
El año en que Pabel Muñoz arruinó las fiestas de Quito
ANÁLISIS. La culpa no es del Sercop. Si las fiestas de Quito son a medio gas, es por la incompetencia del correísta
Hasta que se salió con la suya Pabel Muñoz, precandidato a alcalde más que alcalde de Quito: no ofrecerá la Serenata Quiteña de toda la vida al presidente de la República en las fiestas de la capital que ya arrancaron desde el sábado 22 de noviembre de 2025.
Desde el año pasado viene tratando de evitar la ceremonia y ahora, por fin, encontró el pretexto perfecto y la oportunidad (inestimable para alguien con su personalidad) para no hacerla y responsabilizar a otros: la culpa es del Servicio Nacional de Contratación Pública (Sercop), el nuevo pato que se encontró para ponerle a cargar todos los muertos de su administración.
Muñoz halló el pretexto
Si las fiestas de Quito están a medio gas, pregúntenle al Sercop; si el verano de las artes ídem, es el Sercop, que no deja trabajar; si el presupuesto municipal no se ha ejecutado ni en la mitad, el Sercop, que boicotea… Un día se producirá una tragedia en el Metro por falta de mantenimiento y la culpa (esto no es broma ni exageración sino lectura atenta de la manera inquietante como se han dado las cosas con respecto a este tema) será del Sercop. En otras palabras: si el Sercop no existiera, Pabel Muñoz lo inventaría.
Paréntesis obligatorio: cierto es que el director del Sercop, aquel José Julio Neira Hanze cuyos cuatro cargos aún le dejan tiempo para asistir a quién sabe cuántos directorios y emprender viajes inservibles a quién sabe dónde, se caracteriza sobre todo por el criterio selectivo con el que aplica la ley.
Lo que persigue denodadamente en el caso del Municipio de Quito, deja pasar sin mover un dedo si se trata del Ministerio de Salud o del IESS, aunque sea siete veces más grande y 70 veces más urgente. Lo que le escandaliza de Aquiles Álvarez le parece normal en Inés Manzano. Pone el grito en el cielo por la insulina pero calla por Healthbird; patalea con la Serenata Quiteña pero mira para otro lado con Progen.
En fin, como decía este Diario en su edición de ayer: el Sercop tiene una delgada línea roja que separa su trabajo técnico de sus usos políticos. Demás está decir que Neira Hanze, quien puede llegar al extremo de forjar documentos para acosar adversarios, está ahí para cruzar esa línea todos los días.
De ahí a tragarse las lágrimas de cocodrilo que derrama a chorros Pabel Muñoz cuando se victimiza y se dice perseguido hay un largo trecho. Aunque el caso de la Serenata Quiteña puede parecer una nonada si se lo pone en la perspectiva que va desde Progen hasta Healthbird, sí resulta bastante revelador sobre la forma como el precandidato correísta maneja la ciudad.
Para la capital, cuyo liderazgo lleva algunos años arrastrándose por el suelo, este es un tema de gran importancia política.
¿Qué es la Serenata Quiteña?
La Serenata Quiteña es una tradición casi tan vieja como las fiestas de Quito, es decir que tiene más de 60 años. Cada 5 de diciembre por la noche, el alcalde, acompañado de una ruidosa comitiva, banda municipal y fuegos artificiales, cruza la Plaza Grande y ofrece una serenata al presidente de la República. Este se asoma al balcón, como en los viejos cuentos, y lo invita a pasar.
En los patios de Carondelet se instala la fiesta mientras el pueblo acompaña desde la plaza. Alcalde y presidente brindan con canelazo, bailan aires típicos intercambiando sus respectivas, departen amistosamente, se recogen con la sentida interpretación de los pasillos… En una ciudad donde los enfrentamientos entre el cabildo y la presidencia se remontan a los primeros años de la Real Audiencia, la Serenata Quiteña es una inteligente y festiva manera de reducir tensiones y mantener puentes tendidos.
Si las fiestas de Quito son “un ritual del consenso”, como dice el arquitecto Fernando Carrión, esta es su expresión simbólica máxima y las diferencias políticas nunca han sido obstáculo para que se cumpla. Hasta Mauricio Rodas llevó su serenata a Rafael Correa, lo cual es decir mucho. Porque de eso, precisamente de eso se trata todo.
Hasta que llegó Pabel Muñoz. Sea porque se considera (con su perfil dizque académico, su formación de sociólogo y sus postgrados en ciencias políticas y filosofía) en un nivel intelectual superior al de este niño rico que gusta de pasear en Porsche y esquiar en Aspen; sea porque ideológicamente lo encuentra indigerible; sea porque quiere hacer puntos con el delincuente prófugo que, muy a su pesar, sigue liderando su partido y sin cuya aprobación nunca fue (ni será) nada, lo cierto es que el precandidato correísta a la alcaldía se niega a compartir un canelazo con Daniel Noboa.
El alcalde correísta y su fallido intento de 2024
Por supuesto, ese capricho suyo es mucho más importante para él que las tradiciones de la ciudad. Ya intentó suprimir la Serenata el año pasado y le tocó echarse para atrás por la presión ciudadana. Ahora las cosas fueron diferentes: este año tiene al Sercop para echarle la culpa.
