
Un acto de fe: tres actrices llevan la improvisación al Teatro Sucre
Randi Krarup, Caymo Pizarro y María Fernanda Restrepo construyen una pieza colectiva inspirada en Esperando a Godot
En un camino rural, junto a un árbol solitario, dos hombres intentan pasar el tiempo. Hablan, discuten, recuerdan fragmentos de conversaciones que parecen no conducir a ningún lugar. Esperan a alguien que nunca llega.
Así comienza la primera escena de Esperando a Godot, pieza escrita por Samuel Beckett en 1952, que presenta a los vagabundos Vladimir y Estragón en un paisaje mínimo, donde el tiempo parece suspendido y el diálogo gira alrededor de una frase que se repite como una constatación inevitable: “No hay nada que hacer”.
Desde ese punto de partida también arranca Un acto de fe, la obra que las actrices ecuatorianas Randi Krarup, Caymo Pizarro y María Fernanda Restrepo presentan en el Teatro Nacional Sucre de Quito. En escena, las tres intérpretes intentan montar precisamente esa pieza de Beckett.
Pero el ensayo pronto se desvía. La obra que debía representarse empieza a transformarse en otra cosa: una sucesión de escenas donde se filtran experiencias personales y aparecen temas como la maternidad, la pérdida, el cansancio, la frustración, el gozo, la violencia, la memoria y la crisis nacional. A partir de ese intento fallido de montaje, la escena se abre a un proceso en el que la frontera entre ficción y realidad se vuelve cada vez más porosa.
Lanzarse al vacío
La directora y actriz Randi Krarup cuenta que la idea detrás de la pieza surgió con una estructura básica, pero sin un texto definitivo. “Un acto de fe nace con la idea de montar una obra sin un guión preestablecido, sino con una premisa en la que tres actrices intentan montar Esperando a Godot pero nunca lo logran, nunca pasan de la primera escena”, explica.
La idea, añade, apareció hace varios años y terminó de tomar forma con la llegada de las actrices Caymo Pizarro y María Fernanda Restrepo. A partir de ahí, el proceso se convirtió en una creación colectiva. Krarup tenía algunas escenas en mente, pero el resto debía surgir durante los ensayos. “Yo tenía un esquema preestablecido, tenía ciertas escenas en mi cabeza, pero siempre quise que el cuerpo de la obra fuera algo más orgánico y que viniera de la vida misma de las actrices”, señala. “No quería imponerles un texto, sino que más bien el texto se vaya generando de acuerdo a las vivencias de cada una. Por eso es improvisación”, añade.
Ese método hizo que el proceso se extendiera durante un año. Para Restrepo, el montaje fue “un proceso de largo aliento” en el que el trabajo escénico se fue mezclando con la vida cotidiana. “Se nos fue colando la vida misma en las escenas”, dice. Uno de los desafíos, recuerda, fue conseguir un espacio donde ensayar. “A veces llegábamos y no teníamos acceso a una sala; esa es también la realidad de los artistas en este país: incluso encontrar un espacio para realizar una obra puede ser complicado”.
Durante ese tiempo, cada actriz llevó al escenario su vida diaria, y esas vivencias, alegres y frustrantes, terminaron convirtiéndose en material escénico. “Cada una traía consigo lo que duele, lo que pesa, lo que nos hace reír, lo absurdo de la vida o del país en el que vivimos”, cuenta Restrepo.
Creer sin pruebas
En ese intercambio de vivencias y ensayos fue tomando forma también la dinámica entre las tres intérpretes. Caymo Pizarro explica que el vínculo se construyó desde la vulnerabilidad que implica el trabajo escénico. “Creo que el hecho de hacer teatro y de desnudar tu vulnerabilidad, ya sea en un ensayo o donde sea, es un acto de fe”, dice. “Nosotras fuimos directamente a los temas sobre los que queríamos hablar y cómo lo queríamos hacer, y eso generó una química de muchísima confianza, muchísimo amor y muchísima escucha entre nosotras”.
El título de la obra surgió casi por accidente. Durante los primeros encuentros, Krarup solía repetir una frase a sus compañeras. “Yo les decía: ‘Tengan fe, tengan fe. Les juro que yo tengo la obra aquí en la mente’. Y un día la Fer dijo: ‘Bueno, ¿por qué no le ponemos ese nombre a la obra?’”, recuerda. “Y tenía sentido: claro, es un acto de fe. Es un acto de fe el que ellas tuvieron conmigo como directora y el que yo tengo con ellas como actrices”.

Restrepo añade que el título también funciona como una mirada hacia el contexto en el que se hace teatro en el país. “Apostar por Ecuador, en las condiciones en que vivimos, también es un acto de fe”, señala.
Una esperada función
Antes del estreno, el montaje tuvo un pequeño primer público: estudiantes de la Universidad San Francisco de Quito, donde el grupo pudo ensayar en algunos momentos. La reacción de esos espectadores jóvenes fue una sorpresa para el equipo. “Nos preguntábamos si iba a funcionar o no, si iban a entender estas piezas sueltas que se van uniendo”, comenta Krarup. “Pero sorpresivamente les gustó mucho y a cada uno le llegó un tema distinto”.
La función será la primera presentación abierta al público de esta creación colectiva. Después de más de un año de trabajo, las actrices hablan de una mezcla de expectativas y entusiasmo.
“Siempre hay nervios”, dice la directora. “Pero sobre todo hay muchísima emoción y ganas de que ya suceda todo, de ver el resultado final después de haber vivido este proceso durante más de catorce meses”.
Un acto de fe se presenta el jueves 12 de marzo a las 19:00 en el Teatro Nacional Sucre de la capital. El costo es de $ 12.
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