
Lujos y trampas de la Narcocultura: ¿Alguien quiere pensar en las niñas?
Análisis | Redes, familias cómplices y violencia. Seis expertas explican la estructura que recluta a mujeres sin distinción
No es necesario ahondar en nombres; eso debe ser trabajo para la Fiscalía. Pero cesado el ruido del ensañado escarmiento en redes sociales, el interés nacional debe volcarse a cómo los antivalores están secuestrando la integridad femenina. En eso coinciden seis expertas consultadas por este Diario, en aras de poner en la voz de mujeres cómo la narcocultura violentó los modelos aspiracionales, sin distinción de clase.
1. Redes sociales: fábricas de ‘Muñecas’
Antes fueron las narconovelas; luego mutaron a canciones que, mientras se bailan en discotecas, enuncian asesinatos, consumo de drogas y sexualización; hoy, con las redes sociales, visualizar lujos ilícitos es cuestión de un clic. Por esa ventana se infiltró la anticultura. Producto de la proliferación de pantallas, las identidades se construyen desde las tendencias. Rostros bonitos hacen ‘story time’ de experiencias que se sienten cercanas, logrando que las niñas interioricen esas formas de pensar y expresarse.
“Las influencers son los nuevos modelos de identidad. Algunas exponen una transacción del ‘perfecto’ cuerpo femenino que invalida la cultura del esfuerzo por una realidad idealizada”, explica Carlota Álvarez, coordinadora de prevención de violencia de género en la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil. Ella señala a la adolescencia como el blanco principal de estos espejismos y desconfía de que se pueda ‘blindar’ totalmente a la niñez de lo que abunda en internet.
Porque la violencia también se gesta puertas adentro. La falta de límites y una educación que prioriza los atajos (lo ‘sabido’) sobre la disciplina dejan a las menores vulnerables. Y en los casos más crudos, como apunta la docente Lorena Piedra (PUCE), las chicas no es que buscan ‘lujos’, sino huir. “Cuando en casa hay violencia física, sexual o cargas de cuidado desproporcionadas, salen tempranamente y se vinculan con criminales creyendo que es una salida”, describe.
Para estas jóvenes, el noviazgo con alguien que les ‘provee’ es una forma de supervivencia, que se torna en una mala apuesta en la mayoría de casos. “Lo que no ven es que entran en círculos aún peores, donde las organizaciones criminales ven a las mujeres con menos valor que cosas”, alerta Piedra.
Vivian Cartagena
2.- El ‘Modus operandi’
Pero cuando ya son mayores de edad, resumir esta realidad como ‘muñecas de la mafia’ ignora que el reclutamiento no suele empezar con coacción, sino con utilidad y romance. Así lo detalla la penalista Diana Vélez: “Inicia como algo inofensivo: ‘Préstame la cuenta, te van a depositar un dinero’. Hasta hacerse rutinario”.
La abogada indica que luego el favor se torna ascenso social. “Van escalando. Les dicen ‘Voy a poner un bien a tu nombre’. Esto genera estatus porque te codeas con alto nivel”.
Los lujos deberían gritar por sí solos que no es realista tanta abundancia, menos en la economía local. Y ante la inacción civil, la psicóloga Sonia Rodríguez, presidenta de la junta directiva de Cepam, advierte que no se trata solo de ingenuidad, sino de una sociedad de mercado que ha normalizado el dinero ilícito. “En los sectores de mayores recursos saben que viene de un capital oscuro, pero se quieren hacer de la vista gorda porque les da beneficio”, analiza Rodríguez.

Ya no es solo un problema de crianza, sino de un “capitalismo salvaje articulado al patriarcado”, donde la mujer se vuelve un activo estético. Rodríguez señala la hipocresía de círculos sociales que validan el delito si este trae confort: padres que financian cirugías o proveen costosos maquillajes a los 15 años ; o familias que aceptan los regalos caros del ‘yerno’ sin preguntas incómodas.
