Cultura

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La obra de Giuseppe Tomasi di Lampedusa fue ambientada en la unificación italiana.Cortesía

"El Gatopardo" y la dialéctica del poder

Cuando las revoluciones consolidan el orden que dicen derribar

El Gatopardo (1958) de Giuseppe Tomasi di Lampedusa brilla con una luz melancólica e implacable. No se trata simplemente de una novela histórica situada en los días turbulentos del Risorgimento, sino de una radiografía de la eternidad del poder y de su astuta capacidad para mutar sin cambiar, para revestirse con las apariencias del progreso mientras conserva intacta la lógica de la dominación. Escrita por un aristócrata siciliano al borde del siglo XX, El Gatopardo no es el lamento nostálgico por un mundo perdido, sino una meditación desgarradora sobre el simulacro del cambio político que anticipa con precisión quirúrgica los mecanismos que décadas después describirían teóricos como Jean Baudrillard: la construcción de una realidad donde los signos del cambio sustituyen al cambio mismo.

La trama transcurre durante uno de los episodios más decisivos —y también más mitificados— de la historia italiana: la unificación nacional, ese proceso que entre 1815 y 1871 intentó soldar las fracturas geográficas, culturales y sociales de la península. El discurso oficial ha narrado ese proceso como una epopeya patriótica de redención, liderada por héroes como Garibaldi, Mazzini y Cavour. Sin embargo, Lampedusa revela que esta épica tenía pies de barro: lo que se vendía como revolución era, en verdad, una continuidad disfrazada, un pacto entre élites para preservar los privilegios existentes bajo nuevas etiquetas institucionales. La retórica romántica del nacionalismo escondía un pacto conservador que se extendía mucho más allá de las fronteras italianas. El siglo XIX europeo está plagado de "revoluciones" similares: la Francia de Luis Napoleón, la Prusia de Bismarck, la España de la Restauración, donde las transformaciones institucionales sirvieron para canalizar y neutralizar las presiones sociales, preservando bajo nuevas formas los equilibrios de poder tradicionales.

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La figura del Príncipe Fabrizio Corbera de Salina, protagonista de la novela, condensa la tragedia de una clase social —la aristocracia feudal— que, aun en retirada, comprende con lucidez que la verdadera victoria del poder no consiste en su permanencia estática, sino en su capacidad de recomposición estratégica. Su célebre negativa a aceptar un escaño en el nuevo Senado del Reino de Italia no nace de una actitud reaccionaria, sino del reconocimiento de que todo ha cambiado para que todo siga igual. Esta lucidez del Príncipe trasciende la mera observación política para convertirse en una forma superior de conocimiento histórico. Salina posee lo que Pierre Bourdieu llamaría "habitus aristocrático": una intuición corporal del poder, adquirida a través de siglos de dominación, que le permite descifrar inmediatamente las verdaderas fuerzas en juego detrás de las apariencias democratizadoras.

Lampedusa, sin caer en el panfleto, logra narrar esta tragedia histórica a través de un simbolismo denso y refinado. Tancredi, el joven y encantador sobrino del Príncipe, abraza con entusiasmo las causas liberales, no por convicción ideológica, sino por cálculo pragmático. Él representa al nuevo tipo de actor político que sabe moverse entre ruinas y resplandores, que comprende que en la política no sobreviven los puros sino los que saben adaptarse. Tancredi encarna lo que podríamos llamar el "político postmoderno avant la lettre": un ser para quien la ideología no es obstáculo sino instrumento, para quien la coherencia es menos importante que la eficacia, para quien la seducción vale más que la convicción.

Su frase —"si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie"— constituye quizá la más incisiva definición del gatopardismo, una lógica perversa que no se agota en el contexto italiano sino que describe un mecanismo universal de supervivencia del poder. Esta formulación paradójica anticipa las reflexiones de teóricos posteriores sobre sistemas políticos que mantienen las formas democráticas mientras vacían de contenido la participación popular.

