
Tortuga Bay en Galápagos: negligencias, naufragios y una ruta marítima suspendida
Crónica. Tras años de naufragios y denuncias, la ruta a Tortuga Bay fue suspendida por riesgos marítimos y fallas en control
La ruta marítima entre Puerto Ayora y Tortuga Bay, en Galápagos, fue suspendida tras años de incidentes, naufragios y cuestionamientos sobre su seguridad. Informes técnicos confirmaron que no existen condiciones adecuadas para la navegación regular, mientras que casos como los de las lanchas Angy (2022) y Spóndylus (2026) evidenciaron fallas en el control de zarpe, exceso de pasajeros y deficiencias en los protocolos de rescate. El tema ha reabierto el debate sobre la responsabilidad de las autoridades y la seguridad del transporte marítimo turístico en la zona.
Después de años de operación, varios naufragios y decenas de víctimas, esta ruta fue finalmente suspendida por no ser segura para la vida humana en el mar. Detrás de la medida hay una cadena de advertencias ignoradas y dos tragedias recientes que reflejan los riesgos persistentes en este tramo marítimo.
Un informe que confirma los riesgos
El 4 de marzo pasado. el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada, INOCAR, presentó Informe DHC-004-2026-O, en el cual dio a conocer el análisis técnico realizado en el sector Bahía Tortuga - Playa Tortuga Bay - Isla Santa Cruz - Galápagos. El informe concluyó que “La presencia de peligros naturales cartografiados próximos a la costa, sumada a la dinámica meteorológica y oceanográfica del sector, limita las condiciones de seguridad para la navegación de embarcaciones menores frente a Tortuga Bay e impide que dicha franja marítima sea considerada como una ruta segura para el tránsito regular”.
Y, segundo, que “la inexistencia de información batimétrica de detalle, así como la ausencia de un estudio de configuración marítima que defina técnicamente la derrota, sus márgenes de resguardo y sus condiciones de funcionamiento, impide establecer una vía de navegación confiable desde y hacia Tortuga Bay y, por consiguiente, restringe cualquier validación técnica de su empleo como ruta regular de navegación turística”.
En la tarde y noche del 25 de septiembre del 2022, la lancha Angie naufragó cerca de llegar desde la Isla Isabela a Puerto Ayora. Murieron cuatro personas. Hubo 31 sobrevivientes. De estos, cinco presentaron acusaciones particulares en contra del armador y las autoridades, por presunta negligencia en las tareas de rescate, que según las víctimas, fue determinante para que el naufragio se diera y para que los cuatro pasajeros murieran.
La Fiscalía procesó a un total de diez personas bajo la tesis de que, tanto los operadores privados como los funcionarios de la Armada, tuvieron conocimiento de las fallas mecánicas y el exceso de pasajeros, pero omitieron actuar para prevenir la tragedia.
Denuncias y cuestionamientos a autoridades
Varios sobrevivientes y familiares de las víctimas (Luis Dután, Rosalba Cedeño, Yaiza Romero, Santa y Andrea Chila) presentaron acusaciones particulares que coincidían mayoritariamente con la Fiscalía, pero con precisiones adicionales. Acusaron por homicidio culposo y lesiones y por comisión por omisión: argumentaron que los servidores públicos (personal de Capitanía y DIRNEA así como el alcalde de Santa Cruz Angel Yanez y la Presidenta del Consejo de Gobierno Katherine Llerena, en su calidad de presidentes del COE cantonal y provincial respectivamente, tenían la obligación jurídica de actuar como garantes de la vida y no lo hicieron ante el peligro inminente impulsando el rescate urgente. No hubo barcos de instituciones públicas ni el escuadrón naval y demoraron más de tres horas en enviarles auxilio para cuando se empezaron a hundir. El resultado de ello fue cuatro muertes.
