Antonio Alvarez e Ismael Rescalvo
Antonio Álvarez, cuando entregó la camiseta de Barcelona SC a Ismael Rescalvo como DT.Archivo

Antonio Álvarez y el “chimichurri”: el símbolo de su fracaso en Barcelona SC

La palabra creada por Antonio Álvarez, terminó convirtiéndose en el símbolo de su cuestionada gestión en Barcelona SC.

Antonio Álvarez ha tenido una gestión bastante mala al frente de Barcelona. La ausencia de triunfos y la multiplicación de conflictos institucionales son su carta de presentación. Sin embargo, fuera de sus obligaciones directivas, consiguió sin proponérselo algo que periodistas, escritores, locutores, actores y similares pasan una vida buscando -la mayoría sin poder lograrlo-: instalar una palabra en el habla popular.

Ayer, la cultura oral ecuatoriana estuvo de plácemes. Se cumplieron dos años de la rueda de prensa en la que Álvarez mencionó por primera vez esa palabra que lo inmortalizó, pero que al mismo tiempo se le volvió un búmeran: chimichurri.

“Tendremos aproximadamente siete incorporaciones de jerarquía. No vendrán nombres chimichurris, vendrán nombres de jerarquía”, dijo en una rueda de prensa al arranque de aquella temporada 2024 que, como la de 2025, también terminó en medio de la decepción y el desencanto de la masa popular que acompaña a Barcelona.

¿Qué significa “chimichurri” en el lenguaje futbolero?

Álvarez quiso identificar con esta palabra de inspiración personal lo deficiente, lo de mala calidad; es un nuevo sinónimo del “turro” que allá, por los años 80, insertó desde la TV en nuestro lenguaje cotidiano el genial Polo Baquerizo. ¿Las futuras generaciones exclamarán generalizadamente “¡esto es chimichurri!” cuando quieran referirse a algo mediocre o sin calidad? Ya lo veremos.

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Pero más allá de disquisiciones lingüísticas, tal palabra ha terminado siendo un autogol para Álvarez, una cruz que carga a cuestas. Por ejemplo, la Libertadores 2025 fue una copa “chimichurri”, al quedar fuera en fase de grupos. ¿Qué dicen los hinchas de Felipe Caicedo, un jugador que llegó al Monumental sacado del retiro? Pues que fue una contratación “chimichurri”. Ni hablar de Ismael Rescalvo, un DT “chimichurri”, tan “chimichurri” como quedar fuera en Copa Ecuador ante un rival de Tercera Categoría o no haber podido ganar un solo partido en todo el año a Liga de Quito, Independiente del Valle y Católica.

Un discurso que chocó con la realidad

Álvarez desafía constantemente los límites. Es parte de su estilo de manejo. Alguna vez, ante el debate sobre si Barcelona debería ponerse metas intermedias a escala internacional -como ganar la Copa Sudamericana-, dijo que su equipo estaba “hecho para la Libertadores”. Su afán al decir eso fue, además de sacarle brillo a la ajada historia continental del club, quitar mérito a Independiente del Valle y Liga, campeones consecutivos de la Sudamericana 2022 y 2023, respectivamente.

El problema de desafiar los límites es que transgredirlos no depende exclusivamente de lo que uno se proponga o aspire, sino también del medio circundante. Hoy, Barcelona está más lejos que nunca de ganar la Libertadores, y no solo por su crisis y limitaciones propias, sino también porque este torneo es propiedad casi exclusiva del fútbol brasileño y sus millonarios clubes, con presupuestos más de diez veces superiores a los de cualquier cuadro ecuatoriano.

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Con lo de “chimichurri” pasa lo mismo. Álvarez se autoimpuso esa métrica para todas sus acciones. Pero su propia incapacidad, amén de las circunstancias y la actualidad paupérrima del fútbol nacional, lo tienen condenado a una conducción donde nada de lo hecho -deportiva ni administrativamente- brilla, los rivales tan escarnecidos sacan distancias y la gente cuestiona y se aleja del equipo. Así, los dos años del presidente no están ni cerca de llegar a ese estándar de jerarquía y efectividad en el que pretendió enmarcar su gestión, todo eso que está en las antípodas de lo “chimichurri”.

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¿Hay salida para Barcelona SC?

Los problemas económicos e institucionales de Barcelona son serios y sabrán los responsables la forma de enfrentarlos. Pero al menos el círculo de poder que rodea al club -empezando por el propio presidente- debería replantearse las formas con las que la conducción maneja sus relaciones con propios (hinchas y socios, sobre todo) y extraños.

Si la mesura y el control son prioridad, se hace imposible un escenario como el del cierre del año pasado, donde los jugadores y el presidente se encontraron confrontados de la forma más penosa, en medio del trágico asesinato de Mario Pineida. ¿No era todo lo sucedido razón suficiente para poner un punto final al exceso de omnipotencia que se derrama desde el timón institucional?

El sentido común diría que sí, pero tratándose de Barcelona no hay nada convencional ni lógico. Como las palabras castigan y se materializan de tanto decirlas, el 2026 se plantea tan o más “chimichurri” que los años anteriores, no solo porque el tema económico no tiene salidas visibles, sino por la nula voluntad de modificar comportamientos de quienes moldean la entidad a partir de sus muy humanas condiciones.

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