
Generación Z redefine el amor y el matrimonio en Ecuador
Las bodas tradicionales pierden peso mientras crecen la convivencia, las uniones civiles y celebraciones más íntimas
En los últimos años, Ecuador —al igual que otros países de la región— registra una tendencia sostenida a la baja en el número de matrimonios formales. Hasta noviembre de 2025, se registraron aproximadamente 40.447 matrimonios según el Registro Civil, una cifra ligeramente menor a los mismos meses de 2024, siendo Guayas y Pichincha las provincias con más uniones, y agosto el mes de mayor actividad, indicando que el número total anual estará cerca de las 56.000 uniones, similar a años recientes.
Una nueva lógica: Se resignifica el matrimonio
Aunque diversas instituciones públicas han reportado ligeras recuperaciones estacionales, los especialistas coinciden en que no se trata de un retorno a las cifras de décadas pasadas. Más bien, la transformación cultural, económica y emocional de los jóvenes está modificando profundamente la forma en que se entiende el compromiso, la pareja y la vida en familia. En ese escenario, la generación Z (os nacidos aproximadamente entre 1997 y 2012) emerge como un grupo que cuestiona, reinterpreta y replantea los vínculos afectivos desde nuevas lógicas sociales y psicológicas.
El psicólogo y educador Luiggi Sáenz de Viteri explica que este cambio no puede leerse como un rechazo al matrimonio, sino como una resignificación. “No creería que está ganando atracción el matrimonio como la institución familiar que conocemos”, afirma. Aunque reconoce que habría que contrastar datos actualizados, sostiene que no existe evidencia de un repunte sostenido. Según dice, esto se debe a que la generación Z ha heredado un mundo donde los modelos tradicionales están atravesados por nuevas prioridades: salud mental, estabilidad económica, desarrollo profesional y el deseo de construir vínculos más seguros.
El éxito social también toma otros sentidos
A diferencia de generaciones anteriores, en las que el éxito social se asociaba al matrimonio y a la creación rápida de una familia, hoy ese “deber ser” perdió peso. “Para la generación Z, el tengo que ya no es algo que le pese mucho. Están siempre preguntándose si son vínculos seguros, si no lo son, si necesitan hacer algún trabajo personal antes de dar ese paso”, explica el psicológo.
Esta introspección, marcada por la creciente influencia de la psicología y la terapia, ha llevado a que muchas parejas jóvenes decidan convivir largo tiempo antes de casarse, optar por uniones civiles o simplemente mantener una relación estable sin necesidad de formalizarla.
Factores que influyen: la economía y la precarización laboral
Otro factor decisivo es el económico. La precarización laboral, el alto costo de vida y la dificultad para independizarse retrasan objetivos que antes parecían inmediatos: mudarse juntos, tener hijos o invertir en una boda costosa. “La parte financiera o académica ha ganado mucha más importancia en esta generación”, señala el especialista.
Por eso, muchos jóvenes priorizan completar estudios, estabilizar ingresos o emprender proyectos propios antes de considerar un matrimonio.
Todo esto ha derivado en nuevas formas de celebrar —o no celebrar— la unión. Sáenz de Viteri observa que incluso los rituales están cambiando: “De repente ya no es la gran boda o el gran evento, sino algo con la gente más íntima, o algo que simplemente se notifica por redes”.
En síntesis, más que una crisis del matrimonio, los expertos ven un proceso de adaptación. La generación Z sigue valorando el amor, la estabilidad emocional y la vida en pareja, pero sin presiones sociales ni plazos rígidos.