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Diario de una madre en cuarentena, día 21: Todos necesitamos algo

"Es demasiada la gente que la está pasando súper. O al menos eso dicen en Instagram".  Lee 'Diario de una madre en cuarentena', por Cecilia Tecchi.

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Diario de una madre en cuarentena, día. 21. Por: Cecilia Tecchi.geralt/pixabay

Una cuestión interesante de esta cuarentena es que el encierro parece que nos hace mirar la vida desde otro lugar. Casi todas las personas con las que converso regularmente en estos días coinciden en que, de pronto, han dimensionado cosas, para bien y para mal. El coronavirus nos ha puesto a pensar y eso es muy valioso.

Uno de los tópicos principales y del que ya me he referido aquí, es el trabajo de las niñeras y demás personas que nos ayudan en casa. Hay, incluso, padres y madres que se han enfrentado a la triste realidad de no conocer a sus hijos. Pero hay otros que están agradecidos del tiempo que están pudiendo pasar en familia, de jugar con ellos, de estar tirados en la cama mirando películas, como si no hubiese mañana, como si la incertidumbre de no saber cuándo acabará esto pueda ser algo maravilloso.

Muchas madres nos hemos encontrado dubitativas frente a esa rutina bien esquematizada y rígida de la que nos hablaban los primeros días. Aquí, el secreto del éxito es que hemos mantenido el horario en el que nos levantamos y el de la triada baño-cena-dormir. Entre el desayuno y la merienda las actividades son variables y los horarios alcanzan una flexibilidad amorosa. Y digo amorosa, porque me ha tocado comprender, como madre, que a veces la ansiedad de mis hijos hace que tengan hambre todo el día o que alguna vez se pueda almorzar cereales con leche a las tres de la tarde. No digo que esté bien, pero ha sido nuestra vida en alguno de estos días.

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Es demasiada la gente que la está pasando súper. O al menos eso dicen en Instagram o en Facebook. Porque sí creo que hay otro tanto que funciona con esa dinámica de las redes sociales al mostrar que su vida es la gloria y que nunca estuvo mejor que en esta cuarentena. Entiendo que tienen mucho trabajo por delante, pensar en la vida que tenían y en cómo van a salir de la cueva cuando esto acabe. En mi caso, sinceramente, no puedo entender cómo alguien puede sentirse bien teniendo que estar encerrado, sin poder ir a trabajar o estudiar, sin casi poder salir, sin poder ver a nuestros familiares y amigos.

Y no es que crea que haya que tener una posición pesimista, para nada. De hecho, nosotros estamos llevando muy bien este encierro al que nos confinó el COVID-19, pero no estoy mejor que antes, ni quiero que esto dure un par de meses más.

A mí me gusta esa vida libre que hoy no tenemos, en la que hacíamos un picnic en el parque.

Como familia nos hemos dado cuenta de lo valioso que resulta poder estar juntos y que sea armónico la mayor parte del tiempo. También le hemos dado otro lugar a ciertos aspectos sociales de los que no tiene sentido hablar aquí, pero prometo que sí en una próxima entrega.

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Agradezco poder estar en mi casa y tener comida. Que mi familia esté bien, que mis amigos estén bien, dentro de lo posible, en sus cuarentenas y que mi esposo pueda trabajar desde casa.

Y lo agradezco porque eso de estar en casa no es para todos algo bonito. Para muchos es sinónimo de carencia, de falta de amor, de hambre, de miedo. Me siento sumamente afortunada por estar donde y como estoy.

Pienso que sí necesitaría tener un poco de tiempo para mí. Poder bañarme tranquila o decir que no tengo ganas de cocinar, dormir una larga siesta o mirar cinco capítulos seguidos de una serie.

Pero no necesito el teléfono de un proveedor de oxígeno ni el de una funeraria. Tampoco necesito desesperadamente la ayuda de algún vecino para conseguir medicinas. Ni siquiera necesito conseguir pañales.

Y esta es mi mayor fortuna, a lo que me aferro cuando la angustia me toca el timbre, el tener plena conciencia de que lo que más necesito, fuera de esta casa, es un abrazo de mi mamá.

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