Alimentación y salud mental: un vínculo que comienza antes de nacer
Especialistas de la Universidad Ecotec explican cómo una mala alimentación influye en el estado de ánimo

Una adecuada hidratación, grasas saludables y proteínas de calidad pueden mejorar el estado de ánimo y prevenir trastornos emocionales.
La relación entre lo que comemos y cómo nos sentimos va mucho más allá de una cuestión estética o de hábitos diarios. Hoy, la evidencia científica confirma que la alimentación tiene un impacto directo en el desarrollo del cerebro, el equilibrio emocional y la salud mental a lo largo de toda la vida. En un contexto marcado por el estrés, el cansancio crónico y el consumo de alimentos ultraprocesados, especialistas de la Universidad Ecotec analizan este fenómeno desde dos miradas complementarias: la nutrición y la psicología clínica.
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Desde el ámbito nutricional, María Gracia Iturralde, coordinadora de la carrera de Nutrición y Dietética, subraya que el cuidado de la salud mental empieza incluso antes del nacimiento. “Desde el embarazo se comienza a formar el cerebro y sus conexiones neuronales. Existe un periodo clave, conocido como los mil primeros días de vida, en el que una deficiencia de nutrientes puede afectar el desarrollo cognitivo y emocional del niño, que luego será un adulto”, explica.
El cerebro también se alimenta
La especialista señala que una alimentación inadecuada no solo impacta en el cuerpo, sino también en el funcionamiento cerebral. El consumo frecuente de azúcares y alimentos ultraprocesados puede generar una sensación momentánea de placer, pero a largo plazo deteriora la calidad de vida. “El azúcar puede generar un ‘shot’ de dopamina, pero cuando se vuelve un hábito, nos conduce a enfermedades crónicas como obesidad, diabetes o hipertensión, que terminan afectando también el bienestar mental”, advierte.
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Entre los nutrientes clave para la salud emocional, Iturralde destaca dos pilares fundamentales: las grasas saludables y las proteínas de buena calidad. “El omega 3, por ejemplo, es un ácido graso esencial que no produce nuestro cuerpo y que está directamente relacionado con la formación de hormonas asociadas al estado de ánimo. En el caso de las proteínas, sus aminoácidos —como el triptófano— son precursores de la serotonina, conocida como la hormona de la felicidad”, detalla.
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El eje intestino-cerebro y el estado de ánimo
La ciencia también ha puesto el foco en la microbiota intestinal y su relación con las emociones. Según la docente, una dieta rica en ultraprocesados deteriora la salud intestinal y debilita la comunicación entre el intestino y el cerebro. “Hoy se sabe que existe un eje intestino-cerebro muy potente. Cuando la microbiota está alterada, también lo está nuestro estado de ánimo”, afirma.

Nutrición y psicología clínica coinciden en que los hábitos alimenticios desordenados incrementan el estrés, la ansiedad y el cansancio emocional en jóvenes y adultos.
Frente a esto, la educación nutricional se vuelve una herramienta clave. Desde la academia, el mensaje no apunta a eliminar la comida tradicional, sino a mejorar su calidad y forma de consumo. “Nuestra gastronomía es deliciosa y accesible. No se trata de dejar de comer bolón o encebollado, sino de cuidar las porciones, las técnicas de cocción y el equilibrio del plato”, sostiene.
Cuando comer mal también afecta las emociones
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Desde la psicología clínica, Nohely Guevara Guerrero, coordinadora de la carrera de Psicología Clínica, coincide en que los malos hábitos alimenticios tienen efectos visibles en la conducta y las emociones. “La irritabilidad, el cansancio constante y la fatiga emocional son señales frecuentes en personas con una alimentación desordenada. Muchas veces se suman la ansiedad y el estrés, generando un círculo difícil de romper”, explica.
Uno de los principales problemas, según la especialista, es la confusión entre la función biológica y la función emocional de la comida. “Las personas comen cuando están tristes, ansiosas o cansadas. La comida se convierte en una vía de escape emocional, especialmente en contextos laborales o académicos exigentes”, señala.
Este patrón se refuerza con la falta de horarios, el sedentarismo y el consumo de comida rápida en jornadas extensas. “Cuando no hay regulación emocional ni hábitos claros, se genera un ciclo que afecta progresivamente la salud física y mental”, añade.
Sueño, comida y desgaste emocional
Otro aspecto clave es la calidad del sueño. Comer alimentos grasos y ultraprocesados en altas horas de la noche interfiere con el descanso y la recuperación del cuerpo. “Estas comidas generan una sensación momentánea de alivio, pero provocan una sobrecarga de glucosa que el cuerpo no puede procesar mientras dormimos. Esto altera el sueño y, al día siguiente, el estado de ánimo”, explica Guevara.
A esto se suma la percepción corporal. “Cuando una persona se siente inconforme con su cuerpo debido a malos hábitos alimenticios, su autoestima y su salud emocional también se ven afectadas”, indica la psicóloga.
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Un abordaje integral: cuerpo y mente
Desde la psicología clínica, el primer paso es evaluar la relación emocional con la comida. “Es fundamental identificar si comemos por hambre real o por una emoción. Luego se trabaja una reestructuración cognitiva para comprender qué pensamientos y situaciones están detrás de ese comportamiento”, explica Guevara.
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Ambas especialistas coinciden en que la solución no pasa por la restricción, sino por la educación y el acompañamiento profesional. Entre las recomendaciones integrales destacan una buena hidratación, el consumo de grasas saludables como el aguacate, el aceite de oliva y frutos secos locales como el maní, así como proteínas de calidad tanto de origen animal como vegetal.
“La salud física y la salud mental van de la mano. Buscar ayuda profesional, tanto de nutricionistas como de psicólogos, es un acto de autocuidado”, concluye Guevara.