Fundación Jocotoco en Yunguilla: Santuario de Aves Únicas
A solo una hora de Cuenca, Yunguilla ofrece avistamiento de aves endémicas en bosque montano secoMiguel Canales

Reserva Jocotoco Yunguilla: Avistamiento responsable de Aves endémicas

El secreto mejor guardado para avistamiento de aves en Ecuador

El camino serpentea y desciende. La bruma fresca que abraza a Cuenca, ciudad de cúpulas celestes y calles adoquinadas, comienza a disiparse kilómetro a kilómetro. A solo una hora de ese bullicio ordenado, el aire cambia de textura; se vuelve más denso, más cálido, cargado con el aroma a tierra húmeda y floración desconocida. Se ha llegado al valle de Yunguilla, un pliegue geográfico donde los climas dialogan y la regla parece ser la excepción. Aquí, en un fenómeno casi botánico de tolerancia, helechos y bromelias de altura comparten territorio con achupallas y árboles de corteza lustrosa propios de zonas bajas. Este mosaico verde, vibrante y peculiar, es el telón de fondo de una historia de conservación silenciosa y de un espectáculo natural que muy pocos, especialmente los ecuatorianos, han tenido el privilegio de presenciar.

La puerta de entrada

La comuna de Yunguilla se despliega con la calma de la ruralidad azuaya. Más allá de sus casas y cultivos, una entrada discreta señala el comienzo de un sendero de tierra que trepa, decidido, hacia la montaña. Este es el acceso a la Reserva Yunguilla, bajo el cuidado de la Fundación Jocotoco, una organización dedicada a salvar de la extinción los hábitats más críticos del Ecuador. El trayecto montaña arriba, una ruta popular para ciclistas de montaña con corazón fuerte, es una lección de transición ecológica. Con cada curva, el bosque se vuelve más específico, más raro: se ingresa al reino del ecosistema de bosque montano seco, una de las formaciones vegetales más amenazadas y ricas en endemismos del país. Un mundo de matorrales densos, árboles retorcidos por el viento y una vida adaptada a la austeridad.

El guardián del matorral

La cita es en el portón de ingreso. Allí, entre herramientas de campo, aparece Ángel Otavalo. Su figura es parte indisoluble del paisaje. Viste una camiseta de manga larga para protegerse del sol y las ramas, pantalones resistentes, botas embarradas hasta el tobillo y una gorra que sombrea una mirada atenta. Sus manos, un mapa de surcos y tierra oscura, cuentan una historia aparte. “Más arriba estoy sembrando”, explica mientras revisa su celular al recibir una llamada, sus dedos dejan una leve huella de labor en la pantalla. “Plantas nativas, para recuperar más área”. En su voz hay una mezcla de orgullo y un llamado de atención sutil. Al preguntarle quienes son los que más vienen a la reserva él contesta: “Vienen de lejos a ver lo que tenemos. A veces me pregunto por qué nosotros, los que vivimos más cerca, no lo conocemos”, reflexiona mientras cuelga al cuello unos binoculares.

Yunguilla: Donde la Conservación y las Aves Endémicas Se Encuentran
Reserva Yunguilla: santuario de aves endémicas cerca de CuencaMiguel Canales

El sendero hacia el teatro natural

La aventura, la verdadera, comienza a pie. El sendero hacia la zona exclusiva de avistamiento es un corto pero intenso viaje de unos veinte minutos. El primer tramo es una ascensión que quita el aliento, no solo por la pendiente sino por las vistas que regala. Desde ciertos miradores naturales, todo el valle de Yunguilla se despliega como un tapiz de verdes infinitos, salpicado por el rojo ocasional de un techo de zinc.

Luego, el camino se inclina hacia la bajada. La vegetación se cierra, se vuelve más íntima. Los altos árboles de copa ancha dan paso a un enjambre de arbustos, ramas entrelazadas y troncos retorcidos. Es el matorral seco montano en todo su esplendor intrincado. Al final del descenso, el bosque abre un claro pequeño. No hay infraestructura elaborada, solo una integración perfecta con el entorno: un par de troncos caídos, lisos por el uso, sirven de bancas. Y, frente a ellas, una escena que parece obra del azar natural: un tronco colgado a manera de péndulo con ramas insertadas y otros dos dispuestos entre arboles.

