ROOFTOPS EN QUITO
Café Mosaico es un sitio clásico que abrió sus puertas en 2003. Desde ahí se puede mirar la capital con un café en mano.Cortesía

Cinco 'rooftops' para redescubrir Quito desde las alturas

A través de experiencias artísticas, fiestas, y mesas comunales, estas terrazas ofrecen otra manera de recorrer la capital

En la cima, Quito parece moverse a otro ritmo: los tejados se alinean como piezas de un rompecabezas, las montañas enmarcan el paisaje y los sonidos de la ciudad se mezclan con conversaciones que suelen extenderse más de lo previsto. En los últimos años, los rooftops se han consolidado como espacios donde la gastronomía, la bebida y el encuentro social se combinan con paisajes privilegiados. Cinco de ellos, ubicados principalmente en el Centro Histórico de la urbe, proponen distintas formas de mirar y habitar la capital.

Uno de los más concurridos es The Secret Garden, ubicado en el barrio San Blas. Desde su azotea, el paisaje se construye con tejados antiguos, música que acompaña la tarde, el perfil de la Basílica del Voto Nacional, El Panecillo al fondo y las faldas del Pichincha cerrando el horizonte. El espacio funciona en una casa de más de cien años de antigüedad, situada en la calle José de Antepara, y abrió sus puertas hace más de una década, cuando San Blas todavía no figuraba en los recorridos turísticos de Quito.

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Katherine Valdiviezo y su esposo, el australiano Tarquin Hill, apostaron por el lugar tras descubrir el potencial de la vista que ofrecía el mirador. “Él subió a la terraza y se dio cuenta de que se veía todo y que, a pesar de que no era un barrio turístico, tenía una ubicación privilegiada”, ha dicho Valdiviezo. Con el tiempo, el espacio se consolidó como punto de encuentro para viajeros, vecinos y visitantes, atraídos por una terraza donde la ciudad se observa sin prisa y el barrio revela, desde lo alto, su mezcla de vida cotidiana, tradición y movimiento.

Abierto todos los días y funcionando también como hostal, el rooftop ofrece menús durante toda la jornada, cócteles al caer la tarde y noches animadas con clases de salsa, cumbia y música electrónica, así como fiestas que se extienden hasta la madrugada.

Otro espacio que forma parte de la ruta de paisajes es Café Mosaico, un clásico que abrió sus puertas en 2003. Fundado por Alexander y Lidia Karras, el café surgió con la idea de ofrecer un lugar donde la comida, el servicio y la ambientación dialogaran con una vista panorámica de la ciudad.

Con influencias europeas y neoyorquinas, el menú incorporó además comida griega, poco conocida en Ecuador en ese momento. A pesar de que muchos dudaban del éxito de una propuesta así, el café comenzó a llenarse desde sus primeros meses. Para su fundador, la experiencia va más allá de la carta: “Café Mosaico es un lugar que representa una mezcla de ideas, personas, comida y música. Y con el mejor telón de fondo posible, Mosaico es una gran experiencia”. Con el paso del tiempo, este espacio al aire libre se consolidó como un punto de referencia para turistas y quiteños.

Más reciente es la propuesta de Community Hostel, un espacio concebido desde la idea de comunidad y encuentro.

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Espacios como el Secret Garden ofrecen un gran paisaje así como cócteles y animadas actividades para quienes los visitan.Cortesía

Ubicado también en el Centro Histórico, el rooftop funciona como comedor durante el día y como punto de reunión por la noche. Las mesas comunales invitan a compartir platos, historias y recomendaciones de viaje, mientras la vista incluye la Basílica, El Panecillo y las montañas que rodean Quito.

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Uno de sus propietarios lo describe así: “En Community Hostel creemos que viajar se trata de conectar: con las personas, con los lugares y con un propósito. Nuestra misión es crear un espacio donde todos se sientan bienvenidos, inspirados y parte de algo más grande”.

El lugar abre muy temprano para el desayuno y se mantiene activo hasta la noche, acompañando distintos momentos del día tanto de huéspedes como de visitantes.

Más que un paisaje

En la terraza de Casa García Atelier, ubicado en el barrio de La Tola, la experiencia no se centra solo en lo bonito del paisaje. Ahí, la tarde comienza con caballetes alineados, pinceles ordenados y copas listas sobre las mesas.

Y es que allí se desarrollan sesiones de Art & Wine, una propuesta que combina la pintura con la degustación de vino o sangría y que invita a cada asistente a crear un cuadro desde cero, con El Panecillo y la Basílica del Voto Nacional de telón.

Micaela García, artista y fundadora del espacio, explica el espíritu que guía cada sesión: “Me interesaba ofrecer algo totalmente distinto que ayudara a la gente a redescubrir su conexión con el arte, y a pintar como uno lo hace de niño, sin temor y con el único objetivo de divertirse”. Antes de cada encuentro, García conversa con los participantes para definir si prefieren trabajar sobre un lienzo libre o partir de un dibujo base, opción que suele ser la más elegida por quienes no tienen experiencia previa.

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Las jornadas de pintura suelen durar alrededor de cuatro horas y convocan a públicos. diversos.Leonardo Velasco Palomeque

Las jornadas suelen durar alrededor de cuatro horas y convocan a públicos diversos. Grupos de amigas que celebran cumpleaños, parejas que buscan una actividad diferente y familias que llegan los domingos comparten el espacio en distintos momentos de la semana. En esas jornadas, el atelier se adapta para recibir a niños, que suelen acercarse a la pintura con entusiasmo y contagiar a los adultos. Muchos de los asistentes llegan convencidos de que no saben pintar, pero esa falta de experiencia, lejos de convertirse en un obstáculo, forma parte de la dinámica del encuentro.

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Un sitio lleno de historia

En lo alto del barrio de La Loma Grande, en el límite sureste del Centro Histórico, el hotel Mama Cuchara alberga en su terraza el rooftop El Santo que da Marido. Desde allí, la ciudad se abre en un mirador panorámico de 360 grados que permite observar tejados coloniales, cúpulas y campanarios. Abierto a diario, el sitio junta coctelería de autor, picadas y bebidas pensadas para acompañar la vista.

Entre sus cócteles más representativos está la Mama Morada, una bebida que combina el sabor tradicional de la colada morada con un macerado de gin, y que dialoga con la memoria culinaria de Quito desde una reinterpretación contemporánea.

El nombre del rooftop remite a una de las leyendas más conocidas y humorísticas del barrio que acoge al espacio. Según la tradición oral, ahí vivía una joven desesperada por encontrar esposo, inconforme con todos sus pretendientes. Siguiendo un ritual popular, colocó de cabeza una estatuilla de San Antonio y le rezó durante nueve días para que le concediera marido. Al no ver resultados, frustrada, lanzó la imagen por la ventana. En ese preciso momento, la figura cayó sobre un joven que pasaba por la calle. El reclamo inicial dio paso a una conversación, a un encuentro y al matrimonio. El santo, al final, sí había cumplido su promesa, aunque de la forma más inesperada. 

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