
Qué hacer en San Marcos: historia, arte y gastronomía, el barrio más antiguo de Quito
San Marcos, la joya escondida del Centro Histórico de Quito que pocos turistas conocen
En el corazón del Centro Histórico de Quito, a pocas cuadras del bullicio comercial y del tránsito incesante, el barrio de San Marcos resguarda un tiempo propio. Sus habitantes lo llaman una joya escondida: un rincón donde las fachadas coloniales, las calles angostas y los talleres de artistas sostienen una atmósfera bohemia que parece resistirse al vértigo de la modernidad.
Le invitamos a que lea: Padres alertan riesgo a 27 mil estudiantes de Quito por reforma al COOTAD
San Marcos: 400 años de historia viva en el corazón del Centro Histórico de Quito
San Marcos es uno de los barrios más antiguos de la capital. Sus orígenes se remontan al siglo XVI y, según la memoria documentada por sus propios gestores culturales, suma más de cuatro siglos de historia. Pablo Arias lo explica con una fecha precisa: en 1601 se realizó por primera vez la procesión de la Soledad de María. Si ya existía esa manifestación religiosa a inicios del siglo XVII, dice, el barrio también estaba allí. La iglesia y la imagen mariana, ambas con más de 400 años, marcan el punto de partida de una comunidad que creció al abrigo de la fe, el comercio y el arte.
En tiempos coloniales, San Marcos estaba hecho de casas de adobe y techos de teja. Era un sector de tiendas grandes, talleres de escultores y artistas que nutrían la naciente Escuela Quiteña. Con la Revolución republicana, el paisaje urbano se transformó y el barrio adquirió un carácter más elitista: nuevas construcciones y familias acomodadas redefinieron su fisonomía sin borrar del todo su vocación cultural. Esa raíz artística, sembrada desde los primeros siglos, es la que sus vecinos reivindican hoy como marca identitaria.
La calle Montúfar -conocida en la Colonia como la calle de las Carnicerías- ha sido desde entonces el eje longitudinal del sector. En tiempos en que la ciudad se extendía desde La Rocafuerte hasta San Blas, esa vía articulaba el largo urbano y conectaba dos extremos que crecían entre quebradas y lomas. Con la modernidad, la calle Montúfar se enlazó con la 10 de Agosto y terminó por convertirse también en una frontera simbólica: divide nomenclaturas, separa oriente y occidente, como si el barrio tuviera su propia mitad del mundo.
Tras el golpe de la pandemia, San Marcos volvió a mirarse hacia adentro y a reactivar su vocación turística. Nació la ruta “San Marcos vive una experiencia”, un recorrido que integra museos, hoteles, cafeterías, talleres y restaurantes en apenas unas cuadras. Solo en la calle Junín funcionan más de quince establecimientos, entre ellos tres museos y hoteles instalados en casas patrimoniales donde el huésped puede dormir rodeado de mobiliario antiguo y muros centenarios.
Uno de los nodos culturales más representativos es el Museo de Acuarela Muñoz Mariño, que ocupa una casa del siglo XVI -una de las pocas que sobreviven de esa época en el Centro Histórico-. Allí funciona el restaurante La Purísima, proyecto liderado por Carlos Andrés Roldán.

Dormir en casas patrimoniales y comer cocina ancestral: la experiencia única de San Marcos en Quito
La propuesta combina investigación gastronómica y memoria culinaria: más de 90 tipos de ajíes, decenas de tortillas de maíz y miles de sopas registradas en el país sirven de inspiración para una carta en permanente transformación. “Mostramos al Ecuador desde su cocina”, resume Roldán, convencido de que la cultura también se narra en el plato.
El impulso de iniciativas como “De Vuelta al Centro” fortaleció esa red de emprendimientos. Para los propietarios, no solo significó mayor visibilidad, sino la posibilidad de repensar sus negocios como espacios culturales antes que meros locales comerciales.
En San Marcos, casi cada propuesta dialoga con el arte: hay talleres de la Escuela Quiteña, galerías, pastelerías de autor, cerveza artesanal y escuelas de música donde niños del barrio aprenden a tocar instrumentos.
La cafetería Los Padmitos, de Mayra Cevallos y Martín Robalino, es ejemplo de esa mezcla entre memoria y experiencia. Instalado en una casa antigua, el espacio combina cocina vegetariana, galería y música en vivo. Un piano espera a los comensales que se animen a tocar mientras aguardan su pedido; un estereoscopio de 1895 permite observar fotografías en 3D como si el siglo XIX se desplegara entre las manos.

Para sus propietarios, que viven en el barrio desde hace más de una década, San Marcos se consolidó como enclave cultural en los últimos siete años, cuando nuevos proyectos comenzaron a tejer comunidad y a atraer visitantes extranjeros curiosos por propuestas distintas.
Pero la tradición no ha quedado relegada por la innovación. Cada Sábado de Gloria, la procesión de la Soledad de María vuelve a recorrer las calles del sector. Aunque se retomó hace poco más de una década sin conocer su origen exacto, investigaciones posteriores confirmaron que la primera se celebró en 1601. Hoy convoca a cientos de personas en un circuito que rodea el barrio, reafirmando una práctica que, según sus organizadores, tiene pocos equivalentes en América Latina.
San Marcos se siente como una isla en medio del frenesí del Centro Histórico. Se accede por contadas vías -Junín y Espejo, principalmente- y, aunque está a pasos de la Marín y de la actividad comercial intensa, la altura de la Loma Chica le concede una calma particular. Allí, entre muros de adobe, vitrales antiguos y aroma a café recién molido, el barrio más antiguo de Quito no solo preserva su pasado: lo convierte en experiencia cotidiana para quien decide cruzar sus calles y escuchar lo que cuatro siglos todavía tienen por contar.