Jaime Antonio Rumbea | La fortuna no avisa
En política, en los negocios y en la vida familiar, confundimos posición con destino
Plutarco cuenta que Creso, el rey más rico de su tiempo, preguntó a Solón, quien acababa de poner en vigencia sus leyes y se había dedicado a viajar, quién era el hombre más feliz del mundo. Esperaba oír su propio nombre. Había acumulado oro, poder, prestigio. Su reino prosperaba. Todo indicaba que la fortuna lo había elegido.
Solón respondió con otro nombre: el de un ciudadano común que había vivido con virtud, visto crecer a sus hijos y muerto con dignidad.
Ante la insistencia de Creso, añadió otros ejemplos parecidos. Ninguno era rey. Ninguno era inmensamente rico.
Molesto, Creso preguntó por qué no lo consideraba a él. Solón respondió con una frase que atraviesa siglos: no se puede llamar feliz a un hombre mientras vive, porque la fortuna es inestable y el destino puede cambiarlo todo en un instante.
No era una lección moralista contra la riqueza. Era una advertencia sobre su fragilidad.
En política, en los negocios y en la vida familiar, confundimos posición con destino. Creemos que el éxito acumulado es una garantía futura. Que el patrimonio equivale a seguridad. Que el poder es un seguro contra la caída. Pero la fortuna -como la entendían los griegos- no es un premio, es una corriente, como el viento.
Creso lo aprendería tarde, cuando su imperio cayó ante Ciro y su riqueza no le sirvió para evitar la derrota. Solo entonces comprendió lo que Solón había querido decirle: la verdadera medida de una vida no es el volumen de los activos ni el alcance del poder.
En tiempos de bonanza conviene recordar esa escena. No para renunciar a la ambición, sino para disciplinarla. La fortuna puede acompañar, pero no pertenece. Su símil con el viento lo entienden los navegantes. Se aprovecha, no se posee. Por eso el patrimonio en la tradición legal occidental no es de una persona, es de la familia. Y el único patrimonio que no depende del azar es la prudencia con la que se usa la fortuna y se enfrenta la adversidad.
Solón no despreciaba la riqueza. Desconfiaba de su ilusión de permanencia. Esa sigue siendo, hoy -!increíble!- una advertencia tan válida como hace 2000 años.