Carmen Ojeda Oquendo | El mindfulness nos devuelve al presente
Propone algo más simple y, a la vez, más desafiante: darse cuenta. Notar cuándo estamos en automático
Muchas personas llegan al final del día con la sensación de haber hecho muchas cosas, pero de no haber estado realmente en ninguna. El cuerpo estuvo presente, pero la mente no. Comer sin saborear, escuchar sin atender, responder sin pensar. Vivir en automático se ha vuelto tan común que pocas veces lo cuestionamos.
Nuestra mente tiende a funcionar así: salta de un pendiente a otro, anticipa lo que viene y revisa una y otra vez lo que ya pasó. En ese ir y venir constante, el momento presente queda relegado. No es falta de interés ni de voluntad; es la forma en que aprendimos a funcionar en un mundo que valora la rapidez, la productividad y el estar siempre disponibles.
Sin embargo, este modo de vivir tiene un costo. Cuando no estamos presentes, también nos desconectamos de las señales del cuerpo, de las emociones y de los propios límites. Aparece el cansancio, la irritabilidad y el malestar se acumula sin una causa clara. No es que la vida sea demasiado pesada; es que se está viviendo sin pausa.
En los últimos años, la psicología clínica ha comenzado a prestar especial atención a esta desconexión cotidiana. No como un problema aislado, sino como un patrón que atraviesa la ansiedad, la depresión y el estrés crónico. La mente, acostumbrada a huir del presente, termina atrapada en pensamientos disfuncionales.
El mindfulness no propone escapar de la realidad ni vivir en calma permanente. Propone algo más simple y, a la vez, más desafiante: darse cuenta. Notar cuándo estamos en automático. Aunque suele asociarse a técnicas de relajación o a modas vinculadas al bienestar, su propuesta es mucho más profunda. Consiste en entrenar la capacidad de estar presentes en la experiencia tal como es, momento a momento y sin juicio.
El mindfulness nos recuerda que el presente no es un lugar al que hay que llegar, sino el único espacio real desde donde podemos vivir. Volver a él implica reconectar con el cuerpo, con lo que sentimos y con lo que necesitamos aquí y ahora. Detenerse a darse cuenta no es una pérdida de tiempo, sino una forma profunda de cuidado psicológico y de presencia consciente.