Jorge Luis Jalil | De la prudencia a la complicidad
No se trata de Persia contra Occidente. Se trata de democracia liberal frente a autoritarismo religioso
Occidente se construyó sobre el rechazo a la guerra preventiva y sobre la defensa activa de la libertad frente a proyectos totalitarios. El dilema que hoy plantea el ataque de EE.UU. e Israel contra Irán es: ¿cuándo la contención deja de ser prudencia y se convierte en complicidad?
La guerra suele producir más monstruos de los que elimina. Sin embargo, el régimen iraní no es un actor convencional. Desde 1979 consolidó una teocracia que concentra el poder en el ayatolá y reprime sistemáticamente la disidencia. Irán figura entre los países con mayor número de ejecuciones per cápita del mundo, según reportes anuales de organizaciones de derechos humanos. Las protestas de 2009 fueron sofocadas con violencia; en 2022, tras la muerte de Mahsa Amini, el movimiento Mujer, Vida, Libertad volvió a enfrentar cárcel, balas y sentencias de muerte.
No se trata de Persia contra Occidente. Se trata de democracia liberal frente a autoritarismo religioso. El propio régimen, a través de sus líderes y de sus proxies regionales, ha declarado ilegítima la mera existencia del Estado de Israel y ha financiado estructuras armadas que operan en su contra. No es retórica académica: es doctrina política. Israel, con todos sus debates internos, es un aliado estratégico de Occidente en una región donde abundan gobiernos que rechazan abiertamente el pluralismo, la igualdad de género y las libertades individuales. Ignorar esa realidad por comodidad intelectual sería ingenuo. Nada de esto elimina los riesgos. Una escalada puede afectar el Estrecho de Ormuz, disparar el precio del petróleo y profundizar la polarización global. Tampoco debe confundirse régimen con pueblo: millones de iraníes han demostrado valentía enfrentando a su propia teocracia. Pero hay momentos en que la inacción no es neutral. Cuando un proyecto político declara como objetivo borrar a otro del mapa y respalda esa ambición con recursos y armas, la pasividad deja de ser virtud.
Occidente debe actuar con límites, proporcionalidad y visión estratégica. La defensa de la libertad exige firmeza y coherencia. La prudencia es virtud; la indiferencia ante el autoritarismo no.