
Del lujo ficticio al riesgo real: cómo la narcocultura seduce a jóvenes en Ecuador
De las pantallas a la realidad: expertos alertan sobre la normalización de la estética delictiva y el vacío de valores
El mapa del crimen organizado en Ecuador ha dejado de ser subterráneo para exhibirse en las zonas más exclusivas del país. Varios operativos, realizados por las autoridades en 2025, revelaron la magnitud de un patrimonio cimentado sobre la violencia: desde las empresas fachada de alias ‘El Mexicano’, que lavaron más de 13 millones de dólares, hasta el sofisticado búnker de alias ‘Fito’, una estructura con ascensor interno y acabados de lujo diseñada para burlar a la justicia.
Esta capacidad económica no solo compra refugios; compra pertenencia. El reciente ataque en la Isla Mocolí, el 07 de enero, donde alias ‘Marino’, cabecilla del grupo criminal, 'Los lagartos' se camuflaba como un residente más, disfrutando de los privilegios de la urbanización, en Samborondón, confirma que las élites ya no están aisladas. El capital criminal se ha mimetizado en los espacios de poder, normalizando un estilo de vida de opulencia que ya no se esconde.
Esta exhibición de poder se ha trasladado al mundo digital mediante una narcocultura que idealiza el dinero fácil en series, música y redes sociales. Tras el asesinato del cabecilla, se viralizaron imágenes de influencers y figuras de la farándula digital exhibiendo lujos y viajes financiados, presuntamente, ligadas al crimen organizado. Este fenómeno, popularizado bajo el término "muñecas de la mafia", evidencia cómo el capital ilícito busca validación social a través de figuras públicas.
Esta glorificación del estilo de vida delictivo convierte la ilegalidad en algo aspiracional para los jóvenes, distorsionando su noción del éxito. Es precisamente esta exposición constante la que, según el psicólogo clínico César Valcárcel, genera un impacto profundo, pues advierte que el bombardeo de estas imágenes “altera la percepción de la realidad, contaminando y reestructurando automáticamente el sistema de creencias” de niños y adolescentes.

Además, esta colonización de contenido, que se apodera de los imaginarios colectivos, no es un fenómeno aislado; el sociólogo Héctor Chiriboga explica que esta fascinación por la opulencia es el síntoma visible de una fractura mucho más profunda en el tejido nacional.
La caída de los ideales y la ausencia de consecuencias
El fenómeno de la narcocultura se sostiene sobre una base social que parece haber perdido la capacidad de indignación. Según el sociólogo, la aceptación de la narcocultura no es un evento aislado, sino la consecuencia de una "cultura del exceso" y de la posmodernidad que ha roto las jerarquías tradicionales.
En este nuevo escenario, el relato lineal de vida —estudiar, trabajar y jubilarse— "está en entredicho, está roto", permitiendo que figuras delictivas ocupen un lugar de reconocimiento que antes pertenecía al mérito. El sociólogo advierte que estas estructuras criminales buscan, a través del derroche, "obtener el lugar social que por sus propios medios, o por los medios legales, nunca iban a tener"
La raíz de esta normalización social radica también en la profunda debilidad institucional. Según el experto, la sociedad es plenamente consciente de que “el Estado tiene una parte corrupta, otra honesta y otra ampliamente vinculada al crimen organizado". Esta percepción de impunidad genera un entorno donde el ciudadano asume que "no va a haber consecuencias legales, y que no va a haber consecuencias sociales" por seguir o idolatrar a estos perfiles.
Por otro lado, Chiriboga subraya un cambio peligroso en la construcción de los referentes colectivos, advirtiendo que la sociedad ha dejado de proteger sus propios mitos. Según el especialista, "teníamos héroes, por supuesto, pero no los hemos sabido, ni preservar, ni conservar, ni conocer". Esta erosión de los símbolos nacionales ha dejado un vacío que hoy es ocupado por figuras cuya única legitimidad es la exposición de su riqueza.
Héroes de barro: El vacío moral que dejó a los jóvenes sin brújula
Uno de los puntos más críticos que señala el experto es la desaparición de figuras heroicas tradicionales que antes servían de guía moral. Al no existir una promoción de valores desde el sistema educativo o civil —donde, según Chiriboga, los relatos nacionales “en las escuelas, eso no se da”—, los jóvenes terminan adoptando como modelos a quienes simplemente ostentan poder económico inmediato.
En este escenario, el vacío que dejan la escuela y el hogar permite que la admiración se mueva hacia lo que el experto llama el "héroe del momento". Se trata de influencers o figuras, muchas veces ligadas a economías ilícitas, que son validadas socialmente solo por su capacidad de consumo y no por lo que aportan a los demás.
Esta ausencia de referentes éticos y la erosión de los modelos de conducta tradicionales han abonado el terreno para una crisis de propósito aún más profunda. Al desaparecer el esfuerzo y la integridad como ejes de vida, el horizonte de la juventud se ve desplazado por una narrativa de gratificación inmediata que prioriza la apariencia sobre la sustancia.