La fiscal del caso no vinculó a los servidores públicos mencionados ni a nadie del sistema ECU 911, que no reportaron conforme los protocolos ni aplicaron protocolos de salvataje urgente.
Nueve personas fueron llamadas a juicio. Entre estas, siete miembros de la Armada, empezando por el capitán de puerto de Puerto Ayora, además del capitán y el administrador de la lancha.A partir del 13 de abril del 2023, cuando se formularon cargos y se vincularon a todos los acusados, van a ser tres años. Para este 11 de abril del 2026 está convocada, por segunda vez, a la audiencia de juicio.
A pesar de que la lancha naufragó cerca de Puerto Ayora, los pasajeros fueron rescatados, por embarcaciones particulares, luego de tres horas, tiempo que permanecieron en el mar. En la espera de justicia para las víctimas de la lancha Angie, el 19 de febrero del 2026, la lancha Spóndylus naufragó en el mismo sector, un naufragio violento, con la resultado de la muerte del capitán y armador, y la supervivencia de 28 personas.
Los mismos factores: falta de control de zarpe, exceso de peso por el número de pasajeros, irrespeto a las normas de navegación para la zona, daño en los motores y negligencias en las tareas de rescate. Los sobrevivientes del Spóndylus tuvieron que soportar seis horas desde naufragio hasta que llegaron a salvo a Puerto Ayora.
Crónica en el Spóndylus: Así salvamos la vida
A las 16:30 de ese 19 de febrero del 2026 estábamos con mi esposa y mi hija menor en las rocas de Playa Mansa, en Tortuga Bay, esperando el último turno de la tarde de la lancha Spondylus para regresar a Puerto Ayora, una ruta marítima muy usada con unos 20 minutos de navegación. Pero la lancha no llegaba y media hora después, a las 17H00 empezó a llover intensamente; nubes negras nos cubrieron y el mar se empezó a agitar.
Entonces llegó la lancha unos 15 minutos después y ya estábamos esperando cerca de treinta personas. Cuando se acercó a las rocas, la proa de la lancha se golpeó, hubo un ruido fuerte, pero nada más. Subimos todos en medio del aguacero intenso.
Nos sentamos junto a la puerta de acceso a la proa, que estaba debajo del puesto de mando del capitán, donde no llegaba la lluvia; nos ajustamos para que tres niños pequeños, estadounidenses, se sentaran junto a su madre. Eran los únicos que llevaban chaleco salvavidas propios. Los demás no nos pusimos, tampoco nadie de la lancha lo exigió, ni siquiera nos pidieron los tickets de regreso y nadie nos apuntó en lista alguna. Había dos miembros de la tripulación, con radios en las manos, que nos acomodaron como pudieron y zarpamos. Tampoco había un marino o alguien que vigilara ese zarpe.
El mar estaba muy agitado y había poca visibilidad por la lluvia. Pero la lancha agarró una buena velocidad y se internó hacia el océano una vez que salió de la ensenada de Playa Mansa, pasamos Playa Brava a los lejos y el viaje era agitado. Serían unos diez minutos después cuando sentimos que uno de los motores se paró, como un golpe seco que agitó la lancha. Los niños empezaron a llorar y alguien dijo «pongámonos los chalecos», que estaban estibados en la parte superior de la cabina, que era semi abierta en la popa. La lancha hizo unos ruidos extraños pero mantuvo la velocidad con un solo motor. Se agitaba demasiado y ya estábamos asustados.
Luego el segundo motor se detuvo con otro golpe que nos sacudió a todos y empezó un bamboleo horrible a merced de las grandes olas. Estábamos, calculo, a unos 400 metros de la costa. Luego llegó el caos.
