Sophia Forneris | Del rebusque al algoritmo
Cuando la ciudadanía aprende a sobrevivir al margen de las instituciones, termina por desconfiar de ellas
Crecer en un país con institucionalidad débil y una enorme creatividad social significa vivir en un estado permanente de adaptación. Cuando las estructuras formales no logran responder, la sociedad desarrolla sus propias soluciones.
Somos un país de ciudadanos que se las arreglan a diario para sostener a sus familias. Sin grandes reclamos ni discursos heroicos, abundan las historias de personas que se la juegan cada día por la posibilidad de mejorar la vida de sus hijos. Ese es el famoso ‘rebusque’ ecuatoriano: una ética del esfuerzo silencioso que sostiene al país. Una resiliencia que no nace de la teoría ni de manuales de desarrollo, sino de una necesidad simple y urgente: poner comida en la mesa.
Cuando la ciudadanía aprende a sobrevivir al margen de las instituciones, termina por desconfiar de ellas. Pero en ese vacío surge una creatividad paradójica: talento que florece no gracias a la estabilidad, sino precisamente por la escasez. Durante años, esa creatividad se manifestó en mercados informales, pequeños talleres o negocios familiares. Hoy está migrando a otro espacio: el mundo digital.
Una de las respuestas más interesantes a la falta de empleo formal ha sido el acceso a plataformas globales. Muchos jóvenes ecuatorianos han convertido sus teléfonos en centros de negocio. Y con la llegada de herramientas como la inteligencia artificial, el comercio electrónico y el trabajo remoto, esa capacidad de adaptación puede escalar mucho más allá de nuestras fronteras. La generación actual está comenzando a democratizar el ‘rebusque’. Ya no se trata solo de sobrevivir el día a día, sino de utilizar la tecnología para construir oportunidades donde el sistema aún no logra generarlas. Quizás el gran desafío de los próximos años no sea eliminar esa creatividad nacida de la necesidad, sino aprender a convertirla en estructura. Si algún día nuestras instituciones logran acompañar -y no obstaculizar- el talento cotidiano de los ecuatorianos, el país dejará de ser únicamente un lugar donde la gente sobrevive con ingenio, y podrá finalmente convertirse en un lugar donde ese ingenio también prospere.