Adultos y niños
Los adultos transmiten valores y formas de resolver conflictos a través de su comportamiento diario, convirtiéndose en el principal modelo para niños y adolescentes.Cortesía

Escuchar para educar: el valor de la comunicación y los límites en la crianza

Especialistas de COPOL destacan que la escucha activa, sin juicios ni interrupciones, fortalece la confianza en adolescentes

Educar no es imponer ni ceder, es acompañar. En el entorno familiar, la comunicación se convierte en la base sobre la cual se construyen la confianza, el respeto y la seguridad emocional de niños y adolescentes. Sin embargo, lograr un equilibrio entre el afecto, la escucha y la firmeza de los límites sigue siendo uno de los mayores desafíos para padres y cuidadores. Especialistas en educación inicial y orientación escolar coinciden en que la clave no está en eliminar las normas, sino en sostenerlas desde una comunicación clara, coherente y empática.

Escuchar para ayudar y acompañar a los niños

Para Anita Gálvez Ortiz, coordinadora de Educación Inicial de la Unidad Educativa Particular Politécnico (COPOL), establecer límites no significa romper el vínculo afectivo con los hijos. “Los límites no tienen que ver con cómo me siento en ese momento; son acuerdos familiares que deben ser claros para todos los adultos y sostenidos siempre”, explica. En su experiencia, cuando un niño expresa emociones intensas, el adulto debe escuchar, contener y validar, pero sin retroceder en las normas previamente acordadas, porque “los límites son para la vida y no dependen del estado de ánimo”.

Desde la institución educativa, esta coherencia se refuerza con una comunicación constante entre escuela y familia. “Lo que estructura al niño es la coherencia”, señala Gálvez, al destacar que los límites que se aplican en el aula deben sostenerse en casa. Por ello, COPOL mantiene un trabajo articulado con padres, cuidadores y, cuando es necesario, con profesionales externos, para garantizar un acompañamiento integral que favorezca el desarrollo emocional y conductual de los estudiantes.

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La escucha activa permite el pensamiento crítico y la responsabilidad

Uno de los pilares de este proceso es la escucha activa. No se trata solo de oír, sino de mostrar disponibilidad emocional, lenguaje corporal abierto y ausencia de juicio. “Hacer silencio cruzando los brazos no es escuchar; es juzgar”, advierte Gálvez. La escucha activa implica permitir que el niño se exprese, se equivoque y reflexione, acompañándolo con preguntas que fomenten el pensamiento crítico y la responsabilidad, sin descalificar ni imponer soluciones inmediatas.

La comunicación comienza incluso antes de que existan palabras. Desde el nacimiento, los gestos, el llanto y el tono de voz constituyen los primeros lenguajes del niño. A medida que crece, la frustración por no poder expresar emociones puede derivar en berrinches o conductas impulsivas. Frente a ello, los especialistas recomiendan validar la emoción, ofrecer contención y enseñar que los conflictos se resuelven con palabras y no con gritos, castigos o amenazas.

En la etapa escolar y preadolescente, el diálogo debe adaptarse al desarrollo del niño. Espacios de conversación casual, preguntas abiertas y momentos compartidos sin pantallas fortalecen el vínculo. “No se trata de interrogar, sino de conversar”, señala el enfoque pedagógico del centro. Caminar juntos, cocinar, compartir una comida o ver una película en familia se convierten en oportunidades para hablar de emociones, errores y aprendizajes.

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Los padres son el ejemplo de los hijos y sus mentores

Desde el Departamento de Consejería Estudiantil (DECE), Sandra Rúa subraya que los adultos son siempre ejemplo. “Nuestra forma de actuar frente a los problemas es la información que los hijos replicarán”, afirma. Para ella, generar confianza, mantener un lenguaje respetuoso y agradecer la confianza del niño o adolescente al compartir sus vivencias refuerza la comunicación y fortalece la autoestima. “Un gracias por confiar en mí nunca está de más”, recalca.

La experiencia de los padres también confirma esta visión. Gabriela Palacios y Víctor Bastidas relatan que las conversaciones más significativas con sus hijas surgen en espacios cotidianos como el auto, la cocina o las caminatas familiares, siempre lejos de las pantallas. “Escuchar más de lo que hablamos fue un aprendizaje que nos hubiera gustado tener antes”, reconocen. Para ellos, validar emociones, hablar desde lo positivo y convertir los errores en oportunidades de aprendizaje ha sido clave para criar hijas seguras y comunicativas

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