
"Domicilio Desconocido": la exposición que evidencia el drama humano de escapar
Relatos de familias de Socio Vivienda y deportados por la 'migra' en Texas se exhiben en el Museo Nahím Isaías
El Museo Nahím Isaías de Guayaquil abrió sus puertas a ‘Domicilio Desconocido’, una documentación forense y artística que registra el desplazamiento forzado en zonas de conflicto urbano y la crisis migratoria internacional. La exhibición, disponible hasta el 21 de febrero, sistematiza las secuelas de la violencia criminal que expulsó a decenas de familias del puerto principal y expone la crudeza de las deportaciones masivas desde Estados Unidos.
Migrantes, de varias tonalidades
Aunque “migrante” evoca lejanía, la violencia local es tan cercana que hiere. Una estación desglosa el desplazamiento interno: 77 familias de Socio Vivienda 2 huyeron tras las matanzas del 6 de marzo de 2025, según el Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos (CDH).
En la inauguración, un video proyecta testimonios de afrodescendientes de la iniciativa “La Batucada”, quienes vieron su sector pasar de barrio a trinchera. Aprendieron a enunciar “abandono del Estado” ante quienes preguntan, ajenos, por qué viven en guerra.
Salir de Socio Vivienda

Entre la audiencia alzó la voz Nury Rodríguez (21). Recuerda con lucidez esa tarde de marzo: a las 14:46 su casa dejó de ser hogar. El tiroteo fue eterno y la saña tal que hubo una mujer lapidada en un parque. Al caer la noche, sin dinero ni refugio, huyó a pie junto a cinco mujeres y una bebé. La Policía fue fría ante el auxilio: “Solo venimos a recoger los cuerpos, no podemos hacer nada más”, sentenciaron.
Así relató, frente a oyentes atónitos, cómo se volvió migrante en su propia ciudad. Lloró al recordar que no siempre fue así: vio a amigos aplicados unirse a mafias y a abanderados caer abatidos.
“El problema es el hambre, te lleva a malas decisiones. Ser pobre es duro, pero ser rechazado es peor”, reflexionó.
Admitió que la violencia la desensibilizó por años, pero hoy, lejos de allí, entiende que la distancia ayuda a buscar soluciones.
Confesó a EXPRESO que cambió el sueño de escapar por el de volver: ir a los barrios, preparada, a enseñar que afuera hay un mundo. “La oportunidad que tuve yo, quiero que la tengan todos”, culminó.
Venezuela, un país que "no funciona" y se deja atrás

Otra estación expone la migración venezolana. Entre cartas y testimonios audiovisuales, alumnos de la Universidad Casa Grande —autores del proyecto— iniciaron un performance: una autoridad exigiendo papeles a un joven de acento distinto.
“No tengo nada, chamo, estoy igual que todo el mundo”, exclamó Gabriel Farfán. Rememoró la estigmatización sufrida en su travesía a pie de 30 días desde Valencia, Venezuela, hasta la ecuatoriana provincia de El Oro, junto a su novio y otros viajeros que también sufrían asaltos de coyoteros. Su monólogo no fue de víctima, mas si con la autoridad de alguien que, casi diez años después, consolidó una nueva vida.
“No salí para quitar trabajo, fui obligado porque mi país no funcionaba. Si migran, lleven tres maletas: en la primera, identidad y recuerdos, porque quizás no vuelvas a ver a tus abuelos; en la segunda, sueños, lo único que te sostiene ante el rechazo; la tercera, solo la ropa necesaria. Yo traje una maleta grande y llegué solo con un pantalón y unos zapatos que me dieron en un refugio”, narró, descifrando que para él migrar es perder la vida y empezar otra. Hoy él se dedica, junto a compatriotas, a asistir a migrantes a través de la iniciativa “Frente Organizado de Venezolanos para el Servicio y Asistencia”.
De sueño a pesadilla americana
Pero ¿qué sucede cuando el sueño te expulsa con violencia? En otra esquina, una pantalla replica los arribos del Aeropuerto de Guayaquil. Resalta un vuelo: “Charter”. Son aviones cargados de deportados por el endurecimiento de las políticas estadounidenses.
Bajo esa luz fría estaba Belén Cabezas. Su relato data del 28 de agosto de 2025. Pese a que un juez en Texas autorizó su estadía mientras peleaba su asilo, agentes de ICE la detuvieron al salir del tribunal. Describe un sistema “carnívoro”: fue sometida en el piso y recluida en la prisión federal de Otero, donde la mezclaron con criminales de alto perfil. “Me esposaron de manos, pies y cintura”, denunció.

En su intervención, Belén no solo narra; muestra la evidencia física del despojo. Saca y exhibe la vestimenta gris opaca que le obligaron a usar tras ser despojada de sus pertenencias; levanta la muñeca para mostrar la pulsera plástica que la etiquetaba como un número más en el sistema y sostiene con firmeza su identificación carcelaria.
Son los únicos recuerdos tangibles de 22 días de encierro inhumano cuyo único delito fue trabajar. Hoy utiliza esos objetos como advertencia: el riesgo de perder el tiempo lejos de los hijos y la dignidad en una celda no compensa el sacrificio.

Una recopilación tan impactante como impecable
Esta narrativa museográfica es resultado de un riguroso proceso académico de la Universidad Casa Grande. La muestra fue dirigida por Héctor Bujanda, con la asesoría de proyecto de Nahiara Morán y la dirección museográfica de Daniel Olmedo.
El diseño gráfico, pieza clave para comunicar el desarraigo, estuvo a cargo de Luisa Nieto y Paula Pala, mientras que la estrategia de marketing y publicidad fue ejecutada por Luis Alulema, Nathaly Briones, Luis Gaspar y Valeria López. El proyecto cuenta además con el respaldo de organismos como el CDH, OIM, , GIZ y Alianza Migrante.
Un fenómeno que raya en el nihilismo
El sociólogo Carlos Tutivén, presente en la muestra, definió esta realidad como un “doble desgarro”: el dolor de la partida forzada y el estigma de la llegada. Para el catedrático, el desplazamiento en zonas como Durán o Socio Vivienda responde a la “territorialización del narcotráfico”, que rompió el tejido barrial e impuso el miedo.
Tutivén advirtió sobre un “nihilismo generalizado” donde el dinero se volvió el único dios y el futuro desapareció del horizonte. Criticó la espera pasiva de “gobernantes mesiánicos” para solucionar el desastre y sentenció que la única salida es replantear los últimos 25 años de historia. “Donde está el peligro, nace lo que salva, pero esa esperanza no cae del cielo; se construye”, concluyó, exigiendo a la sociedad dejar de ignorar la memoria que nos arrastró a este abismo.
La exposición está disponible en el segundo piso del Museo Nahím Isaías, donde la premisa curatorial define a las naciones modernas como dispositivos de "puertas giratorias" donde la ciudadanía se pierde en el tránsito.