En este contexto de desorientación, surge el espejismo del éxito, una estructura mental donde la realización personal ya no se construye mediante el desarrollo de habilidades o el intelecto, sino a través de una "visión ilusoria" que redefine peligrosamente lo que significa prosperar en la sociedad actual.
El espejismo del éxito: La "visión ilusoria" que redefine el futuro de los jóvenes
Según el especialista, César Valcárcel, esta dinámica está dando paso a lo que denomina una "visión ilusoria aspiracional", donde el esfuerzo académico y el empleo tradicional pierden sentido frente a la inmediatez del dinero fácil. Valcárcel señala que este fenómeno refuerza estereotipos de género peligrosos: a las jóvenes se les envía un mensaje directo y errado sobre su utilidad social. "Las hacen pensar: ¿De qué sirve estudiar o qué sirve tener un trabajo si lo que me va a salvar es tener a un hombre que me financie todo?", explica el psicólogo, añadiendo que esta narrativa incentiva a las mujeres a pensar que "lo estético es lo más importante".
Sin embargo, estos ideales no logran calar de forma aislada. El contenido de la narcocultura ejerce una influencia real en mayor medida cuando no existe una base familiar sólida que actúe como contrapeso; o, en escenarios más críticos, cuando son las propias familias las principales precursoras de estos valores, validando la opulencia y el éxito rápido por encima de la integridad ética.
El vacío ético en el hogar: Cuando la familia valida el "éxito" sin cuestionar el origen
Para el especialista, el entorno familiar es el filtro definitivo frente a la narrativa delictiva. Sin embargo, advierte con preocupación que hoy se está educando bajo una "falta de conciencia social y empatía", donde el bienestar individual prima sobre cualquier valor colectivo. Valcárcel enfatiza que este fenómeno ocurre porque, en muchos hogares, el sentido de humanidad se ha diluido: "Ya no educamos con valores. Porque el dolor del otro debería dolerme. Así no lo conozca".
En este contexto, el rol de los padres y cuidadores se vuelve cómplice cuando el deseo de estatus nubla la formación del carácter. Según explica el psicólogo, cuando la familia prioriza los lujos y la comodidad económica sin importar de dónde provengan, se refuerzan rasgos peligrosos en los jóvenes. "Mientras yo tenga mis carros, mis lujos, mis viajes, mi dinero, ¿qué importa de dónde venga? Porque yo estoy bien", señala el experto como el pensamiento predominante que se cultiva en estos entornos.
Para Valcárcel, esta postura evidencia que "el egoísmo se apodera mucho más de ellos y es súper peligroso lo que está pasando", ya que convierte al hogar no en un refugio de principios, sino en el primer eslabón de validación de la narcocultura.
En la misma línea de análisis, la psicóloga Paola Cercado coincide con el Dr. Valcárcel en un diagnóstico fundamental: la estructura familiar no es un elemento periférico, sino la raíz misma de la solución o el origen del conflicto.
Dopamina y estatus: La vulnerabilidad de una generación sin cultura del esfuerzo
Para Cercado, la seguridad del hogar es una falsa percepción cuando los adolescentes pasan horas consumiendo estilos de vida ostentosos a través de una pantalla. La falta de límites y la búsqueda de gratificación inmediata son, según su visión, señales de una educación que ha priorizado la comodidad sobre el esfuerzo.
"Porque están en el cuarto, en el celular, no me están molestando, están seguros, es una mentira. Así como hay peligro afuera, en las calles, también hay peligro dentro de la casa, en las redes sociales".

La coincidencia entre ambos profesionales radica en que la familia debe ser el espacio donde se desmitifique la 'facilidad' que vende la narcocultura. Paola Cercado enfatiza que, si un joven no ha sido educado bajo la cultura del proceso y el trabajo, se vuelve vulnerable a modelos de éxito que, a pesar de estar sustentados en la ilegalidad y la violencia, ofrecen una recompensa inmediata de dopamina y estatus.
Recuperar el sentido: El desafío de educar en tiempos de inmediatez
La normalización de la narcocultura en el entretenimiento no es solo un problema de pantallas, sino el síntoma de una sociedad que ha dejado vacíos sus espacios de formación. Entre la "visión ilusoria" que prometen los contenidos digitales y la falsa seguridad de un hogar sin límites, los jóvenes quedan huérfanos de referentes reales.
La conclusión de los expertos es clara: mientras el éxito se siga midiendo por la capacidad de consumo y no por la integridad, la figura del "héroe del momento" seguirá desplazando al esfuerzo y al estudio. Frenar esta deriva exige que la familia y la escuela recuperen su rol crítico, devolviendo el valor a los procesos y a la ética para evitar que el espejismo del dinero fácil termine por reestructurar definitivamente el sistema de creencias de las nuevas generaciones.
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