
La guerra musical que divide generaciones, del tango al conejo
Cada época tiene su ídolo incomprendido y su adulto escandalizado: la historia se repite con altavoz
No soy experta en teoría musical. De niña, mi santa madre intentó convertirme en prodigio del piano… pero la hazaña no llegó ni al año. Después quise abrazar, por cuenta propia, la guitarra, pero cuando mis dedos descubrieron las ampollas entendí que mi destino no era el escenario… sino el comentario crítico desde la pista de baile.
Amo la música, sí, pero interpretada por otros. El karaoke me fascina, siempre que el micrófono esté en mis manos y el jurado -compuesto por mi autoestima- me otorgue la ovación y me aplauda de pie. Si voy a desafinar, que sea con la seguridad de Lupita D'Alessio.
Mi primer amor imposible fue Mijaíl Barýshnikov, en esa etapa en la que yo me creía cisne blanco. Cuando apareció junto a Sarah Jessica Parker en 'Sex and the City', juré que el universo me estaba enviando señales claras. En la adolescencia suspiré por Chayanne. Todavía les pido a todos los santos un baile con él que me permita morir en paz.
Cada década tiene su escándalo sonoro
Mis abuelos juraban que el tango era poesía pura, aunque en sus orígenes fuera música mal vista por la buena sociedad. Luego casi se desmayan cuando irrumpieron The Beatles moviendo flequillos y caderas. Aquello, según ellos, era el fin de la civilización.
Mis padres crecieron con los Escarabajos de Liverpool y baladas románticas. Cantaban a José José con devoción y lloraban con Camilo Sesto como si el amor siempre doliera. Pero cuando yo subí el volumen con Axl Rose al frente de 'Guns N' Roses' o con los acordes inconfundibles de Hombres G, casi convocaron al párroco para bendecir los parlantes.
Los noventa trajeron coreografías sincronizadas y pantalones sospechosamente anchos. Ahí estaban Backstreet Boys y Spice Girls, demostrando que la armonía vocal podía vender millones. Después llegó la era del pop latino con las caderas “mentirosas” de Shakira y Ricky Martin viviendo la vida loca sin pedir permiso.
Y entonces apareció el reguetón, primero clandestino, luego omnipresente. Lo que comenzó en barrios y discotecas terminó en premios internacionales y colaboraciones famosas. Hoy, el 'conejo' -sí, ese mismo que llena estadios- convoca multitudes con devoción casi medieval, versión streaming de El flautista de Hamelín.
Lo curioso es que la historia se repite. Lo que ayer fue vulgar hoy es clásico. Lo que hoy parece ruido mañana será nostalgia. Cada generación cree poseer la banda sonora definitiva y mira con horror la siguiente.
Es facilísimo culpar conspiraciones o algoritmos. Más incómodo es admitir que lo que suena en casa educa tanto como lo que se enseña. Si no transmitimos cortesía, no pidamos asientos cedidos en el transporte público. Si no compartimos buen repertorio, no nos sorprendamos cuando el ídolo del momento maltrate el idioma y convierta la grosería en estribillo, mientras más de una feminista lo baila feliz, copa en mano.
Pero no se alarmen. La humanidad sobrevivió al tango pecaminoso, a los pantalones de cuero y al rock satánico. También sobrevivirá al perreo.
Yo, por mi parte, me retiro con un Bloody Mary bien cargado y 'Sunday Bloody Sunday' sonando a todo volumen. Porque si algo he aprendido en esta guerra musical es que el secreto no está en discutir el ritmo… sino en elegir bien la canción para brindar.
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