
La trampa de la sobreexigencia: señales, consecuencias y cómo salir de ella
Dejar de cargar con todo también es cuidarse a uno mismo. Reconocer límites y pedir ayuda es un acto de valentía.
A todos nos han dicho alguna vez “tienes que ser fuerte” como si eso fuera sinónimo de soportar todo. Pero, ¿qué pasa cuando esa coraza empieza a pesarnos más de lo que ayuda? En una sociedad que aplaude la resistencia y la autosuficiencia, muchas veces olvidamos que la verdadera fortaleza está en reconocer límites, pedir ayuda y permitirnos soltar. Porque no siempre se trata de resistir, sino de darse el espacio para parar y respirar.
Cuando empieza a pesar
El cuerpo y las emociones suelen enviar mensajes claros cuando alguien se está exigiendo más de la cuenta, aunque muchas veces pasan desapercibidos. Dolores de cabeza o de espalda que se repiten sin explicación, angustia o ansiedad oculta, sensación de soledad (incluso estando rodeada de personas), cambios de humor sin una razón aparente, cansancio constante aunque se haya dormido y, a veces, llorar a escondidas porque siente que no está permitido mostrar debilidad en público, son señales que deberían hacernos detenernos. Así lo menciona la psicóloga Jasmin Lama, quien resalta que “es importante escuchar nuestro cuerpo y nuestras emociones, y comprender que ser fuerte también incluye descansar, pedir ayuda y mostrarse vulnerable cuando es necesario”.
Además, la psicóloga Salomé Cevallos comenta que en el plano emocional, esa sobrecarga también se refleja en la irritabilidad, la dificultad para expresar cómo uno se siente o el bloqueo para pedir ayuda. “Cuando esto se prolonga, puede derivar en insomnio, en una sensación de desconexión con uno mismo (lo que se conoce como despersonalización) o incluso en burnout. Cuando la exigencia es constante, el malestar se acumula hasta que el cuerpo y la mente ya no pueden sostenerlo más”.
Salomé Cevallos, psicóloga clínica. Máster en Terapias Contextuales.
¿Por qué nos sobreexigimos?
Durante años, se ha transmitido culturalmente la creencia de que mostrar emociones es sinónimo de debilidad. “En muchas culturas, se nos ha enseñado que ser fuerte significaba callar, es decir, no mostrar nuestras emociones e intentar resolverlo todo por nuestra cuenta”, dice Lama.
Frases como “el que llora es débil” o “tienes que ser fuerte” se han repetido de generación en generación, moldeando una forma de pensar que rechaza la vulnerabilidad. A esto se suma que, tradicionalmente, se ha enseñado más a los hombres a no demostrar sus emociones, y que muchos modelos familiares han reforzado esta idea (sobre todo en entornos muy críticos o perfeccionistas donde no se permite mostrar fragilidad). “El temor al juicio de los otros y ese sentimiento de vulnerabilidad o de no ser lo suficientemente fuerte, puede chocar con los ideales de esa persona o con lo que se espera en la sociedad”, comenta Cevallos.
Sin embargo, hoy sabemos que pedir ayuda no es un signo de fragilidad, sino un acto de valentía y autocuidado. “Reconocer el dolor, hablar de lo que sentimos y buscar apoyo cuando lo necesitamos no nos resta fuerza; al contrario, nos acerca a una fortaleza más auténtica y saludable.
Las consecuencias del silencio
“Reprimir el dolor y no permitirse ser vulnerable puede generar consecuencias importantes tanto emocionales como físicas”, advierte Lama. A largo plazo, esa carga emocional puede convertirse en ansiedad, depresión, insomnio, fatiga y en distintas enfermedades psicosomáticas (como problemas gastrointestinales o de la piel).
Por su parte, Cevallos añade que mientras que en el aspecto psicológico, se incrementa la autocrítica, lo que alimenta la baja autoestima y una mirada comparativa que espera que los demás también se sobreexijan; en lo emocional, esa presión autoimpuesta puede llevar al aislamiento, a la dificultad para confiar e intimar con otros y a una sensación constante de displacer. “Aparece una sensación de vacío y desconexión con las propias metas y necesidades”. Sin duda, callar lo que sentimos nunca es inofensivo: tarde o temprano pasa factura.
Cómo empezar a soltar la carga
Algunas estrategias que pueden ayudarnos son:
- Recordar que decir “no” también es cuidarnos. Poner límites no es ser egoístas, sino una manera de respetarnos a nosotros mismos.
- Reconocer nuestras necesidades. Escucharnos y detectar qué nos está agotando emocional o físicamente es el primer paso para hacer cambios.
- Aceptar nuestras emociones sin juzgarlas. Reconocer lo que sentimos sin etiquetarlo como “débil” o “incorrecto”.
- Practicar la comunicación asertiva. Expresar lo que sentimos de forma clara, sin agresividad y sin culpa permite aliviar la carga emocional y crear vínculos más genuinos.
- Normalizar la vulnerabilidad. Aceptar que mostrar emociones y pedir ayuda es parte natural del ser humano. No es debilidad, es crecimiento.
Debe saber
Si la carga emocional ya afecta la vida diaria, las relaciones o el trabajo, es momento de buscar apoyo psicológico. Un profesional ofrece las herramientas necesarias para poner límites, aceptar la vulnerabilidad y reconstruir un autoconcepto más sano.
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