Editorial | Samborondón: crecer sin planificar es retroceder
El problema no es nuevo, pero cada vez se hace más evidente
Samborondón se ha convertido en un símbolo de crecimiento, desarrollo e inversión. Pero ese éxito es también el origen de su mayor amenaza. Desde la pandemia, el flujo vehicular en la avenida Samborondón se ha multiplicado por seis, empujando a su principal arteria al borde de la saturación. Lo que antes era un eje funcional hoy es un embudo que concentra urbanizaciones, centros comerciales y miles de vehículos, sin que se cuente con una red alternativa.
El problema no es nuevo, pero cada vez se hace más evidente. Durante años se aprobaron proyectos inmobiliarios bajo una lógica que priorizó el crecimiento económico inmediato sobre la sostenibilidad urbana. Cada nueva urbanización cerrada, cada nueva plaza comercial, incrementa la presión sobre una infraestructura vial que nunca fue diseñada para soportar tal densidad.
La raíz del conflicto no es el tráfico, sino la planificación. Una ciudad que crece dependiendo casi exclusivamente del automóvil privado está condenada al colapso. Sin transporte público eficiente, sin vías alternas y sin una visión coordinada con Guayaquil y Daule, cualquier ampliación será apenas un alivio temporal.
El verdadero desafío no es construir más, sino decidir hasta cuándo se seguirá aprobando un modelo que compromete el futuro de Samborondón. Cuando la planificación llega tarde, el costo lo pagan todos.