
El cierre vial en La Alborada desata un laberinto de vehículos en La Garzota
Ya hay efectos colaterales por los trabajos sobre la avenida Rodolfo Baquerizo; calles colapsan en ciudadelas cercanas
El cierre de la avenida Rodolfo Baquerizo Nazur, en La Alborada, norte de Guayaquil, ha generado que vías colapsen en ciudadelas cercanas como La Garzota. Conductores señalan que, desde el 20 de marzo, los traslados toman más tiempo por el incremento del flujo vehicular en vías secundarias.
El reloj marcaba las 17:13 del viernes y sobre la calle René Idrovo, en la segunda etapa de la ciudadela La Garzota, el tráfico avanzaba con lentitud. Los vehículos apenas se desplazaban unos metros antes de volver a detenerse.
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Había rostros tensos. Era la impaciencia de una hora pico que se volvió más pesada de lo habitual. La meta era alcanzar la avenida Isidro Ayora, pero el trayecto desesperaba. Las bocinas se superponían unas a otras en un sonido constante, irritante. Iván Lozada, taxista, miraba el reloj del tablero con resignación: en siete minutos apenas avanzó 500 metros.
A su alrededor, algunos conductores comenzaban a perder la calma. Dos vehículos se lanzaron en contravía, intentando abrirse paso por un carril que no les correspondía, lo que obligó a otros a frenar en seco.
“El cierre de las calles en la Alborada complicó todo”, dijo Lozada, soltando un suspiro cargado de enojo, mientras golpeaba suavemente el volante con los dedos.
Cierre en la avenida Rodolfo Baquerizo Nazur: zonas aledañas, con incremento de flujo vehicular
Desde el viernes 20 de marzo, un tramo de la avenida Rodolfo Baquerizo Nazur permanece cerrado por trabajos municipales. La restricción, en sentido sur-norte, entre Agustín Freire y José María Egas, ha desviado el flujo vehicular hacia calles internas de ciudadelas cercanas, alterando la dinámica del sector.
El impacto se siente más allá de esa arteria. En zonas como La Garzota, Sauces y la propia Alborada, calles que antes tenían un tráfico moderado, ahora absorben una carga constante de vehículos.
En la calle Miguel Ángel Jijón, también en la segunda etapa de La Garzota, las filas pueden extenderse por más de cuatro cuadras, especialmente al caer la tarde.
Camila Paguay, que a diario regresa desde Urdesa hasta Acuarela del Río, explicó que su trayecto en hora pico puede tomarle hasta 35 minutos. El jueves pasado, sin embargo, el recorrido le tomó 58 minutos.
“Casi una hora atrapada en el tráfico. Eso es desgastante. Desde la semana pasada es imposible circular por La Garzota: si no está colapsada una calle, está colapsada otra”, lamentó.
Y eso que tan solo ha transcurrido una semana de los seis meses que durará el cierre del tramo sur-norte de la avenida Baquerizo Nazur.

Calles de La Garzota, con mayor circulación vehicular desde finales de marzo
Otro tramo que está generando problemas es la intersección de las avenidas Guillermo Pareja Rolando y Agustín Freire, donde el paso es parcial. El viaducto en ese punto está cerrado, por lo que los conductores deben desviarse hacia la avenida Isidro Ayora y luego retomar su ruta.
Por ello, en la calle Eloy Velásquez, paralela a la Guillermo Pareja, entre las 17:00 y las 19:30, la congestión vehicular se ha intensificado, al ser utilizada como vía alterna.
“Se ha vuelto insoportable pasar por ahí. Si esto va a durar seis meses, deben enviar agentes de tránsito, porque no se ve ni uno. Solo en la principal hay cuatro, haciendo la labor que pueden hacer dos”, comentó Byron Morán, conductor de un expreso escolar.
Fallas en la planificación del cierre en la avenida Rodolfo Baquerizo, señala experto
Alejandro Chanabá Ruiz, docente investigador de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), explicó que el cierre del tramo sur-norte de la avenida Rodolfo Baquerizo Nazur ha puesto en evidencia una falla estructural: la alta dependencia de una sola arteria principal.
Las calles secundarias de ciudadelas como la Alborada, La Garzota y Sauces, concebidas para tránsito local, han tenido que absorber un volumen para el cual no fueron diseñadas, lo que explica la congestión que se intensifica durante las horas pico.
Agregó que el problema se agrava si se considera que la avenida Baquerizo Nazur soporta entre 50.000 y 60.000 vehículos diarios. Al cerrarse, ese flujo se redistribuye de forma desordenada hacia calles internas, generando cuellos de botella.
Chanabá advirtió que también se evidencian fallas en la operación planificada en territorio. “Si desvío todo el flujo, ¿qué alternativa le ofrezco a la ciudadanía?”, analizó. Esto implica evaluar qué vías pueden soportar mayor carga, ajustar sentidos de circulación y habilitar rutas paralelas.
Ante este escenario, el experto mencionó el modelo de “espina de pescado”, donde una vía principal se complementa con múltiples accesos laterales que distribuyen el tránsito de manera más eficiente.
A esto se suma un déficit en la comunicación y planificación, de acuerdo con el analista. “Jamás he visto un letrero que me diga, con meses de anticipación, que una vía se va a cerrar”, cuestionó.
Para Chanabá, anticipar cierres, informar sobre rutas alternas y establecer cronogramas claros de intervención reduce el impacto en la movilidad y permite que la ciudadanía se adapte. “Eso se hace únicamente en el trabajo de campo. Es decir, saliendo, midiendo los tiempos, viendo cuánto me demoraría si giro solo a la derecha o solo a la izquierda, planificando el cambio del sentido de las calles”.
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