Yunguilla: Donde la Conservación y las Aves Endémicas Se Encuentran
Con guías especializados y protocolos responsables, observa especies únicas mientras apoyas la conservaciónMiguel Canales

El ritual de la espera y la recompensa

Con la solemnidad de un ritual, Ángel se acerca. Se acuclilla frente al tronco colgado, abre su funda y extrae varias naranjas brillantes, pan y una navaja que guarda en su cangurera. Su movimiento es lento, calculado. Parte las naranjas en gajos jugosos y los dispensa sobre las ‘mesas’ de madera, junto a pedazos de pan duro. “Ha pasado una semana desde que no les he venido a poner comida”, susurra. “Tardarán un poco en venir”. Luego, cierra los ojos por un instante. Cuando los abre, de su garganta surge un sonido que no parece humano, un silbido bajo, melodioso, intercalado con chasquidos y trinos cortos. Es la imitación del canto de las aves del matorral, una llamada paciente y perseverante. “Si tenemos suerte, veremos cuatro especies hoy. Si no, se acercarán máximo tres”, comenta con realismo, alejándose luego para sentarse en uno de los troncos-banca, a una distancia prudente.

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La regla de oro es el silencio. Cualquier palabra fuerte, un movimiento brusco o el intento de acercarse al comedero ahuyenta a los actores principales. La espera es un ejercicio de quietud total, de agudizar los sentidos.

Un elenco de plumas endémicas

De repente, un leve aleteo rompe la calma. Una sombra pequeña se posa en una rama alta, observa con recelo. Es la primera. Luego, como si una barrera invisible se hubiera roto, el claro se llena de vida discreta. Una a una, las aves endémicas se materializan entre las ramas. Ángel, en voz tan baja que casi es un soplo, empieza a nombrarlas, a presentarlas:

La primera en atreverse, atraída por el pan, es un pequeño pájaro de pecho beige y alas de un café oscuro intenso, con una mancha blanca en la cabeza como un distintivo. “El pale-headed brushfinch”, dice Ángel, y una sonrisa amplia ilumina su rostro. “Mi favorito”. Es un ave local, un tesoro de estos matorrales.

Le sigue otro de la misma familia, pero con carácter diferente: el gray-browed brushfinch. Más escurridizo, de un gris elegante en el cuerpo y alas de un verde musgo. Su nombre lo delata: sobre sus ojos, dos finísimas líneas blancas parecen cejas dibujadas con precisión.

Un destello de sol amarillo se mueve rápido. Es el black-lored yellowthroat, un joya alada mínima. Su plumaje es un amarillo vibrante, y una máscara negra alrededor de los ojos, como el antifaz de un héroe en miniatura, le confiere un aire misterioso. Revolotea nervioso, toma un pedacito de fruta y desaparece igual de rápido.

La aparición más esperada, la más sigilosa, es la del chestnut-crowned antpitta. No es un ave común de ver. Tiene la complexión redonda y patas largas, más terrestre que las otras. Su nombre describe a la perfección su elegante corona de color castaño rojizo, que contrasta con su pecho blanco inmaculado y su dorso grisáceo.

Por mas de una hora, el espectáculo continúa. Las aves van y vienen, se vigilan entre sí, establecen un orden invisible en el comedero. Ángel no habla, solo observa con una satisfacción profunda.

El regreso por el sendero es más ligero, pero la mente viaja más lenta, procesando lo vivido. En la caseta de ingreso, la conversación gira hacia la importancia de hacer las cosas bien. Ángel se torna enfático. “El error más grande”, señala con el dedo índice, “es que la gente quiera entrar sin guía o sin autorización”. Este sitio no es un parque público simple; es una reserva científica con senderos específicos.

Los protocolos, sin embargo, no son una barrera, sino un puente. Los visitantes que llegan de forma responsable, pagan su entrada ($15 extranjeros, $5 nacionales, $2.50 niños) y, si desean, contratan el servicio especializado de guía ($45), hacen mucho más que una excursión. Su contribución económica es el alma del proyecto. Esos recursos ayudan a cuidar y traer más plantas nativas para la reforestación, y soñar con la expansión del hábitat. Cada visita responsable es un voto por la conservación, un aporte directo para que este refugio no solo sobreviva, sino que crezca”.

Un canto que perdura

Al dejar atrás Yunguilla, con el fresco de la tarde comenzando a caer, la imagen que persiste no es solo la de las aves de colores y nombres científicos. Es la de un hombre con las manos manchadas de tierra, silbando en la montaña para convocar la vida. Es la de un ecosistema entero, frágil y resistente, que existe a un paso de nuestra vida cotidiana. Es la de una oportunidad desaprovechada por muchos llena de bellezas por ser descubiertas.

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