Redes sociales
Las plataformas digitales no son neutrales: sus sistemas de visibilidad favorecen ideales corporales restrictivos y reproducen dinámicas que castigan la diversidad física.Canva

Expertos alertan sobre violencia estética normalizada en redes sociales

Promover cuerpos reales y narrativas inclusivas se vuelve una estrategia clave para contrarrestar la presión estética

El body shaming (la burla, crítica o descalificación hacia el cuerpo de otra persona) ha dejado de ser un comentario aislado para convertirse en una práctica social normalizada, especialmente en entornos digitales. Redes sociales, filtros, algoritmos y discursos aspiracionales han reforzado un ideal corporal estrecho que excluye la diversidad y expone, sobre todo a mujeres y adolescentes, a una evaluación constante de su apariencia. Detrás de lo que muchos minimizan como “bromas” se esconden efectos profundos en la salud mental, la autoestima y la forma en que las personas se relacionan con su propio cuerpo.

El psicólogo y educador Luiggi Sáenz de Viteri advierte que el body shaming suele presentarse como humor inofensivo, pero en realidad se sostiene en una lógica de comparación permanente. “Cuando una persona no encaja en el estereotipo que circula en redes, cuerpos filtrados, editados o incluso creados con inteligencia artificial, recibe ataques que terminan afectando su autoestima”, explica. Este fenómeno se alimenta de una cultura visual que vende un modelo corporal “prefabricado” como aspiracional, sin considerar factores genéticos, contextuales o de salud, generando la sensación de que “si no estoy ahí, hay algo malo conmigo”.

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La adolescencia es una etapa clave en la construcción de la identidad corporal. El psicólogo clínico Jordy Briones señala que se trata de un segundo momento de “metamorfosis” del cuerpo, en el que los cambios físicos ya generan malestar por sí solos. Cuando a ese proceso se suma el body shaming, el impacto puede ser duradero. “La crítica al cuerpo produce una marca, un efecto traumático. En consulta, muchos adultos recuerdan comentarios que recibieron de niños o adolescentes y que nunca pudieron olvidar”, afirma.

Estas marcas no siempre se expresan de inmediato. Pueden derivar, con el tiempo, en ansiedad corporal, trastornos de la conducta alimentaria, autolesiones o una relación conflictiva con la imagen propia que se prolonga hasta la adultez. Incluso prácticas socialmente aceptadas como cirugías estéticas reiteradas o la obsesión por “corregir” el cuerpo, pueden ser la continuación de una herida temprana.

Mujeres bajo mayor presión: una desigualdad estructural

La investigadora María Calado Otero, docente de la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR), explica que el body shaming afecta de manera desproporcionada a las mujeres porque el cuerpo femenino ha sido históricamente construido como un objeto de evaluación pública. “Persiste un sistema social que vincula el valor de las mujeres a su apariencia. Esto es una forma de violencia simbólica corporal: mandatos estéticos que se presentan como elecciones personales, pero que son imposiciones culturales interiorizadas”, señala.

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Desde edades tempranas, muchas mujeres aprenden que su cuerpo será observado, comentado y corregido. Esa socialización explica por qué reciben más comentarios sobre su apariencia que los hombres y por qué el body shaming no es un fenómeno aislado, sino la manifestación visible de una desigualdad de género más profunda.

Algoritmos, visibilidad y odio

En el entorno digital, la presión estética se ve amplificada por los algoritmos. Calado Otero advierte que las plataformas priorizan el contenido que genera interacción, y el odio, incluidos los comentarios crueles sobre el cuerpo, suele generar mucho tráfico. Como resultado, los discursos de burla y humillación obtienen mayor visibilidad y se normalizan. Al mismo tiempo, los algoritmos penalizan la diversidad corporal y favorecen ideales estrechos como la delgadez extrema o la juventud permanente en las mujeres.

Este mecanismo no es neutral: construye un ecosistema en el que ciertos cuerpos “valen” más que otros, reforzando la insatisfacción corporal y empujando a las personas a compararse con estándares inalcanzables.

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Aunque se suele pensar que artistas y figuras públicas están “acostumbradas” a las críticas, la realidad es distinta. La investigadora subraya que estas mujeres enfrentan una doble presión: la exigencia estética por razón de género y la dependencia profesional de su imagen. Las consecuencias incluyen ansiedad, depresión, conductas alimentarias problemáticas y un estado de hipervigilancia constante sobre el propio cuerpo. “Se les exige cumplir estándares imposibles, como el ideal de juventud permanente, pese a que el envejecimiento es inevitable”, advierte.

¿Cómo enfrentar el body shaming?

Los especialistas coinciden en que la respuesta debe ser integral. Sáenz de Viteri destaca el rol de la educación y de los entornos familiares y escolares para reconocer la diversidad corporal y establecer límites claros: no todo comentario es válido, incluso si se disfraza de preocupación o humor. Briones añade que es fundamental cuestionar la idea de que “opinar sobre el cuerpo del otro” es un acto de ayuda; muchas veces, termina siendo una forma de violencia.

Desde el ámbito digital y social, Calado Otero plantea la necesidad de alfabetización crítica frente a las imágenes, mayor transparencia algorítmica, políticas efectivas contra el acoso corporal y regulaciones que limiten la publicidad basada en ideales dañinos. A largo plazo, promover narrativas de diversidad corporal y desvincular el valor de las personas de su apariencia es clave para construir una sociedad más justa.

En un contexto saturado de imágenes y juicios, el desafío es colectivo: aprender a mirar el cuerpo propio y ajeno sin convertirlo en un campo de batalla. Porque cuando el cuerpo deja de ser un espacio de violencia, también se abre la posibilidad de una relación más sana con uno mismo y con los demás.

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