Todo ocurrió como si el alcalde hubiera hecho lo posible para que el Sercop le arruinara las fiestas. Para empezar, el Municipio arrancó con los procesos de contratación en la última semana de octubre: una irresponsabilidad si se considera que las adjudicaciones debían estar listas a más tardar el 20 de noviembre. Si no era el Sercop, pudo haber sido cualquier otra cosa: un oferente que se sintiera afectado e interpusiera una medida cautelar, por ejemplo. El riesgo era altísimo.
Pero no solo empezaron tarde sino que empezaron mal. El 5 de noviembre, el Sercop les comunicaba en un oficio que no habían encontrado firma de responsabilidad en el estudio de mercado y les pedía que por favor la enviaran. Asimismo, dado que el monto del contrato era superior al millón de dólares (1,07 millones, exactamente, como si fuera a propósito, porque no solo contemplaba la Serenata sino todos los pregones, que son el alma del inicio de las fiestas), era necesario adjuntar un informe de pertinencia de Contraloría.
¿Muñoz falla los procesos en Quito a propósito?
Y aquí viene lo insólito: dos días después, la Secretaría de Cultura del Municipio, a cuyo cargo se encuentra la organización de las fiestas, responde al Sercop cuestionando todos sus pedidos. El día 14 el Sercop suspende el proceso de contratación hasta que el Municipio subsane sus omisiones, cosa que nunca hizo.
Esta manera de proceder no es nueva. Ya en el Verano de las Artes (la programación cultural que el Municipio organiza para la temporada de vacaciones, durante el mes de agosto) la Secretaría de Cultura había sorprendido con el inicio de una licitación, para contratar actividades en parroquias, en la última semana de agosto. Por supuesto que el intento no prosperó y la culpa fue del Sercop.
Pero hay cosas mucho más graves: el contrato para el mantenimiento preventivo del metro, por ejemplo. En ese proceso había una serie de preguntas planteadas por los oferentes que las autoridades municipales tenían que responder con tiempo. Pues bien: empezaron a hacerlo el último día del cronograma a las seis de la tarde. Por supuesto, no alcanzaron a terminar. ¿Qué hicieron? Cancelaron el proceso de mantenimiento preventivo y pretextaron supuestas intermitencias en el sistema digital del Sercop.
La opacidad en los procesos del municipio
El concejal Michael Aulestia se dirigió a ese organismo con el fin de pedir explicaciones y le mostraron una certificación de que no hubo intermitencias ese día. Más aún: otras entidades usaron el sistema sin ningún problema y sin presentar queja alguna.
Hay que repetirlo para no perder de vista el tamaño de lo que aquí se está contando: cancelaron el proceso de mantenimiento preventivo del metro.
Aulestia piensa que la excusa del Sercop se está volviendo recurrente cuando al Municipio le salen mal las cosas. Se trata de una cortina de humo para ocultar los verdaderos problemas: procesos a los que se presenta un solo oferente de forma recurrente; oferentes que utilizan “velos societarios”, es decir, que presentan ofertas a nombre de sociedades representadas por allegados o familiares…
La polémica del 'chancho pillo'
Cuando en medio de estos hallazgos estalló el ruidoso asunto del hornado de 15 dólares, en realidad 17,25 con el IVA (el hornado pillo, como lo bautizó de inmediato la sal quiteña), los técnicos a cargo de los controles previos del Sercop entendieron que estaban sobre la pista de algo más grande.
Por supuesto, Pabel Muñoz tiene la jeta para salir pateando al perro (“el gobierno le da la espalda a Quito”, dijo poniendo cara de niño con pucheros); para no decir una palabra de sus 5 mil hornados de 17,25; para justificar su baja ejecución presupuestaria, que no pasaba del 47 por ciento al cierre del 31 de octubre, aduciendo trabas del Sercop… Y hasta para postularse como precandidato a la reelección cuando todavía falta más de un año para las elecciones y nadie está hablando de eso.
El hecho es que Quito se ha quedado prácticamente sin pregones, con una agenda de fiestas esmirriada, sin concierto de Sebastián Yatra, sin Serenata… Dizque por culpa del Sercop.
El proceso que sí le importó a Muñoz
Hubo, sí, un proceso de contratación en el que las autoridades municipales se apresuraron a subsanar todas las omisiones que el Sercop les había señalado. ¿Faltaba alguna firma? La enviaban. ¿Algún certificado? Lo remitían. Fue el proceso para organizar el pregón de la Plaza de San Francisco, que tuvo lugar el jueves 27 de noviembre.
Todo podía cancelarse menos ese pregón. ¿Por qué? Porque en esa tarima el alcalde tenía previsto entregar, y en efecto entregó, 2.600 títulos de propiedad en barrios recién regularizados: una tradición ineludible del populismo capitalino que año a año, alcalde tras alcalde, se renueva como invitación constante para el crecimiento no planificado de la urbe.
Cada vez que un alcalde no tiene nada que mostrar porque nada ha hecho; cuando no puede, por ejemplo, lidiar con una tasa de desempleo del 7,5 por ciento (la mayor del país); cuando afronta una deuda de 1.250 millones por un sistema de metro que está lejos de ser rentable y se le va de las manos; cuando no ha sido capaz de organizar las frecuencias de transporte público con el fin de convertir ese metro en lo que debería ser: la columna vertebral de un sistema; cuando mantiene un modelo de gestión en el que la burocracia se alza con el 30 por ciento del presupuesto; cuando ni siquiera las fiestas le salen bien… En fin, cuando un alcalde no da un palo al agua, monta una entrega de títulos de propiedad. La de este año demostró, además, que cumplir con los requerimientos del Sercop es fácil. Nomás hay que querer hacerlo.
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