Jaime Izurieta Varea | Algoritmo y desilusión
La IA provoca hoy un fenómeno paralelo, pero a la inversa y deslocalizado
Toda urbe existe dos veces: en sus calles físicas y en la mente de quienes la imaginan. Hoy el urbanismo se enfrenta a un paradigma inédito. La Inteligencia Artificial (IA) ha masificado la generación de representaciones visuales que desfiguran la percepción del entorno urbano, alterando por completo la expectativa sobre la experiencia de la ciudad.
Cuando se le pide ilustrar una ciudad, la IA no muestra una imagen real, sino una amalgama de estereotipos, sin la fricción, la informalidad y el caos que dan verdadero pulso al espacio público. El riesgo de que esta imagen contraste con el espacio construido es que el visitante que llega buscando una idea prefabricada choque de frente con la complejidad del espacio vivo, y la marca de la ciudad sea la desilusión.
En su obra fundacional, La arquitectura de la ciudad, Aldo Rossi argumenta que la urbe es el gran receptáculo de la memoria colectiva.
Al reflexionar sobre monumentos como la iglesia de San Pancracio en Colonia, Rossi explica que la arquitectura permanece, pero su significado muta permanentemente. Cada individuo, en diferentes épocas, experimenta, habita y conoce el mismo edificio de forma distinta. La estructura de piedra es constante; sin embargo, la vivencia humana le otorga siempre una nueva identidad temporal y cultural.
La IA provoca hoy un fenómeno paralelo, pero a la inversa y deslocalizado. Quienes miran desde afuera desarrollan una idea preconcebida de la ciudad real basada en estéticas artificiales. Su concepción de la urbe ha cambiado por completo antes de conocerla, creando un espejismo que devalúa la experiencia auténtica del lugar.
Las ciudades son organismos complejos, pensados a escala humana y moldeados por millones de decisiones diarias de cada uno de sus habitantes. La tecnología puede deslumbrar con visiones de urbes imposibles, pero la verdadera identidad de un entorno no se genera con un simple comando de texto. Se construye a diario en el encuentro fortuito, en la calle y en la inagotable vida pública que ningún algoritmo podrá jamás replicar ni comprender.