Ernesto Albán Ricaurte | No somos democracias jóvenes
Donde sí somos ‘jóvenes’, por no decir adolescentes, es en nuestra cultura constitucional
En América Latina se repite un discurso como justificación política: “somos democracias jóvenes”. Con esa frase se busca disculpar casi todo: la fragilidad institucional, la corrupción, la violencia política. Pero si miramos los datos, la historia desmiente el mito.
La mayoría de nuestras repúblicas se emanciparon de España entre los años 1810 y 1825. México inicia su proceso independentista en 1810, Argentina declara su independencia en 1816, Colombia y Chile en 1810, Perú en 1821. Ecuador se organiza como república y dicta su primera Constitución en 1830. Es decir, llevamos unos dos siglos de vida estatal continua, más tiempo del que tienen como Estados unificados Alemania (1871) o Italia (1861), y mucho más que decenas de países de Asia y África que recién surgieron tras la descolonización de la segunda mitad del siglo XX.
Donde sí somos ‘jóvenes’, por no decir adolescentes, es en nuestra cultura constitucional. América Latina ostenta un récord poco envidiable, entre 10 y 15 constituciones por país desde su independencia: la República Dominicana ha tenido 39 constituciones, Venezuela 26, Haití 22, Ecuador 20. Cada crisis política se resuelve con la promesa de una refundación, cada gobierno sueña con dejar ‘su’ Constitución como monumento personal.
El resultado es paradójico: Estados viejos con reglas siempre provisionales. No construimos instituciones que duren, sino textos cada vez más largos y ambiciosos que se incumplen al día siguiente. La retórica de la ‘democracia joven’ sirve entonces para algo muy concreto: desplazar la responsabilidad desde las élites políticas hacia una supuesta falta de edad histórica.
Quizá ha llegado el momento de asumir lo contrario: nuestras democracias, la ecuatoriana incluida, ya no tienen excusa de juventud. Lo que falta no es otro acto fundacional ni una constituyente salvadora, sino la madurez política para aceptar límites, respetar reglas y cambiar gobiernos sin cambiar la estructura del Estado.
Solo cuando tratemos a nuestros Estados como adultos dejaremos de vivir en la adolescencia perpetua de la refundación.