
Natalia García Freire sorprende con La máquina de hacer pájaros: ¿De qué se trata?
En su obra más reciente, la autora explora un universo donde los cuerpos, los afectos y la escritura se deforman
Mientras su madre duerme un sueño artificial, provocado por una ‘pastilla mágica’ y las cuantiosas cantidades de aguardiente que consume a diario, la pequeña Julita se escapa a la lavandería de la casa para hacer lo que tiene prohibido: alimentar a los pájaros. Su madre los guarda celosamente de ella, sobre todo a Sábado, el tucán. Y pronto, Julita entiende por qué, cuando el amor, alado y extraño, llega a su vida de un sopetón.
La extraña escena pertenece a Amor mío, corazón de otro, uno de los relatos de La máquina de hacer pájaros, reciente libro de cuentos de la escritora Natalia García Freire, donde lo fantástico y lo cotidiano se entrelazan en un universo en el que los cuerpos, los afectos y la escritura se deforman con la misma naturalidad con que un ave despliega sus alas.
Publicada por el sello Páginas de Espuma, la obra está compuesta por once relatos en los que personajes y escenarios reaparecen, creando un territorio familiar que es a la vez indeterminado y concreto. “El lenguaje te está poniendo todo el rato frente al abismo y no hay nada más delirante que dejarse caer”, explicó la autora durante el lanzamiento del libro en Quito. Esa sensación de caída se refleja en personajes que atraviesan pérdidas, secretos familiares y situaciones límite, en las que lo trágico y lo humorístico conviven de manera insospechada.
El humor, a veces salvavidas, a veces cuchillo, atraviesa las historias como una pulsión corporal. García Freire lo describe así: “Reírse de la escritura, reírse de uno mismo, reírse de su trastorno, reírse incluso de tu propio lenguaje que ya llegas a sentir tan cercano y pensar desde esa risa a otras cosas”.

Una inmersión en lo 'pop'
Los pájaros, recurrentes en la obra, son metáforas del lenguaje y la imaginación: “Ni aprender a volar, ni cazarlos, sino esperas que pasen. Sientes que tienes una mínima idea del algo que atravesó una imagen y ni siquiera te acercas a la certidumbre de lo que viste”, dice la autora. Estos seres, junto con los escenarios familiares -como la casa de su abuela en Cuenca, llena de aves y loritas malvadas-, construyen un universo donde lo cercano y lo inalcanzable coexisten.
“Mi abuela tenía muchos pájaros. Se reía muchísimo, era medio malévola, pero afectiva. Esos pájaros se convirtieron para mí en criaturas fuera de lugar y reflejo de personajes que también están fuera de lugar”, agrega.
El libro establece además un diálogo constante con la cultura popular y la música. Desde la tecnocumbia hasta las telenovelas de la infancia, pasando por la influencia del escritor David Foster Wallace y el músico Charly García, los cuentos se alimentan de referencias que van de lo pop a lo fantástico.
“Quería que los cuentos sonaran como el disco de Charly, Piano Bar. Como antes del desmoronamiento algo explota, algo está ahí. Esa sensación es la que quise trasladar a la narrativa”, señala. Así, la obra logra un equilibrio entre lo mítico y lo cotidiano, lo visual y lo musical, creando un ritmo particular que refleja el movimiento interno de los personajes y de la autora misma.
La experiencia de escritura estuvo marcada por el deseo de explorar nuevos caminos y desafiar certezas previas, alejándose de la novela para ahondar en el relato. “Fue lanzarse a una piscina sin agua”, comenta.
En La máquina de hacer pájaros, la escritura se convierte en un territorio donde lo cotidiano, lo imaginario y lo corporal se entrelazan sin jerarquías. Como dice la autora: “Todo lo que se nombra pesa”, y en estos relatos lo nombrado es la caída y el vuelo, el humor y la tristeza, el ruido y el silencio.
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