Psicología de niños y adultos
Cada etapa tiene su propio lenguaje interiorFREEPIK

¿Por qué la infancia y la adultez no funcionan bajo la misma lógica psicológica?

Comprender cómo piensa y siente un niño exige reconocer que su mundo psíquico no opera como el del adulto

La gran contribución de Freud fue descubrir que la infancia es el momento en el que se gestan muchas de las patologías mentales del adulto. Al principio fue ridiculizado: se decía que las causas que pretendía encontrar en la infancia no eran más que invenciones de Freud. Luego, cuando la evidencia se impuso, una parte del mundo terapéutico se apresuró a concluir que todo estaba en la infancia y que bastaba con reconstruir las piezas faltantes de la historia infantil para resolver el presente del adulto.

Esta conclusión, sin embargo, resulta incompleta. No puede establecerse una continuidad entre la psicología de un niño y la del adulto. Si bien la primera influye en la segunda, su funcionamiento psíquico es diferente y exige, por lo tanto, modos de tratamiento particulares.

En el niño, los conceptos no están plenamente formados. El juego y las historias funcionan como herramientas que le permiten representarse a sí mismo a través de una dimensión externa. En el adulto, en cambio, el trabajo se realiza principalmente mediante la palabra. Por ejemplo, un niño que ha vivido una separación familiar no la narra: la escenifica con muñecos, la dibuja, la convierte en cuento.

El adulto necesita nombrarla. El adulto vive en un mundo organizado por reglas y significaciones provenientes de los otros, que ha interiorizado progresivamente. El niño no nace con estas guías de comportamiento: las experimenta en tiempo real, muchas veces con angustia, y puede responder a ellas mediante fobias, evitaciones o inhibiciones.

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No todo se resuelve en la infancia

La diferencia entre la psicología del niño y la del adulto tiene también implicaciones más amplias. En la actualidad, existen tendencias que buscan trazar un continuo entre infancia y adultez, atribuyendo al niño una autonomía en decisiones que lo conciernen profundamente. Se le pregunta quién es y qué desea ser como si su palabra tuviera ya el mismo estatuto que la de un sujeto plenamente constituido, olvidando que el niño es altamente sugestionable a las expectativas del adulto.

No distinguir entre niño y adulto termina desplazando la responsabilidad propia del adulto, síntoma de una época en la que la adolescencia y la infancia parecen prolongarse más que antes. La sobreestimación de la psicología infantil puede convertirse en una manera del adulto de no asumirse como tal, legitimando en sí mismo la impulsividad y la inestabilidad propias de una etapa que aún está en formación.

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