La exposición permanente a la violencia, la muerte y la amenaza tiene consecuencias en la salud mental de los policías de Ecuador, alertan especialistas.
La exposición permanente a la violencia, la muerte y la amenaza tiene consecuencias en la salud mental de los policías de Ecuador, alertan especialistas.Foto: Facebook Policía Ecuador

"Pedir ayuda te marca": la salud mental, un lujo en la Policía de Ecuador

Hay traslados punitivos, sobrecarga laboral y abandono. El desgaste mental empuja a cientos a dejar las filas de la Policía

A Luis (nombre protegido) no solo lo agotó el trabajo. También lo castigaron. Tras pedir atención psicológica y cuestionar decisiones internas, fue trasladado a Nueva Prosperina, uno de los distritos más violentos del Ecuador. 

No fue un ascenso ni una oportunidad: fue una advertencia. “Sabían que yo estaba mal y aun así me mandaron ahí”, cuenta. Llegó con insomnio, ansiedad y una sensación constante de peligro que no lo abandonaba ni fuera de turno. En ese territorio, los enfrentamientos ocurrían a diario. Durante una temporada marcada por apagones y violencia desbordada, Luis salía de casa a las cinco de la mañana y regresaba cerca de la medianoche. 

Los asesinatos se contaban por decenas cada semana. Dormir era un lujo. “Uno aprende a moverse rápido, a desconfiar de todo”, dice. Con el tiempo, dejó de sentirse persona y empezó a “sentirse solo función”.

“El estrés es constante en esta situación, porque incluso hubo una época en la que hubo bastantes suicidios por parte de los policías. Implica el estrés permanente de sufrir amenazas de las organizaciones, y es peor cuando uno se topa con policías que están del lado de la delincuencia. Dentro de la institución a veces no se tiene la seguridad de saber con quién se está tratando. Uno prácticamente está solo”, revela.

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A Miguel (nombre protegido) le ocurrió algo distinto, pero igual de extremo. Tras ser diagnosticado con un cuadro severo de estrés, los médicos recomendaron tratamiento psicológico y medicación. La respuesta institucional fue retirarle el arma. 

“Me dijeron que no podía portarla por mi estado”, recuerda. Sin embargo, no lo sacaron de zonas de riesgo ni ajustaron su jornada. Lo mantuvieron en Guayaquil, uniformado, expuesto, sin defensa. “Eso no es cuidado, es abandono”.

Consecuencias ante la alta peligrosidad

Carlos (también nombre protegido) fue testigo de ambos escenarios. Vio cómo compañeros que pedían ayuda eran trasladados a distritos de alta peligrosidad y cómo otros eran señalados por no estar “aptos”. Nunca solicitó atención psicológica. “Aquí, pedir ayuda te marca”, confiesa. Prefirió aguantar el cansancio, la irritabilidad y el aislamiento antes que enfrentar un sistema que, según él, castiga más de lo que protege.

A esto se suma la manipulación de cadáveres en zonas de alta criminalidad. Así lo recuerda Carlos, que trabajó en sectores como Flor de Bastión y los bloques interiores de Isla de la Victoria, considerados entre los más peligrosos de todo Guayaquil.

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Según relata, los equipos de atención se veían obligados a actuar sin garantías mínimas de seguridad. “Cuando teníamos que realizar el levantamiento de un cadáver, por esperar a Criminalística no se aseguraban las vías. Al contrario, los delincuentes nos cerraban el paso a bala”, narra.

Frente a esa situación, el protocolo quedaba relegado a la supervivencia: “Teníamos que tomar el cuerpo, colocarlo en una funda plástica, subirlo a la camioneta y huir. No había otra opción”. El testimonio expone que los agentes trabajaban sin capacidad de respuesta ofensiva. “Nuestras armas eran pistolas. Los delincuentes tenían fusiles y armamento de grueso calibre. Prácticamente estábamos enfrentándonos directamente a la muerte”.

Los tres coinciden en algo: el mayor temor no siempre viene del crimen organizado, sino de quedar expuestos dentro de la propia institución. Traslados punitivos, retiro de funciones, burlas y estigmatización son parte del costo de hablar.

¿Cuántos agentes dejan las filas de la Policía?

Según datos oficiales de la Policía Nacional, la fuerza contaba con casi 60.000 efectivos en 2023, cifra que incluye a personal activo y en formación, con planes institucionales de llegar a 80.000 en años recientes para reforzar el combate a la delincuencia organizada.

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En 2025, la institución reportó un despliegue sin precedentes de 686.499 operativos en todo el país, desde zonas urbanas hasta ejes estratégicos fronterizos. Además de arrestos masivos, la Policía incautó miles de armas de fuego, explosivos y vehículos utilizados para delinquir. Aun así, esas cifras revelan otra realidad: cada operativo exige una enorme carga física y mental para los agentes, sin que siempre exista un respaldo proporcional para su bienestar psicológico o logístico.

Entre 2020 y el año pasado, 9.608 policías se acogieron a la baja voluntaria, según cifras oficiales que coinciden con algunos de los años más violentos en la historia reciente del Ecuador.

La salida de uniformados experimentados se disparó sobre todo en 2023, cuando más de 3.000 agentes optaron por dejar la institución en medio de una violencia en alza. Esa tendencia refuerza lo que narran Luis, Carlos y Miguel: para muchos gendarmes, la decisión de dejar el uniforme no siempre se deba a falta de vocación, sino al desgaste, temor y falta de apoyo institucional.

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Para el exministro del Interior Patricio Carrillo, lo que ocurre responde a un desgaste estructural. Explica que, durante años, la planificación contemplaba que los uniformados culminaran su carrera tras más de 30 años de servicio. Hoy esa lógica se rompió. Un número cada vez mayor opta por retirarse apenas cumple el tiempo mínimo, incluso si eso implica perder beneficios económicos.

Carrillo advierte que la desmotivación es profunda y se refleja también en el modelo operativo. “La visión de toda institución policial es preventiva, pero esa capacidad está muy disminuida”, sostiene.

A su criterio, la falta de logística, tecnología e infraestructura ha llevado a priorizar la reacción inmediata, con operativos repetitivos y alta rotación de personal, pero con bajo impacto real. El resultado es frustración interna, especialmente cuando el esfuerzo no se traduce en procesos judiciales efectivos.

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Desde la mirada clínica, la psicóloga Paola Cercado explica que la exposición permanente a la violencia, la muerte y la amenaza tiene consecuencias inevitables. “Nadie sale ileso de convivir todos los días con ese nivel de estrés”, señala. Aunque los uniformados sean considerados fuertes mentalmente, el desgaste aparece en forma de irritabilidad, dificultad para concentrarse, cansancio extremo y problemas para tomar decisiones.

Cercado subraya que un policía emocionalmente saturado no solo se expone a sí mismo, sino también a su equipo y a la ciudadanía.

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 Respuesta. Para Cercado, los uniformados deben pasar por evaluaciones psicológicas periódicas, acompañamiento constante y, si es necesario, un retiro temporal de la primera línea de combate.