Alfonso Albán | El pelo vuelve a crecer
Álvarez perdió su cabello, pero el país pierde cada día más su camino democrático
Era obvio que pasaría. A más de uno seguramente sorprendió la noticia de que el alcalde de Guayaquil, Aquiles Álvarez, fuera tratado como otro criminal sentenciado más dentro de la cárcel del Encuentro, pese a que aún está procesado en dos casos. ¿De qué se sorprenden? Es evidente que iba a pasar. Despojarlo de su cabellera y de su Biblia, según declaraciones de su propio abogado, es un trato humillante y es una forma de, sin sentencia judicial en firme, reducirlo al mismo nivel que el resto de reclusos de esa prisión, aunque él fuera trasladado por “motivos de seguridad”, más no porque tuviera una sentencia.
Algunos justificarán esta decisión del Gobierno, otros dirán que el alcalde se lo merece y otros estarán indignados. Álvarez perdió su cabello, pero el país pierde cada día más su camino democrático, y da un giro mucho más pronunciado al autoritarismo, con enormes indicios dictatoriales.
El cabello vuelve a crecer, pero lo que será difícil de recomponer -si seguimos por la misma senda autoritaria- es la confianza en la institucionalidad, en el contrapeso de poderes, en la gestión política, en el poder de la sociedad civil.
Somos espectadores del uso del poder político y judicial para el revanchismo personal. Eso nos puede llevar a una sociedad llena de resentimientos y odios. Una que cree que pasar por encima de la ley es la solución a los problemas. Una que justifica la suspensión de la principal oposición política sin una mínima oportunidad de defensa. Una que normaliza el autoritarismo hasta que no sienta el peso de ese odio en carne propia. Es un juego muy peligroso.
El cabello vuelve a crecer, pero será complicado sanar el rencor de actos humillantes que solo dan de comer a los troles afines al Gobierno, a odiadores y a una revancha incomprensible.
El Gobierno saldrá con cualquier cosa a justificar ese trato inhumano y la vida seguirá. Pero, ¿y luego qué? ¿Qué más tiene que pasar para que nos demos cuenta de que estamos entrando en un camino sin retorno, en el que nos jugamos nuestra democracia e institucionalidad? Les dejo ahí la pregunta.