Escuché, lo juro, un crujido terrible, como que el casco se partió y luego entró una enorme ola que nos sacudió a todos. Los niños gritaban, las mujeres lloraban y todos estuvimos aterrados, y luego entró una segunda ola que viró la lancha y la partió; alcancé a romper una ventana que estaba semi rota y alcancé a ver a mi esposa, lejos de mí, atrapada por la puerta de la cabina, no podía salir, había terror en sus ojos muy abiertos, intentaba empujar la puerta, pero el peso del agua y la gente la mantenía atrapada, grite a mi hija: «tu mami, ayuda a tu mami». Mi hija se lanzó de una a sacarla, no supe cómo lo hizo pero la liberó. Luego mi esposa contaría que vio cómo ella fijó sus piernas de andinista contra una pared del barco e hizo palanca con su cuerpo para liberar a su madre. Le salvó la vida. Yo logré subir por la ventana rota y alguien desde adentro me pasó a un niño, lo levanté con todas mis fuerzas y lo lancé al agua, luego otro, lo tuve entre mis manos mientras el barco se hundía, luego apareció su papá desde el agua y se lo entregué. Vi con enorme alivio a mi hija y a mi esposa ya en el agua con sus chalecos y me quedé ahí, quieto sin saber qué hacer, hasta que escuché sus gritos para que salte al mar. Salté, ya no había nadie en el barco.

Agitados por las olas, los tres juntamos nuestras manos sin una sola lágrima ni un sonido, solo fue vernos a los ojos muy abiertos, con la decisión de vivir. Entonces vimos un cuerpo junto a nosotros, boca abajo, a unos cinco metros, que flotaba sin chaleco salvavidas; está muerto, les dije, avancemos juntos. Veíamos lejos la costa, unas rocas donde chocaban las olas. Regresamos a ver a otros grupos que avanzaban junto a nosotros o más atrás. Pataleamos y nadamos contra las grandes olas que nos golpeaban y hundían, pero la pleamar nos ayudó a salir. Llegamos luego una media hora de pataleo hasta las piedras volcánicas. Como mi esposa y mi hija perdieron sus zapatillas, las rocas les lastimaron las piernas y los brazos, no podíamos pararnos por la fuerza de la rompiente. Al final lo logramos.
Ya había un pequeño grupo a salvo en un pequeño vado, avanzamos hasta ellos. Vimos a los niños tiritando del miedo y la hipotermia, ya se había puesto el sol. Dejamos a mi esposa a salvo y con mi hija volvimos a las rocas a ayudar a los demás en las rocas, lo propio hicieron los que podían. Así sobrevivimos 19 personas en ese grupo: Una familia joven de Estados Unidos, con sus tres niños chiquitos, un grupo grande de italianos, de Torino; una pareja de peruanos, un joven suizo que no encontraba a su familia, y los demás ecuatorianos.
Otro grupo, más de cinco, llegó a otro lado, a unos cien metros sobre las rocas y eran los familiares del muchacho suizo que al reencontrarlos le volvió el alma al cuerpo. Regresé a ver al mar, ya no estaba nadie. Vi entonces la proa del barco sobre las rocas, lejos de nosotros, lo único que había quedado de los golpes de las olas; la lancha fue destrozada. Otros restos del naufragio flotaban por ahí. Alguna gente mantuvo en la mano sus pertenencias, nosotros lo perdimos todo. En ese momento no piensa uno en nada de eso, solo llora, mi esposa empezó a llorar, mi hija, yo, todos los demás, nos abrazamos, nos confortamos, alguien dijo estamos vivos, gracias a Dios estamos vivos.
Rescate: entre la improvisación y la espera
El padre de la familia estadounidense había mantenido su teléfono en el bolsillo. Milagrosamente funcionaba, marcó al 911 y nadie le entendió, se limitaron a decir que esa era una línea extranjera; nos pasó el teléfono, me identifiqué y reporté el naufragio, me pidieron nombre y número de cédula. Enseguida lo reportamos dijo un hombre tras la línea, no se vaya.
