
El fútbol refleja lo que duele vivir en Ecuador
Acciones de protección y decisiones tardías han convertido al fútbol en un escenario donde todo vale con tal de imponerse
Hace treinta años, Ecuador luchaba fecha a fecha por ir al Mundial de Francia 1998. Llegó a la última jornada con opciones, pero la suma de inoportunos empates en casa frustró esa primera clasificación. Pero a la distancia es posible darle valor a ciertas cosas que entonces sucedieron.
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Francisco Maturana, el DT de la Tri, dejó en aquellos días una frase que hoy está más vigente que nunca: “se juega como se vive”. Es difícil acuñar en solo cinco palabras certezas tan permanentes, que parece que quedaron escritas sobre metal.
Los entreveros reglamentarios y legales del fútbol local han tomado un protagonismo que no se puede desconocer. Gravitan seriamente sobre el presente y el futuro de las instituciones. Y es en ministerios, juzgados y cortes donde las disputas son arduas. Es que todo vale para imponerse. Literalmente todo.
La difícil situación del Poder Judicial, sus entes reguladores y, en general, la institucionalidad jurídica del país, ha sido suficientemente cubierta y analizada por este medio en los espacios correspondientes. Lo que sucede es evidente para todos.
Ahí es cuando lo que dijo Maturana en 1996 adquiere sentido: si la sociedad ecuatoriana vive en medio de ese conflicto, ¿por qué en el fútbol debería ser distinto?
Bajo la excusa de ser “universal”, “popular”, “de interés general”, el fútbol se acostumbró a un trato diferente ante la legalidad. Por eso, por ejemplo, los clubes se pasan por el forro los irrenunciables derechos de los trabajadores e incumplen de manera serial sin que aquello tenga una consecuencia concreta.
Ni qué decir de las obligaciones con el sistema tributario, donde los directivos son tratados con impune deferencia, acumulan millones de dólares en deudas, las que en el mejor de los casos son pagadas con acuerdos muy flexibles, inaplicables al común de las personas o actividades.
Desde hace un par de años asistimos al penoso espectáculo de las acciones de protección. Indigna el nivel de prostitución al que se ha visto expuesto este recurso, dirigido a precautelar nuestros derechos constitucionales del abuso, a ampararnos ante el abandono del propio Estado a las garantías de las que gozamos los ciudadanos. Hoy, la acción de protección dentro del fútbol es sinónimo de instrumento para el beneficio de intereses personales, de manipulación.
Los problemas en Emelec

El caso más vivo es el de Emelec. Las elecciones de este club, en 2022, se vieron interrumpidas y postergadas gracias a esas acciones de protección mal usadas por quienes buscaban obtener ventajas muy particulares.
Ese fue el inicio de la deriva interminable del club, que no terminó durante esta semana con la intervención del Ministerio de Educación, que aún espera para funcionar plenamente ¡precisamente por una nueva acción de protección!
Es el mismo ministerio que, hace un año, legalizó la directiva hoy defenestrada. Y que el ministro que en ese entonces firmó la inscripción que fue desechada (Juan David Jiménez) sea a esta hora el principal candidato a presidir Emelec es, simplemente, la cima de lo tragicómico.
De la cartera de Estado hay tanto que decir. El sentido de oportunidad para aplicar sus resoluciones depende del interés que baile en el medio, todo en sincronía con los poderes de cualquier especie que buscan imponerse.
No hay que olvidar lo que sucedió en 2024, cuando Barcelona requería ser intervenido porque llevó adelante un proceso electoral irregular. Ahí se priorizó el acomodo para que el club se arme y juegue, no la responsabilidad de cumplir ante la normativa.
La batalla por la presidencia

El fútbol ecuatoriano no asiste aún a su última batalla en el rango del poder público; probablemente la que viene será decisiva. Lo que queda del 2026 servirá para recrudecer la guerra civil que se vive entre la Federación Ecuatoriana de Fútbol y la LigaPro, con el proceso electoral en el primer ente.
La nueva Ley Orgánica del Deporte, en manos del Ejecutivo para su veto, definirá las estrategias. En LigaPro son claros: quieren copar la Federación para tener un control absoluto de la actividad futbolística y sus esfuerzos, por ahora, son mediáticos y espectaculares.
Por lo pronto, pese a ser parte de la organización de una práctica deportiva, ha escapado hábilmente de su control normativo. Prueba de aquello es la reelección de Miguel Ángel Loor, quien completará doce años al frente del organismo en el 2030, al fin de este nuevo periodo.
El debate sobre la nueva reelección de Francisco Egas, posible de acuerdo con las normas de FIFA y Conmebol y cuya aplicación se permite tanto en la antigua como la nueva Ley del Deporte, seguro llegará a las instancias judiciales y ministeriales, donde Roberto Ibáñez ha tomado una postura notoria, sin importarle mucho la mesura que como autoridad debería tener, alejado de los juicios previos que ha venido exponiendo.
En este panorama estamos condenados a seguir viéndonos en un espejo roto. El fútbol, que representa alegría masiva por encima de todo, hoy es un termómetro de nuestras más evidentes grietas sociales e institucionales.
Seguir en este rumbo, sin reconocer los límites legales que implica toda actividad, condena al deporte popular a un desprestigio más profundo que el actual, al abismo y a la decepción. Sí, jugamos como vivimos y hoy, más que nunca, duele ver cómo vivimos.
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