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Lengua de Señas
Tammy (atuendo negro), conversa con su familia, y su hermana menor, Doménica (de blanco), interpreta.Joffre Flores

Interpretar señas: una labor que se ejerce poco y toca a las familias a asumir

La falta de profesionales en LSEC en Guayaquil obliga a parientes a traducir. Expertos narran el desafío de ser 'puente'

Su sonrisa es suficiente señal. En la sala de la familia Figueroa-Gallardo, la energía es vibrante y luminosa. Tammy, de 31 años, no necesita escuchar las risas para unirse a ellas; observa atenta el movimiento de los labios y la expresión corporal de quienes la rodean.

Una intérprete que surge desde la familia

Ella es la única persona sorda en este hogar, pero nunca está desconectada. De vez en cuando, su mirada busca la de Doménica, su hermana menor, y con un leve movimiento de cejas le pregunta “¿Qué dicen?”. Doménica, sin pausa y con una naturalidad pasmosa, mueve las manos. En segundos, Tammy asiente, suelta una carcajada y responde. El hilo de la conversación se ha restablecido.

Lengua de Señas
Tammy (izquierda) conversa con su hermana Doménica (derecha).Joffre Flores
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Tammy es chef, emprendedora y sorda, y esta última característica es parte de su identidad, no una falta. Aunque sus padres, Pablo y Rosa, manejan las señas básicas del amor y la cotidianidad, es Doménica quien domina el idioma. Sin certificación y por pura ósmosis familiar, ella se convirtió en la intérprete que decodifica el mundo para su hermana.

Doménica recuerda poco sobre cómo aprendió. “Es muy orgánico. Mamá nos llevaba (a ella y Tammy) a las clases de catequesis o terapias cuando éramos niñas, y me tocaba escuchar todo. Así aprendí”, cuenta. Ella es el puente. Un puente que, fuera de este hogar, el Estado olvidó construir y que las familias han tenido que levantar con sus propios cimientos.

El costo de la audición frente a la educación

La solidez de este vínculo nació de un diagnóstico que desafió los pronósticos. Tammy nació en 1994, pero fue en 1996 cuando los médicos confirmaron una hipoacusia severa bilateral del 75 %. La sentencia del doctor de aquella época fue expresada con crueldad: “Busquen qué hacer, porque ella no va a escuchar y ni siquiera va a poder andar en bicicleta”.

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Gráfico ilustrativo de las zonas del oído interno y medio donde pueden presentarse lesiones que causan pérdida auditiva.Google AI / Ilustración
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Pero se equivocó. Tammy no solo camina; cocina, maneja su negocio y tiene una vida plena. Pero el camino estuvo pavimentado por una familia que tuvo que decidir entre una tecnología impagable y la educación. En los años 90, un par de audífonos costaba 10.000 dólares (5.000 cada uno) y duraban apenas cinco años.

La familia apostó por la presencia. Doménica, siendo la menor, creció viendo las señas como su segunda lengua materna. Durante la adolescencia de Tammy, se convirtió en su cómplice y guardiana. “No siempre uso las palabras textuales porque ella no las va a entender. Trato de buscar sinónimos, de explicar el contexto”, detalla.

Al preguntarle si reconoce el valor vital de su labor, Doménica se sorprende. “Nunca lo he pensado así. Para mí es muy normal. Ahorita caigo en cuenta por lo que ustedes me dicen”, dice sollozando.

Guayaquil: un laberinto sin traducción

Pero no todos tienen una Doménica. Guayaquil es una ciudad hostil. No hay datos del Conadis (Consejo Nacional para la Igualdad de Discapacidades) centrados en Guayas, aunque gremios como Fenasec (Federación Nacional de Personas Sordas del Ecuador) estiman que, sumando el subregistro, la cifra real ronda los 200.000. Para esta multitud, la ciudad es un laberinto sin señalética.

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Aquí entra el otro perfil de esta crónica: el intérprete profesional, una figura escasa y a menudo precarizada. Raúl Salas es intérprete de noticias y combina su labor con el periodismo para subsistir. Él conoce bien la barrera institucional. “En mi última experiencia laboral, un medio optó por sacarme y reemplazarme con subtítulos. Eso incomoda a la comunidad sorda porque muchos tienen un nivel de lectura medio o bajo. El español es su segunda lengua”, explica Salas.

Para quienes sí pueden oír, poner subtítulos parece suficiente, una solución ‘barata’. Para la comunidad sorda, es como ver una película en un idioma que apenas se domina. 

El intérprete no solo traduce palabras; transmite entonación, ironía y urgencia. Salas confiesa que tras una jornada, el agotamiento físico en las manos es real, un desgaste que pocos valoran.

La situación se vuelve crítica en hospitales y juzgados, donde un malentendido puede costar la salud o la libertad. Arelys Lara, intérprete profesional, trabaja en una pastelería y da clases, porque vivir solo de la interpretación es una “utopía financiera” en el país.

Arelys revela una realidad injusta del oficio: “Cuando una persona sorda me contrata para un trámite médico o legal, es la persona misma quien paga por el servicio”. Es decir, en Ecuador una persona con discapacidad a menudo debe pagar de su bolsillo un ‘peaje’ extra para entender qué enfermedad tiene o de qué se le acusa.

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La necesidad de una formación académica

En Guayaquil no existe la carrera universitaria de interpretación de lengua de señas. “Toca aprender en la marcha”, admite Arelys. Si le toca interpretar en un juicio, debe preguntar a abogados amigos qué significan los términos para poder explicarlos.

Para Javier Gutiérrez, de Misión Alianza Noruega, esta carencia confirma que la discapacidad es un problema del entorno, no del individuo. Critica que, sociológicamente, al intérprete se lo vea “como un favor ocasional y no como un derecho”, lo que provoca que, sin ellos, no se cumplan otras garantías básicas como la salud o la justicia. “Sin intérpretes, la exclusión es cotidiana”, sentencia.

Una brecha educativa que Laura Noboa, directora de Fasinarm, sugiere cerrar enseñando señas básicas obligatorias desde las escuelas. 

De vuelta en la sala de la casa de los Figueroa-Gallardo, la dinámica familiar ofrece una lección de lo que debería ser la sociedad. “Si todos manejáramos por lo menos el abecedario de señas, sería mucho más fácil”, reflexiona la madre, Rosa Gallardo. Tammy vuelve a sonreír al ver a su hermana gesticular. No necesita escuchar la frase final para saber que en casa su voz sí tiene eco.

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