Rosa Torres Gorostiza | Los lujos con olor a pólvora
Conviene decirlo sin eufemismos: el terror que ahora los paraliza fue incubado por su propia complacencia
El país asiste, con una mezcla de estupor e hipocresía, a una verdad que durante años se negó a ver: el crimen organizado no irrumpió solo en los sectores más exclusivos del Ecuador; fue invitado. Y quien le abrió la puerta no fue la pobreza ni la marginalidad, sino la ambición desmedida de hombres y mujeres de cuello blanco, de apellido sonoro y vida ostentosa, dispuestos a vender su conciencia a cambio de poder, estatus y dinero fácil.
El libreto es viejo y conocido. Medellín en los años noventa lo vivió con sangre y fuego, y Ecuador parece no haber aprendido nada. El ingreso masivo de capitales ilícitos a la economía local, blanqueados en empresas ‘respetables’, en proyectos inmobiliarios y en negocios de fachada, no solo distorsionó el mercado: sembró violencia. Esa es la raíz de la disputa territorial que hoy se expresa con balas, ejecuciones y terror, incluso en enclaves que se creían intocables, como Samborondón. La incursión armada y el triple asesinato en una cancha de la exclusiva urbanización Golf Club de isla Mocolí no son una anomalía, sino la consecuencia lógica de la codicia.
Fueron esos mismos personajes encopetados, acostumbrados al lujo y a la impunidad, quienes aceptaron dinero sucio para ‘invertirlo’, multiplicarlo y legitimarlo. Y luego, sin pudor alguno, permitieron que los criminales ingresaran a sus urbanizaciones, compraran casas, se exhibieran como exitosos empresarios y se mezclaran en cocteles, reuniones sociales y círculos de poder. Bajo fachadas impecables, el crimen organizado se infiltró en la vida social de quienes prefirieron no preguntar de dónde venía el dinero, mientras crecían sus patrimonios.
Hoy muchos de esos sectores viven con miedo. Pero conviene decirlo sin eufemismos: el terror que ahora los paraliza fue incubado por su propia complacencia. El ataque del 29 de marzo de 2023 en Plaza Lagos, el empresario acribillado en su Porsche Cayenne, las incursiones armadas en urbanizaciones cerradas y los asesinatos en Mocolí marcaron un punto de no retorno. Los muros, garitas y cercos eléctricos ya no protegen, porque el enemigo duerme dentro o es invitado como socio o amigo.
Las urbanizaciones de Samborondón, Daule y Salitre dejaron de ser refugios. El crimen organizado hoy se codea con la crema y nata de esos cantones porque tiene con qué hacerlo y porque alguien le tendió la mano. Los lujos, ahora, huelen a pólvora.