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Este principio de conservación mediante la mutación encuentra su expresión más potente en la escena del baile en el Palazzo Ponteleone: un carnaval crepuscular donde la vieja nobleza extiende su mano a la burguesía emergente, no para cederle el poder, sino para integrarla en su teatro. El salón de espejos donde tiene lugar esta danza de apariencias simboliza la estructura misma del poder moderno: una arquitectura de reflejos donde lo nuevo es siempre una proyección deformada de lo antiguo. La descripción lampedusiana del baile constituye una de las páginas más densas de significado político en la literatura europea. Cada detalle funciona como elemento de un dispositivo más amplio de producción de consenso. El baile no es simplemente una celebración, sino una pedagogía: enseña a los nuevos ricos los códigos de la distinción aristocrática, mientras enseña a los aristócratas los lenguajes de la modernidad burguesa.

El baile del Palazzo Ponteleone es puro espectáculo: una representación que sustituye a la realidad, que produce la ilusión del cambio social mientras congela las relaciones de poder existentes.

El mérito supremo de Lampedusa radica en haber comprendido que el poder no se impone solamente por la fuerza, sino por el encantamiento. No es la represión abierta la que garantiza su estabilidad, sino la capacidad de presentar los intereses particulares como si fueran universales, y la astucia de transformar los gestos simbólicos en sucedáneos del cambio real. El poder seduce porque promete renovación mientras asegura continuidad. Lampedusa comprende que el poder moderno no funciona principalmente a través de la coerción, sino a través de la producción de subjetividad, de la creación de deseos y esperanzas que canalizan la energía social hacia objetivos compatibles con la reproducción del orden existente.

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La modernidad política no elimina la dominación sino que la sofistica, la hace más sutil e invasiva. El poder feudal era visible, corporal, ceremonial; el poder moderno es invisible, psicológico, seductor. La violencia física se sustituye por la violencia simbólica, la sumisión externa por la autoexplotación, el miedo por la esperanza.

No es extraño que autores contemporáneos como Slavoj Žižek hayan visto en El Gatopardo una prefiguración de la política postmoderna, donde la ideología ya no consiste en imponer un discurso totalizante, sino en hacer pasar el cinismo como sabiduría, la resignación como lucidez.

Pero Lampedusa no nos deja en la esterilidad del desencanto. Su mirada, aunque pesimista, no es nihilista. En la figura del Príncipe Salina, encontramos una dignidad serena, una forma de resistencia basada no en la ilusión de un futuro redentor, sino en la claridad de la conciencia. El Príncipe sabe que no puede detener el curso de la historia, pero se niega a participar en la farsa. Su escepticismo no es cinismo: es lucidez.

Frente al optimismo fácil de las ideologías progresistas y al pesimismo estéril de los conservadurismos, Lampedusa propone una tercera vía: el escepticismo activo, la lucidez combativa, la negativa serena pero firme a dejarse engañar por los fuegos artificiales del cambio superficial. Esta posición no es políticamente neutral: es profundamente subversiva porque desarma el principal dispositivo del poder moderno, que es precisamente su capacidad de generar ilusiones.

Y esa lucidez es quizá la semilla de una política distinta, una que no se deje seducir por los fuegos artificiales del cambio superficial. Una política que haya aprendido a distinguir entre las transformaciones cosméticas y las mutaciones estructurales, entre la novedad aparente y la novedad real, entre el ruido mediático de las reformas y el silencio profundo de las revoluciones. 

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La obra de Lampedusa sugiere que la verdadera revolución no comienza con la toma del poder sino con la toma de conciencia, no con el cambio de las instituciones sino con el cambio de la percepción.

El Gatopardo, en suma, es un tratado sobre el poder y sus máscaras, sobre la sofisticada ingeniería de la perpetuación, sobre la trampa de las reformas que consolidan lo que dicen desmontar. Nos recuerda que las revoluciones verdaderas no son las que cambian las formas, sino las que alteran las estructuras. Y que, como advertía el propio Lampedusa en una de sus páginas más inolvidables, "a veces, para ver claro, basta con cambiar la dirección de la mirada".

La grandeza de Giuseppe Tomasi di Lampedusa consiste en haber creado, desde los salones polvorientos de una Sicilia en decadencia, una de las radiografías más penetrantes del poder moderno. Su Gatopardo sigue siendo, más de sesenta años después de su publicación, un espejo imprescindible para comprender las metamorfosis contemporáneas de la dominación. Nos enseña, parafraseando su célebre adagio, que si queremos que algo cambie verdaderamente, es necesario que todo permanezca constantemente bajo sospecha.

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