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Andrés Isch | El valor de la belleza

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Evidenciar la belleza. Construirla. Compartirla. Usarla como un escudo para alejar esa maldad y pereza

A mi primera columna en este espacio la titulé Defender la belleza, una reflexión sobre cómo la estética aplicada a la política pública, especialmente al desarrollo urbanístico, no es una nimiedad sino una necesidad para generar orgullo, pertenencia y fortalecer el tejido social. Hoy retomo este tema después de leer Y Seiobo descendió a la Tierra, preciosa novela de László Krasznahorkai, en la que explora la belleza cotidiana oculta en la rutina a pesar de todos quienes la miran.

El ser humano, a quien Krasznahorkai describe como un “ser desterrado en el hechizo cotidiano del Mal y de la Pereza”, ha escogido la practicidad como valor superior de su interacción con la naturaleza y con sus pares: lo rápido, lo conveniente, lo plegable. La fabricación en serie rechaza las imperfecciones, pero incentiva lo desechable. El arte se volvió conceptual para que no se pueda opinar sobre la mediocridad de la mayoría de sus gestores. La arquitectura, la música, el cine o la literatura simplificados a algoritmos de fácil consumo. La vida, reconvertida a pixeles.

Sin belleza no puede conceptualizarse el espíritu ni la ética porque no nos queda nada por defender. Para ser congruentes con los principios se requiere primero elevarlos por encima de la cotidianeidad y así admirarlos cuando los contemplamos en acciones, o en alguien, para después emularlos. Ese hombre parado frente a los tanques en la Plaza de Tiananmén nos sobrecoge, no por su sacrificio suicida, sino por la motivación que lo llevó hasta allí.

“Todo lo bueno echa raíces como el árbol, los sentimientos que brotan de nuestros corazones son asumidos por la dicha y la sabiduría…”. La consecuencia de impulsar entornos que apelen a las emociones es que los frutos de la conexión de ese entorno con cada uno serán positivos, valiosos, replicables. La belleza como un bien público no es elitista ni excluyente, sino todo lo contrario, un camino para que los que menos tienen, especialmente los que menos tienen, encuentren oportunidades para sus sueños. Evidenciar la belleza. Construirla. Compartirla. Usarla como un escudo para alejar esa maldad y pereza. Valorarla, desde cada espacio, cada día.