
Académicos de la UDLA transforman cáscaras de naranja y huevo en vajilla
Desde la UDLA, investigadores desarrollan vajilla biodegradable que se degrada en meses y promueve formación sostenible
En la Escuela de Gastronomía de la Universidad de Las Américas (UDLA), lo que antes era considerado desperdicio hoy se convierte en materia prima. Cáscaras de naranja y de huevo, habituales en cualquier cocina académica, han dado paso a un biomaterial moldeable que busca reemplazar al plástico de un solo uso. Detrás de esta iniciativa están los docentes Nicolás Alejandro Rodríguez Herrera y Ricardo Sandoval Ponce, quienes integran cocina, ciencia y sostenibilidad en un mismo proyecto.
Una solución que surgió de una inquietud en la cocina
Para Rodríguez, el punto de partida no fue un laboratorio industrial, sino la inquietud propia del aula. “El mayor desafío fue desarrollar un material fuera de nuestro campo de formación, que es la cocina. Partimos desde la curiosidad y la necesidad de reducir residuos”, explica. El proceso implicó encontrar una mezcla estable, controlar la humedad y perfeccionar el secado hasta lograr resistencia, todo con equipamiento culinario. La experimentación constante permitió transformar residuos orgánicos en piezas funcionales.
La diferencia frente a otros bioplásticos radica en su origen. “Se desarrolla a partir de residuos reales y locales generados en nuestro propio entorno gastronómico. No usamos materia prima cultivada para producir material, sino subproductos que ya existen”, detalla Rodríguez. La propuesta apunta a cerrar el ciclo dentro del mismo ecosistema donde se genera el desecho, bajo un enfoque claro de economía circular.
El impacto ambiental de la vajilla biodegradable
El impacto ambiental también se evidencia en los tiempos de degradación. Al estar compuesta por elementos naturales, la vajilla puede iniciar su desintegración en pocos días, dependiendo de las condiciones. En compostaje, el proceso puede completarse entre quince días y seis meses, frente a los cientos de años que tarda el plástico convencional. Además, el diseño digital y la biotecnología cumplen un rol clave: “El diseño digital nos permite modelar y optimizar las piezas, mientras que el enfoque biotecnológico nos ayuda a entender cómo interactúan los componentes naturales para lograr estabilidad y funcionalidad”, agrega Rodríguez.

La iniciativa tomó fuerza cuando, en los talleres, decidieron eliminar los basureros. Sandoval recuerda que esa acción cambió la perspectiva de estudiantes y docentes. “Al eliminar los basureros hicimos visibles los residuos. Eso generó conciencia inmediata sobre el volumen de desperdicio producido y entender que ahí había una oportunidad para transformar ese residuo en valor”, sostiene. La sostenibilidad dejó de ser un discurso para convertirse en práctica diaria.
La experiencia puede trasladarse a negocios locales
En términos de mercado, Sandoval considera que la propuesta puede convertirse en una alternativa local concreta. “Puede ser una opción frente al plástico de un solo uso, especialmente en servicios temporales o eventos”, afirma. Desde la experiencia en cocina, asegura que los prototipos “funcionan bien para servicios de corta duración y abren la puerta a nuevas posibilidades sostenibles”, ampliando el horizonte de la vajilla tradicional.
Más allá del producto final, ambos coinciden en que el verdadero alcance está en la formación profesional. “Este proyecto retoma una visión tradicional de la cocina, donde el ingrediente y los materiales se valoraban de forma integral”, reflexiona Sandoval. Al combinar esa mirada con innovación y tecnología, los estudiantes asumen un rol activo en la gestión de residuos y trasladan estas prácticas al campo laboral, contribuyendo a transformar el sector gastronómico. Incluso, ya se ha observado que otra institución en Quito ha comenzado a adoptar enfoques similares, señal de que la semilla de la sostenibilidad empieza a expandirse.