
Inundaciones en Muisne: once comunidades devastadas y miles de familias afectadas
Las familias quedaron atrapadas en un drama colectivo que golpea con crudeza a la parroquia San Gregorio
Más de 2.500 personas en Muisne perdieron sus hogares y cultivos tras el desbordamiento de cuatro ríos, dejando once comunidades devastadas. El rugido del agua rompió la madrugada y, en cuestión de horas, convirtió la vida de miles en un recuerdo sumergido. Las familias quedaron atrapadas en un drama colectivo que golpea con crudeza a la parroquia San Gregorio, en el cantón Muisne, provincia de Esmeraldas.
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El agua llegó sin aviso. En Boca del Sucio, Delicias, San Pablo, Pailón y San Jacinto, los habitantes despertaron con el estruendo de los ríos Canuto, Muisne, Repartidero y Sucio, que, desbordados, se tragaban casas y parcelas. Las lluvias intensas elevaron el nivel de los esteros y, en pocas horas, todo quedó bajo un manto turbio.
Las escenas son desgarradoras: familias que apenas lograron salir con lo puesto, niños llorando al ver sus cuadernos flotando y ancianos viendo cómo las paredes de madera cedían ante la corriente. “Lo que levantamos en treinta años se lo llevó en una noche”, lamenta Manuel Preciado, agricultor de San Pablo, mientras mira lo que quedó de su plantación de cacao lista para la cosecha.
El cacao, el plátano y los cultivos de ciclo corto —sustento vital de estas comunidades— quedaron destruidos. La tierra, antes fértil, hoy es un lodazal. Según cálculos del Municipio de Muisne, unas 1.000 hectáreas de cultivos permanecen bajo el agua.

Los principales afectados: los agricultores viven en incertidumbre
Los agricultores, que esperaban vender sus cosechas para pagar deudas y sostener a sus familias, ahora enfrentan incertidumbre total. “El río se llevó mi trabajo, mi comida, mi futuro. ¿Qué le doy ahora a mis hijos?”, dice Rosa Mora, productora de plátano en Pailón, mientras recoge lo poco que quedó en su terreno.
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La angustia se repite en cada rincón. En Balsalito, Zapote, Contreras, Aguas Claras y La Colorada, las viviendas quedaron inhabitables. Las calles se transformaron en canales por donde flotan colchones, muebles y recuerdos familiares. La vía El Salto–Chamanga amaneció cerrada, dejando a comunidades enteras aisladas y aumentando la desesperación.
Ante el desastre, el COE cantonal se reunió de urgencia. Entre sus resoluciones están: garantizar agua segura, fumigar para evitar brotes de dengue y chikungunya, habilitar alojamientos temporales, evaluar viviendas y gestionar asistencia humanitaria. También se solicitó a BanEcuador alternativas de pago para agricultores endeudados y líneas de crédito emergentes para reconstruir la producción perdida.
Mientras tanto, la realidad no da tregua. En San Jacinto, una madre improvisa un refugio con plásticos para proteger a sus hijos de la lluvia. En Delicias, vecinos comparten el poco alimento que lograron salvar. En Boca del Sucio, los agricultores se reúnen en silencio, mirando el río que les arrebató todo.
Rosa Mora
La tragedia no es solo material: es emocional y comunitaria. Cada planta de cacao arrastrada es también un pedazo de historia y esfuerzo de generaciones; cada casa destruida, un fragmento de identidad que se desvanece. A la angustia se suma el miedo a nuevas inundaciones mientras las lluvias continúan.
Muisne vive hoy una herida abierta. Una herida que no solo se mide en cifras —2.500 afectados, once comunidades devastadas— sino en la mirada perdida de quienes lo han perdido todo. El drama humano se extiende más allá de los informes oficiales: es el eco de voces que claman por ayuda, por esperanza y por la oportunidad de reconstruir lo que la naturaleza les arrebató en una sola noche.
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