Ese materialismo embriaga hasta el choque con la realidad: sin darse cuenta, adquieren un rol en la organización criminal, ante una ley que no distingue la ingenuidad del dolo. Si terminan presas o muertas, cumplieron su función en la estructura criminal: ser instrumentos desechables para lavar activos o una firma para ocultar bienes.
3.- El reclutamiento SÍ es violento
Tristemente, la violencia se ejerce diferente según dónde vivas. En Mocolí, por ejemplo, el sometimiento se puede maquillar de confort. En Durán, el ingreso a la estructura criminal es un acto de tortura y no precisamente un viaje a Tailandia.
Sonia Rodríguez
“Para entrar a una banda criminal tienes dos caminos en los ritos de iniciación: o te dejas violar y no te quejas (y hablamos de una violación masiva) o aceptas una buena paliza entre un montón de hombres”, revela a través de un estudio la investigadora Lorena Piedra.
Pero el horror no termina en el rito. Una vez dentro, en estos estratos, la mujer ya perdió su autonomía, convirtiéndose en moneda de cambio entre ‘guerrilleros’ y capos. Piedra sostiene que les asignan roles instrumentales ligados a la sexualidad y el servicio doméstico. “Según el rango del hombre, ‘esa es tu mujer’. Los hombres escogen. Ellas no son dueñas de su capacidad de tomar decisiones”.
Del otro lado de las clases sociales, el glamour de las ‘auspiciadas’ es también una cárcel, aunque esté revestida de oro. Ante la cámara exhiben libertad, pero “no son dueñas ni siquiera de sus decisiones. Su vida o muerte está en manos del que paga los gastos”, lamenta Piedra.
Y es que reducir el debate a la ‘vanidad’ y ‘falso empoderamiento’ de las mujeres es una lectura simplista (y machista) que encubre el abandono estatal, según Vivian Cartagena, oficial de programa en la Alianza Global Contra la Trata de Mujeres. Para ella, en los barrios donde el Estado “no existe”, la banda criminal llena ese vacío.
El dinero rápido se presenta en sus comunidades como una promesa de protección y reconocimiento”. Muchas no entran por ambición, sino porque en un territorio en guerra, ser ‘la mujer de’ parece la única forma de no ser una víctima más.
Esta radiografía del desamparo la confirma el último informe del Observatorio Ecuatoriano de Crimen Organizado (2025).
Lejos del lujo, es la brecha salarial también la que empuja a una ‘subsistencia tóxica’. La desesperación económica llega a tal punto que rompe el tejido materno, pues el estudio detectó dinámicas donde madres y tías facilitan el acceso de las bandas a sus propias hijas o nietas, entregándolas al crimen como quien busca un salvavidas.
4.- Odio selectivo: ¿Y los hombres?
Finalmente, hay una última arista que desnuda la hipocresía del contexto actual: el narcotráfico es una industria de dueños hombres, pero de culpas femeninas. Cuentas en redes sociales y troles, sin objetividad ni fundamentos judiciales, vincularon a mujeres con el narco por una sola foto, una acción que está ignorando al verdadero monstruo, como coinciden expertas.
“Se habla de las mujeres, del rostro femenino, pero no están los nombres de ‘las parejas’. ¿Quiénes son? ¿A qué bandas pertenecen? Eso no se dice”, complementa Cartagena. Lorena Piedra cierra el círculo explicando que este escarnio en redes sociales fue el síntoma final de una sociedad patriarcal. “Cae bien el criticar a ‘la mujer mala’ porque, en estereotipo, todas las mujeres somos malas, y más si eres guapa”.
La pregunta del titular se sostiene. Porque mientras la sociedad se entretiene señalando a las ‘muñecas’ en redes sociales sin exigir cuentas a los dueños del negocio ni al Estado, las niñas siguen mirando sus pantallas, donde la tendencia es cruel: en Ecuador, las mujeres son trofeos para exhibir o brujas para quemar, pero rara vez ciudadanas con derecho a un futuro digno lejos de la violencia.