Place y adicción
La adicción aparece cuando la persona ya no realiza una conducta por disfrute, sino para evitar el malestar físico y emocional que provoca no repetirla.CANVA.

Del placer a la dependencia: cómo se construye una adicción en el cerebro

Desde el punto de vista neurobiológico, el cerebro se activa de la misma manera ante drogas, alcohol y videojuegos

Las adicciones no aparecen de forma repentina ni comienzan como un problema. Su origen está en uno de los sistemas más importantes del cerebro humano: el circuito de placer o de recompensa, encargado de registrar aquello que produce bienestar y que resulta útil para la supervivencia. Así lo explica Bryan Andrés Flores Silva, psicólogo clínico con formación especializada, quien obtuvo un máster en Psicofarmacología y Drogas de Abuso en la Universidad Complutense de Madrid y un máster en Psicoanálisis y Educación en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil.

La repetición constante del placer y la insuficiencia

Según el especialista, cuando una persona realiza una actividad placentera —como comer, beber o interactuar socialmente— se activan distintas regiones del cerebro que liberan neurotransmisores, entre ellos la dopamina, encargada de señalar que esa experiencia fue positiva. 

El cerebro aprende ese registro porque lo asocia con bienestar y supervivencia, por lo que intenta repetirlo. El problema surge cuando la repetición es constante y el sistema comienza a habituarse: lo que antes generaba satisfacción deja de ser suficiente y se busca aumentar la frecuencia, la intensidad o cambiar el objeto que produce placer.

En ese punto se produce una transición clave. “La conducta deja de hacerse por gusto y pasa a hacerse por necesidad”, explica Flores. Ya no se trata de una decisión libre, sino de una imposición del cuerpo y del cerebro. Si la persona no repite la conducta o no consume la sustancia, aparece un malestar intenso que interfiere con el descanso, el trabajo y la vida cotidiana. Es allí cuando se puede hablar de una adicción, entendida como una pérdida progresiva de control.

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Una adicción que se desarrolla dependiendo el individuo

No todas las personas reaccionan igual ante un mismo estímulo. Aunque dos individuos estén expuestos al mismo entorno o a la misma sustancia, uno puede desarrollar una adicción y el otro no. La explicación está en la biología y en la subjetividad. Cada cerebro tiene diferencias en el tamaño, la especialización y la forma en que funcionan sus regiones, lo que influye en cómo se percibe el placer. A esto se suma la historia personal: para algunas personas, el contacto con una sustancia o una conducta cumple una función emocional específica, se vuelve parte de su identidad o produce un cambio subjetivo más significativo.

Desde el punto de vista neurobiológico, las adicciones a sustancias y las adicciones conductuales funcionan de manera muy similar. Ya sea alcohol, marihuana, videojuegos, apuestas o uso compulsivo del celular, el mecanismo cerebral es prácticamente el mismo. La diferencia principal radica en la intensidad del efecto: algunas sustancias generan picos de dopamina mucho más altos que las actividades cotidianas, lo que hace que la dependencia se consolide con mayor fuerza y resulte más difícil de tratar.

Las señales de alerta ante una adicción

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Las señales de alerta suelen manifestarse de forma progresiva. Entre ellas están la imposibilidad de dejar la conducta, el deterioro de las relaciones familiares o laborales, el descuido de la higiene y de los hábitos básicos, así como la presencia de culpa o reproche después del consumo. La persona promete dejarlo, fracasa y vuelve a repetir el comportamiento, reforzando un ciclo de dependencia que se vuelve cada vez más difícil de romper.

El tratamiento de las adicciones no responde a una única fórmula. Factores como la personalidad, la sustancia o conducta implicada, las redes de apoyo, la situación económica y el acceso a servicios de salud influyen directamente en las posibilidades de recuperación. Por ello, Flores subraya la importancia de un abordaje integral que combine intervenciones psicológicas, psiquiátricas, farmacológicas, familiares y sociales. Trabajar únicamente con el paciente tiene límites; incluir a la familia, psicoeducar y facilitar la reinserción social y laboral es clave para lograr resultados sostenibles.

Cuando el consumo deja de ser recreativo y se vuelve un refugio emocional

La psicóloga y catedrática de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, Ginger Ruiz, explica que una de las señales clínicas tempranas de una conducta adictiva aparece cuando el objeto de consumo deja de ser algo recreativo y se convierte en un “tapón” frente a un malestar que el sujeto no logra nombrar ni tramitar. En ese punto, la persona comienza a evadir la realidad, el diálogo o la confrontación, recurriendo al objeto como una respuesta inmediata a su dificultad emocional. Para Ruiz, esta sustitución progresiva de la experiencia real por el consumo marca un quiebre claro entre un uso ocasional y un vínculo problemático con el objeto.

Asimismo, la especialista señala que el consumo deja de ser saludable cuando el objeto se vuelve casi un “pegote” en el cuerpo y en la vida del sujeto, generando respuestas psicofisiológicas intensas que alteran su funcionamiento cotidiano. Desde su mirada clínica, más que centrarse únicamente en la adicción, es clave comprender la relación que la persona construye con el objeto de consumo, ya que este ofrece una satisfacción momentánea y placentera que, a través de la repetición, se vuelve indispensable. Esa sensación de placer constante refuerza la conducta y hace que el consumo se integre a la vida diaria del sujeto, consolidando así un patrón adictivo.

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