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Abelardo García Calderón | Vacaciones: ¿cuándo?, ¿cómo?

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Una buena y hermosa vacación no exige sitios fantásticos, sino de parajes que permitan el encuentro familiar

Hace ya muchos años, hubo un extraño país en el que sus habitantes se volcaban prioritariamente sobre la formación, la educación y el encuentro con los hijos; que planeaban y planteaban sus acciones en función de estos, sus necesidades y calendarios, dándole prioridad a la formación y teniendo un gran respeto por la educación que escogían para ellos. Así se pensaba y actuaba en familia, adecuándose a los tiempos de los niños.

De ese raro y extraño país, en este Ecuador de hoy, queda poco; los padres no consideran ni se complican en respetar los calendarios escolares: las vacaciones se toman a su antojo y sin respeto a la agenda escolar.

Si vamos a vacacionar, hagámoslo ahora, en el tiempo adecuado, sin esperar los meses de apertura de curso para recién irnos, ya sea al interior del país o al extranjero. Consideremos que nuestros actos mandan mensajes a la inteligencia del niño o el joven, y: “si me puedo ir entonces en cualquier momento, poco importa el faltar a clases o, peor, poco importa la educación que me brindan”. Cuidemos, pues, los mensajes que enviamos, por las consecuencias a las que pueden llevar.

Si el ¿cuándo? resulta importante, por la organización y estructura de esa inteligencia que aprende, no lo es menos el cómo. La vacación dentro de la familia no está dada para que descansemos unos de otros, sino, más bien, para que compartamos y nos encontremos en vivencias alegres, festivas, que nos unan, que nos acerquen y ayuden a todos, padres e hijos, a conocerse, a reconocerse, a sentirse juntos.

El lugar es lo de menos, y obviamente depende de distintas circunstancias, incluso las económicas; pero vale la pena recordar que una buena y hermosa vacación no exige sitios fantásticos, sino, más bien, de parajes que permitan el encuentro familiar. Lo vital, lo importante, está en el compartir experiencias, en la convivencia diaria, en el diálogo fluido, en la experiencia de descubrirnos.

Un paisaje hermoso, una hacienda inspiradora, un río, un mar, pueden ser suficientes para provocar la cercanía que se busca y el abrazo familiar.