refugio urbano: música que acompaña, historias que se repiten, anécdotas que don Carlos Idrovo y Ruth Borja comparten mientras la olla sigue hirviendo. Para quienes lo visitan, es un recordatorio de que el canelazo, además de bebida, es también una conversación, una pausa en medio del ritmo de la ciudad.
La receta tradicional
Ingredientes
- 2 litros de agua
- 4 naranjillas grandes
- 2 ramas grandes de canela
- Media taza de panela o azúcar
- Aguardiente al gusto
Preparación
- Colocar el agua en una olla y poner al fuego.
- Agregar la canela, las naranjillas y dejar en ebullición por 20 minutos.
- Agregar el endulzante y dejar hervir unos 10 minutos más. Cuando esté listo, remover y colar.
- Añadir el licor y servir caliente.
La receta gourmet
Ingredientes
- 2 litros de agua
- ½ taza de azúcar
- 2 ramas de canela
- 1 trozo de jengibre fresco, pelado y picado
- 2 limones (jugo y cáscara rallada)
- ¼ de taza de aguardiente
- 4 clavos de olor
- 1 cucharada de miel
Preparación
En una olla grande, agregar el agua, la canela, los clavos de olor y el jengibre picado.
Llevar la mezcla a fuego medio y dejar hervir durante 10 minutos, hasta que el agua se infunda con los sabores de las especias.
Luego, licuar y añadir agua caliente.
Regresar la mezcla licuada a la olla y añadir el azúcar y la miel.
Cocinar a fuego bajo por 5 minutos y, después, añadir el aguardiente.
Usar un colador para servirlo y decorar el vaso con una ramita de canela y una rodaja de limón.
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