Quito

Quitofest
La orquesta Malamaña se presentó en el Quitofest. Fusionan música del Caribe y letras con contenido social.Foto: Matthew Herrera

Quito se consolida como núcleo creativo de múltiples géneros musicales

En Quito conviven sonidos, identidades y generaciones que impulsan una escena cada vez más dinámica y diversa

Quito no solo es la ciudad del patrimonio, del Centro Histórico mejor conservado de Latinoamérica, según la Unesco, o de la gastronomía que mezcla tradición y modernidad. 

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La capital también respira a través de sus jóvenes, que han encontrado en la música un territorio para expresarse, cuestionar y crear nuevas identidades. En sus barrios, festivales y espacios autogestionados confluyen culturas que se transforman al ritmo de guitarras, beats electrónicos, tambores ancestrales y fusiones inesperadas.

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Tal vez por ser la ciudad donde convergen artistas de todo el país, Quito se ha convertido en un punto de llegada de cientos de expresiones culturales. Aquí conviven los géneros urbanos con los sonidos más oscuros del metal y el punk, pasando por propuestas alternativas que han ganado terreno gracias a la persistencia de sus escenas. 

Ese mosaico cultural tiene en el Quitofest su vitrina más emblemática: un festival que surgió cuando la música independiente apenas encontraba espacios para difundirse.

En sus inicios, el festival apostó por bandas como Sudakaya, Siq, El retorno de Exxon Valdez, y otras, abriendo un camino para propuestas alternativas que el circuito comercial usualmente dejaba de lado. Con el tiempo, se sumaron géneros más pesados y nuevas corrientes musicales que reflejan la efervescencia juvenil.

Una vitrina para otros géneros

Para Augusto Pauta, parte del equipo de comunicación, el origen del festival se resume en una frase: “darles a los jóvenes la música”. En aquellos primeros años, recuerda, había una división entre dos polos: en el sur, la Concha Acústica que reunía al público metalero y roquero, y en el norte, el Quitofest que convocaba a quienes buscaban el hip hop, el ska, el reggae y los sonidos alternativos.

Hoy esa frontera ya no existe. En un mismo espacio confluyen géneros tropicales, pop, cumbia, rock fusionado con folklore, rock infantil, propuestas afro y proyectos que mezclan lo ancestral con lo electrónico. Quito se convirtió en un laboratorio cultural donde cada generación aporta su propio lenguaje musical.

Quitofest
El vocalista de la banda cubana Orishas lució una máscara de diablo huma.Foto: Matthew Herrera

Para Pauta, estos espacios son vitales. Aun cuando muchos eventos son autogestionados y las ganancias pocas veces cubren los gastos, la ciudad se ha caracterizado por sostener una escena alternativa que se niega a desaparecer, con una amplia gama de encuentros especializados como ska, blues y rockabilly, aunque todavía falta un apoyo sostenido.

Incluso el propio festival ha experimentado altibajos, sin embargo, la perseverancia ha sido fundamental para mantener el proyecto durante 22 años. “Lo importante es democratizar la cultura”, recalca Pauta. 

Y ello se refleja en un público cada vez más diverso: niños que asisten con sus padres, personas mayores que disfrutan de la banda 24 de Mayo y una mezcla de generaciones que conviven entre clásicos y propuestas nuevas.

Esa evolución también la ha vivido Diego Suárez, publicista y miembro de la escena rock y gótica. Hace tres décadas, los conciertos eran pequeños, marginales, sin buen sonido y con poco público. “Ahora los espacios son mejores y convocan a más personas”, cuenta.

Quitofest Quito
En el Quitofest hay espacio para todos, desde niños hasta adultos mayores.Foto: Matthew Herrera

La tecnología permitió que los jóvenes conocieran más géneros y formaran nuevas subculturas que van más allá de la estética, con un trasfondo filosófico. También organizan sus propios eventos, traen bandas internacionales que antes parecían impensables. Sin embargo, persisten prejuicios hacia ciertos estilos y la dispersión del público dificulta consolidar una sola escena.

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La diversidad musical también se nutre de propuestas híbridas como la de Iván Pino y los Nosotros, un proyecto que mezcla rap, cumbia, electrónica y danza contemporánea. Para Pino, conectar el pasado, el presente y futuro es una urgencia cultural. Sin políticas públicas sólidas ni una industria establecida, los artistas trabajan desde la autogestión. “El arte es alimento, es vital”, afirma.

A esa pluralidad se suma la voz afrodescendiente. Kev Santos recuerda que, aunque muchas veces se les percibe como ajenos, las comunidades afro han sido parte fundamental de la ciudad gracias a generaciones de migraciones. 

“Quito debe ennegrecer sus espacios”, dice. Enfatiza que la diversidad cultural debe reflejarse todo el año. Así, las propuestas afro, como las de tantas otras identidades, enriquecen la escena juvenil y la conectan con raíces profundas.

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