
Cimarrón: la resistencia afroesmeraldeña que danza en Guayaquil
El proyecto Cimarrón fusiona tradición y contemporaneidad para visibilizar una cultura históricamente relegada
En Guayaquil, donde la diversidad cultural muchas veces queda en segundo plano, el proyecto escénico Cimarrón irrumpe como una propuesta que rescata, visibiliza y reivindica la cultura afroesmeraldeña desde el arte. La obra, dirigida por Khrystel Ortiz, licenciada en Artes Escénicas de la Universidad de las Artes, se convierte en un espacio donde la memoria, la identidad y la resistencia se expresan a través de la danza y la música ancestral.
Cimarrón rescata cultura afroesmeraldeña
“Cimarrón era denominado al negro que se escapaba de las plantaciones, al negro peleón, al negro respondón”, explica Ortiz, al referirse al concepto que da vida a la obra. “El negro no fue libre porque alguien decidió reconocerlo como humano, sino porque luchó por su libertad”, añade, marcando el enfoque histórico y político de la propuesta.
El proyecto nace desde su tesis universitaria y ha evolucionado durante más de cinco años, integrando el arte contemporáneo con las danzas afroesmeraldeñas de la costa. Ritmos como el bambuco, el andarele o el “negrito” se ejecutan con instrumentos tradicionales como la marimba y el bombo, creando una experiencia escénica que conecta al espectador con las raíces afro del país.
Pero Cimarrón no solo es una puesta en escena, también es un espacio de aprendizaje colectivo. “Para nosotros ha sido un gran aprendizaje, acercarnos con mucho respeto a esta cultura, a sus costumbres y su esencia”, comenta Jennifer Asensio, integrante del elenco, quien destaca el proceso de formación detrás de la obra.

Arte escénico impulsa identidades en Guayaquil
La diversidad del grupo es parte esencial del proyecto. Muchos de sus integrantes no provienen directamente de la cultura afroesmeraldeña, pero encuentran en ella un camino de conexión e identidad. “Esta obra me hizo investigar mi historia y descubrí que tengo raíces afrodescendientes”, relata Joao Robayo. “Te invita a reflexionar, a entender que esta cultura ha sido invisibilizada y que también forma parte de nosotros”.
Desde otra perspectiva, Oliver González resalta el valor histórico del proceso afro: “Se cree que esto no ha sido una lucha, pero ha sido un proceso largo para llegar a lo que es hoy”. Para él, ser parte del proyecto implica también un compromiso: “Como alguien de otra cultura como la montuvia puedo ayudar a informar y dar a conocer esta historia”.
Cultura afroesmeraldeña gana espacio desde la escena
Un elemento clave de la propuesta es su capacidad de tender puentes entre culturas. La presencia de intérpretes mestizos y de otras identidades no diluye la esencia afroesmeraldeña, sino que amplifica su alcance, permitiendo que más públicos se acerquen, comprendan y valoren estas prácticas ancestrales desde el respeto y la empatía.
Sin embargo, uno de los principales desafíos sigue siendo la falta de apoyo. “Todo ha sido autogestión”, reconoce Ortiz. “Nosotros mismos costeamos el teatro, la difusión y los recursos. Sería importante que existan más espacios para enseñar estas danzas e instrumentos ancestrales”, agrega, haciendo un llamado a las instituciones para fortalecer la preservación cultural.

Cimarrón une tradición afro y arte contemporáneo
Más allá del escenario, el proyecto también busca incidir en lo social. Parte de sus integrantes trabajan en sectores vulnerables, acercando el arte a jóvenes como una alternativa frente a la violencia. “Queremos aportar a esta juventud, acercarlos a la cultura, a la música y a la danza”, señala la directora, convencida de que el arte puede transformar realidades.
Así, Cimarrón se consolida como una propuesta que no solo preserva la cultura afroesmeraldeña, sino que la proyecta hacia nuevas generaciones. En cada ritmo, en cada paso y en cada historia, la obra recuerda que la identidad también se construye desde la resistencia y la memoria viva.