Minutos después no pasó nada, volví a llamar, contestó otra persona, el mismo trámite. Luego, por obra de algún milagro el radio portátil de alguien de la tripulación apareció en nuestras manos. Grité preguntando de quién era la radio, un pasajero ecuatoriano llamado René la había recuperado. Entonces aplasté y el botón de hablar y se me vino Hollywood a la cabeza: Mayday, Mayday, dije en automático, nadie respondió. Luego intenté de nuevo y reporté el accidente: tuvimos un naufragio viniendo de Tortuga Bay, la lancha se hundió, ayúdenos. Alguien respondió en palabras clave incomprensibles para mí. Repetí el mensaje, a misma respuesta, perdí la paciencia y mija retomó la comunicación. Insistió y logró comunicarse bien, entonces reportó el naufragio y la posible ubicación, porque ella conoce la isla; le escuché más o menos una referencia acerca de El Puntudo, el monte que corona la isla y cuya cumbre se podía ver desde donde estábamos.
De ahí en adelante ella se haría cargo de coordinar el rescate. Recibía los mensajes desde la radio y los comunicaba en inglés a todos los turistas extranjeros, y luego repetía en español. Lo hizo durante unos diez minutos o más pidiendo que nos mantuvieran juntos, porque los italianos querían salir de ahí a pie y otros querían que les enviaran un helicóptero, y en eso estábamos hasta que ella anunció que los rescatistas ya venían en camino y que tenían nuestra ubicación. Tuvimos que esperar un buen tiempo más hasta que alguien del grupo vio unos barcos por el horizonte, en medio de la bruma y la obscuridad. Como yo había perdido mis lentes todo era niebla gris obscura para mí.
Se hizo de noche y fue cuando alguien pidió a quienes tuvieran celular prendieran las linternas, dos celulares se prendieron, los agitaron y nos sacamos los chalecos y los agitamos en el aire. Un barco, con la proa hacia nosotros, a unos 500 metros calculo, prendió y apagó las luces, ya era de noche, nos habían localizado. Gritamos de la alegría. Tras otra serie de mensajes, mi hija nos avisó que el rescate llegaría por tierra, porque en el sitio donde estábamos era imposible hacerlo con los barcos, por las rocas y la marea, e insistió en que permanezcamos juntos.
Esperamos una media hora hasta que los miembros de la Armada y de la Cruz Roja mostraran sus linternas acercándose. Los recibimos con abrazos y los rodeamos, nos preguntaron si había heridos, o si alguien se sentía mal. Los heridos se sentaron para ser atendidos, mientras los del grupo que estaba a unos cien metros de distancia era rescatado también.
Llegaron sin mantas. El rescate, sin embargo, estuvo a cargo de una paramédico, una pequeña mujer con una enorme mochila de auxilio y enormes facultades para tranquilizar a la gente, atenderla y poner oficio a los varios marinos que se quedaron parados sin hacer nada. El problema mayor era cómo trasladar a pie a un grupo tan grande, la mayoría de personas descalzas por entre las rocas de lava, los cactus, las plantas espinosas y la oscuridad.
Así que a mija y a la paramédica, que se conocían, se les ocurrió sacar la esponja de los chalecos y usarla como plantilla, así se improvisaron unas 20 zapatillas sostenidas con vendajes médicos, que ayudamos a fabricar mientras los marinos nos alumbraban con sus linternas. Cuando la paramédico les reclamó su ociosidad le dijeron que estaban sosteniendo las linternas. Así que les dio tarea: cortar las correas de los chalecos para hacer las sandalias de esponja, porque las vendas se habían terminado.
Los de la Armada cargarían después a los niños por la ruta de piedras y los demás rescatistas nos llevarían en fila india, lentamente, hasta las lanchas que habían acoderado en Playa masa, que fue por donde entraron caminando a rescatarnos. Ese camino fue penoso, más de uno se lastimó con los cactus y los espinos, a otros se les salieron las zapatillas de esponja y tuvimos que parar hasta solucionar el tema. Un pasajero peruano se puso mal y tuvieron que acompañarlo entre dos personas. Finalmente nos trasladaron en cuatro viajes en un bote zodiac y subimos a lanchas grandes, donde nos dieron agua, nos hablaron con amabilidad, porque cuando el barco empezó a moverse y a realizar el mismo recorrido del naufragio, casi todos volvimos a llorar.
