Corazón
El síndrome de Gulliver, liderado por el investigador José Francisco López-Gil, advierte que la suma de factores de riesgo leves puede multiplicar el peligro de infartos y derrames.Canva

El síndrome de Gulliver: pequeños excesos que ponen en riesgo al corazón

Estudio publicado por UEES busca combatir la inercia terapéutica y promover la salud del corazón

En el mundo de la medicina cardiovascular acaba de nacer un concepto que promete transformar la manera en que entendemos y prevenimos las enfermedades del corazón: el síndrome de Gulliver. El término, acuñado por un equipo internacional de investigadores liderado por José Francisco López-Gil, docente de la Universidad Espíritu Santo (UEES), describe un fenómeno frecuente pero invisibilizado: personas que, aunque no presentan valores alarmantes en sus controles médicos como glucosa, sobrepeso, entre otras, acumulan múltiples indicadores limítrofes que, en conjunto, aumentan significativamente el riesgo de sufrir un infarto, un derrame cerebral o complicaciones coronarias. 

La literatura en la medicina

La inspiración vino de la literatura. López-Gil recuerda que muchos pacientes llegan con la cintura apenas aumentada, la presión o la glucosa un poco elevadas y el colesterol ligeramente fuera de rango. Nada que, por sí solo, active una alarma inmediata. Sin embargo, en conjunto forman un cuadro riesgoso. 

“Esa situación nos recordó al personaje de Gulliver, protagonista de la novela satírica Los viajes de Gulliver de Jonathan Swiftun gigante atrapado no por una gran cadena sino por cientos de pequeñas cuerdas. Con esa metáfora quisimos dar nombre a un problema silencioso que alimenta la inercia terapéutica y que necesitaba visibilizarse”, señaló el investigador.

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El síndrome se diagnóstica con factores de riesgo

El síndrome de Gulliver se diagnostica cuando un paciente presenta al menos cuatro factores de riesgo cardiovascular en niveles limítrofes: perímetro de cintura entre 90 y 101 cm en hombres y entre 80 y 87 cm en mujeres, presión arterial sistólica entre 121 y 139 mmHg o diastólica entre 81 y 89 mmHg, glucemia en ayunas entre 101 y 125 mg/dl y colesterol no-HDL entre 130 y 189 mg/dl. 

A estos se suman detonantes adicionales como el sedentarismo, el tabaquismo, el estrés o la mala alimentación. López-Gil enfatiza que lo importante es comprender que la suma de pequeñas desviaciones puede generar un riesgo considerable aunque ningún valor aislado sea alarmante. El problema es que, en la práctica clínica, estos pacientes rara vez reciben atención prioritaria. Se calcula que hasta un 50 % de quienes presentan múltiples factores leves permanecen sin intervención médica, lo que incrementa el riesgo cardiovascular en un 30 % a lo largo de la vida.

El impacto del síndrome de Gulliver puede ser enorme en términos de salud pública. Reconocerlo permitirá actuar antes con medidas como cambios en el estilo de vida, control del estrés, dietas balanceadas y, en algunos casos, medicación preventiva. “El síndrome de Gulliver nos recuerda que no hay que esperar a que suene una alarma para actuar. Detectar a tiempo estos pequeños desajustes puede marcar la diferencia entre una vida sana y un evento prevenible”, destacó López-Gil. 

Las recomendaciones para los profesionales de la salud son claras: no analizar cada factor de manera aislada, sino en conjunto, utilizar calculadoras de riesgo global como SCORE2 o ASCVD, y superar la inercia terapéutica adoptando un enfoque multifactorial desde etapas tempranas. Pero no solo los médicos tienen un rol. Para la población en general, conocer este concepto puede empoderarles a exigir evaluaciones integrales y no conformarse con chequeos parciales

Una mirada preventiva que puede salvar vidas

En un contexto donde las enfermedades cardiovasculares siguen siendo la principal causa de muerte en el mundo, responsables de más del 30 % de los fallecimientos globales, esta mirada preventiva abre la posibilidad de salvar miles de vidas.

El síndrome de Gulliver no quiere quedarse en una metáfora. El siguiente paso es científico: estudios poblacionales que identifiquen cuántas personas cumplen con este perfil en distintos países, seguimientos que confirmen la relación con eventos cardiovasculares y ensayos clínicos que prueben la eficacia de intervenciones combinadas. 

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“Se están iniciando colaboraciones con equipos de Europa y América Latina para integrar este concepto en proyectos de prevención y medicina de precisión”, adelantó López-Gil. El camino recién empieza, pero su propuesta abre una nueva etapa en la medicina preventiva. 

Como Gulliver, millones de personas están hoy atrapadas por “cuerdas invisibles” que parecen inofensivas por separado, pero que, al unirse, amenazan seriamente su salud. Reconocerlas a tiempo podría marcar la diferencia entre vivir con libertad o quedar inmovilizado por una enfermedad que, en gran parte, es prevenible.

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