Premium

Mauricio Velandia | Primero yo

Avatar del Mauricio Velandia

Cada persona, cada sociedad y cada país debe saber quién es, qué quiere y qué está dispuesto a defender.

A mi hija Simona le he repetido una idea que puede parecer egoísta, pero que en realidad es una forma de supervivencia. Primero yo. No lo digo como invitación al abuso ni a la indiferencia frente a los demás, sino como principio de responsabilidad. En la vida, si uno no se cuida primero, termina dependiendo de otros o, peor aún, convirtiéndose en una carga para quienes ama. El “primero yo” no significa atropellar. Significa ser capaz de sostenerse para luego poder sostener a otros. Pero ese principio también tiene límites claros. El primero es no hacer daño deliberadamente. El segundo es entender que nuestra libertad termina donde comienza la del otro. En otras palabras, el “primero yo” funciona mientras no destruya al prójimo.

Con Simona hemos hablado muchas veces de esto porque el mundo que le tocará vivir no será sencillo. Nunca lo ha sido, solo que cada generación cree que su momento histórico es especialmente turbulento. Tal vez tengan razón. En las últimas semanas estuve en Londres asistiendo a discusiones internacionales sobre política, economía y seguridad. Participé en encuentros académicos y escuché debates donde el lenguaje ya no es el del viejo optimismo de la globalización. En esos espacios, incluidos eventos organizados por The Economist y conversaciones en Chatham House, el diagnóstico es bastante claro. El mundo se está reorganizando alrededor del poder.

Allí escuché algo que me quedó grabado. El embajador de Ucrania en el Reino Unido explicó que las guerras actuales ya no se parecen a las del siglo pasado. Hoy se libran con drones, inteligencia artificial, sistemas autónomos y ataques híbridos. El campo de batalla ya no es solamente el territorio físico. También lo son la información, la energía, la tecnología y los mercados. Mientras escuchaba esas conversaciones pensaba inevitablemente en Simona. La realidad internacional que describen los estrategas es incómoda. La polarización entre potencias es cada vez más evidente. Estados Unidos, China, Rusia y otras potencias regionales compiten por influencia en un sistema donde la neutralidad absoluta parece cada vez más difícil. Durante décadas se habló de un mundo globalizado, donde el comercio reduciría los conflictos. Hoy el lenguaje cambió. Ahora se habla de seguridad nacional, cadenas estratégicas de suministro, autonomía tecnológica y alianzas geopolíticas. En ese contexto incluso los países medianos o pequeños enfrentan una pregunta incómoda: ¿de qué lado estar? Puede no gustarnos la pregunta, pero existe. En muchos círculos diplomáticos se reconoce con franqueza que el nuevo orden internacional no gira alrededor de ideales abstractos. Gira alrededor de intereses y conveniencias. Decirlo puede sonar cínico, pero también simplemente realista.

Ese fue el mundo que observé en Londres. Un mundo donde las grandes potencias calculan cada movimiento, donde la economía se mezcla con la seguridad y la tecnología redefine el poder. No sé si me gusta ese mundo. Pero es lo que vi. Y quizá por eso vuelvo al principio que le enseño a Simona. Primero yo. No como egoísmo, sino como conciencia. Cada persona, cada sociedad y cada país debe saber quién es, qué quiere y qué está dispuesto a defender. Porque en un escenario internacional cada vez más competitivo, quienes no toman decisiones terminan viviendo las decisiones de otros. A Simona le digo algo sencillo. Cuida tu dignidad, respeta a los demás y entiende el mundo tal como es, no como te gustaría que fuera. Si algo aprendí escuchando a diplomáticos, estrategas y militares en Londres es que cuando las potencias terminan de decidir cómo se reparte el mundo, los demás solo descubren demasiado tarde en qué lado de la mesa estaban… o si ni siquiera estaban sentados en ella.