Cuando la paramédico les reclamó su ociosidad le dijeron que estaban sosteniendo las linternas. Así que les dio tarea: cortar las correas de los chalecos para hacer las sandalias de esponja.
Perplejos, asustados, agradecidos, conmovidos, irritados… Llegamos al embarcadero de Puerto Ayora en medio de luces de emergencia, ambulancias, carpas, ahí sí estuvieron los marinos para darnos la bienvenida en fila india, casi todo el pueblo estaba en el puerto, muchos de ellos amigos del capitán, el señor Fausto Lara, el único ahogado en el naufragio, muy querido y respetado por la comunidad y los marineros locales. Una de las pasajeras italiana contaría luego cómo el capitán intentó maniobrar la nave sin éxito y al verse ya al borde de la muerte gritó a los pasajeros que se alejaran del barco.
La pasajera y su familia: mamá, papá y hermano, habían viajado en la parte superior de la lancha, y ella contaría luego que vio cómo esta chocó contra unas rocas, empujada por la fuerza de las olas y el golpe rompió los motores, y cómo su padre cayó al agua y no lo vieron más y cuando la nave empezó a hundirse tampoco encontró a su madre. Desesperada se lanzó al agua y miró cómo el capitán colgaba de una de las partes de la lancha. Ella fue la última que lo vio con vida, su último testigo, antes de reunirse en el mar con su familia y avanzar a las rocas.
Cuando arribamos nos sentaron en sillas debajo de una carpa tipo hospital y nos rodearon mujeres y hombres de la Cruz Roja. Para nosotros era imperativo hablar con nuestra hija que vive en EE.UU. y suponíamos que, a esa hora, las diez de la noche, estaba desesperada: la noticia ya era mundial y nadie sabía de nosotros, precisamente porque nunca estuvimos en una lista de zarpe en el viaje de retorno y las primeras versiones, sin confirmar, hablaron de cinco fallecidos. Nos preguntaron nombres y cédula y dos de las amigas de mi hija, de Puerto Ayora, se dieron modos para que a través del cerco policial alguien les dijera que estábamos vivos.
Luego de unos 30 minutos en esas, alguien del municipio nos preguntó si necesitábamos algo más, porque nuestra camioneta estaba lista para llevarnos a nuestro domicilio. Cuando la camioneta arrancó con nuestras humanidades exhaustas, aparecieron dos amigos de mija y nos alcanzaron a través de la ventana una funda de plástico. La abrimos: dos Gatorades y una mano de guineos.
El regalo más hermoso de bienvenida a la vida. Los de las Cruz Roja también nos habían dado agua, un caramelo, y nos permitieron llevarnos las toallas que nos pusieron sobre los hombros cuando llegamos. Eso fue todo, de las demás autoridades: un gusto en conocerlos, a excepción de una funcionaria de la alcaldía que lideró un grupo de funcionarios de rango medio que no nos descuidó en ningún momento.
Las autoridades responsables no dieron la cara, ninguna, porque, además, nadie en esa multitud de policías, marinos, rescatistas, médicos, nadie nos tomó una declaración ni preguntó qué nos había pasado o cómo fue el naufragio. Pero hubo festejo: a la media noche de ese 19 de febrero pudimos celebrar el cumpleaños de nuestra hija. Sus amigas y amigos de las islas llevaron pizza, Coca Cola, Gatorades y choripanes. Nosotros abrimos el pastel que habíamos traído del continente, y aparecieron tres velas grandes, encendimos una por cada uno de nosotros, por ese regalo que esa noche se nos otorgó: la vida.
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