
Nueva pirámide alimentaria de EE. UU.: qué cambia y por qué genera debate
En tiempos de mensajes rápidos y visuales, la nueva guía busca ser más cercana, aunque su simplificación puede generar dudas
La alimentación vuelve al centro del debate público en Estados Unidos. A finales de 2024, el Departamento de Agricultura (USDA) y el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) presentaron una nueva guía alimentaria que deja atrás el conocido MyPlate -el plato dividido en secciones- para dar paso a una pirámide invertida. El anuncio no pasó desapercibido: nutricionistas, médicos y académicos han cuestionado tanto su forma como su fondo.
Para entender el alcance del cambio, conviene mirar atrás. La pirámide nutricional clásica fue introducida en 1992 y estuvo vigente, con ajustes menores, durante casi dos décadas. En 2011 fue reemplazada por MyPlate, una representación gráfica más sencilla que buscaba orientar al consumidor común. Ambas guías fueron elaboradas por comités asesores científicos convocados por el gobierno federal, con revisiones sistemáticas de evidencia y consultas públicas. La nueva versión, sin embargo, ha reavivado la controversia.
Un cambio más visual que conceptual
Para Gabriela Cucalón, MSc en Nutrición Clínica, docente universitaria y nutricionista en práctica privada, el giro no es tan radical como parece. “La verdad es que no hay un cambio profundo en los principios básicos de las guías alimentarias. Lo que más cambia es la forma de comunicación”, explica.
La nueva pirámide invierte el orden tradicional y coloca en la parte superior -la zona de mayor prioridad- a las proteínas, los lácteos y las grasas saludables, junto con frutas y verduras. En la base quedan los granos y carbohidratos. Según Cucalón, este diseño responde más a un “boom de imagen” que a una revolución nutricional.
Otro punto clave es la extensión del documento. “Es mucho más corto y está más dirigido al público general, no tanto a profesionales o a quienes trabajan en política pública”, señala. Esa simplificación, pensada para facilitar la comprensión, es justamente uno de los aspectos más debatidos.
¿Calidad de alimentos o mensajes ambiguos?
Uno de los grandes discursos de la nueva guía es el énfasis en “comer alimentos reales”. Se recomienda evitar ultraprocesados, bebidas azucaradas y carbohidratos refinados, y priorizar frutas, verduras, proteínas y grasas saludables.
Sin embargo, para Cucalón el mensaje queda a medias. “Se intenta priorizar la calidad, pero la comunicación es vaga. No queda clara la definición de alimentos altamente procesados ni cómo aplicar esto en el día a día”, comenta.
La confusión aumenta cuando se observan ciertos ejemplos gráficos. La presencia visible de carnes y lácteos enteros contrasta con una recomendación que sigue vigente en la evidencia científica: limitar las grasas saturadas a menos del 10 % del total de la energía diaria. “Visualmente puede llevar a confundir”, advierte la especialista, porque parece promover alimentos que, consumidos en exceso, dificultan cumplir ese límite.
El protagonismo de las proteínas
Si hay un cambio central en la nueva pirámide, es el lugar que ocupan las proteínas. Se las presenta como un componente regular y prioritario de cada comida, incluyendo fuentes animales y vegetales: carnes, huevos, pescado, lácteos enteros, legumbres, frutos secos y semillas. “Se promueve una ingesta más alta de proteína de lo que recomendábamos antes”, expone Cucalón.
A largo plazo, este enfoque puede beneficiar la masa muscular y la función física, especialmente en adultos mayores. No obstante, la experta subraya que no existe un consenso científico sólido que justifique este aumento para toda la población. “Va a ser muy difícil respetar los límites de grasas saturadas y fibra si se consume tanta proteína de origen animal”, señala, recordando la importancia del equilibrio entre fuentes animales y vegetales.
Evidencia científica y conflictos de interés
Las guías alimentarias estadounidenses se elaboran, oficialmente, a partir de comités asesores y revisiones sistemáticas. En este caso, las críticas no apuntan tanto al proceso declarado, sino a la coherencia del resultado final. “La traducción de ciertas recomendaciones no es del todo transparente”, afirma Cucalón. Ejemplos como promover alimentos ricos en grasas saturadas mientras se insiste en mantenerlas bajo el 10 % generan mensajes contradictorios.
Además, la brevedad del documento puede limitar su utilidad para políticas públicas o para personas con condiciones específicas de salud. “Quita profundidad técnica, que sí necesitamos para hacer recomendaciones más ajustadas a distintos contextos”, añade.
Uno de los puntos más sensibles es la composición del panel experto. Diversos análisis independientes han señalado que algunos asesores mantienen vínculos con la industria cárnica y de grasas. “Ahí sí hay que mirar quiénes están detrás de estas guías”, dice Cucalón, aludiendo a posibles conflictos de interés que, aunque declarados, alimentan la desconfianza.
Claves para el consumidor común
La conclusión de Cucalón es clara: “No es una guía equivocada, pero sí una guía que debe leerse con ojo crítico”. Más allá de la polémica, la nueva pirámide deja mensajes que pueden ser útiles si se interpretan con criterio:
- Priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados.
- Variar las fuentes de proteína, combinando opciones animales y vegetales.
- Mantener el consumo de frutas y verduras como eje de la alimentación diaria.
- No perder de vista las recomendaciones previas sobre grasas saturadas, sodio y azúcares añadidos.
La guía que responde a la realidad del Ecuador
La Guía Alimentaria Basada en Alimentos (GABA) es clave para Ecuador porque está diseñada según los alimentos disponibles, la cultura y los problemas reales de salud del país, a diferencia de la nueva guía alimentaria de Estados Unidos, pensada para un contexto muy distinto.
La doctora Gabriela Cucalón, reconoce que la guía estadounidense aporta mensajes positivos, como reducir ultraprocesados y priorizar alimentos reales. Sin embargo, advierte que no es realista aplicarla directamente en Ecuador. “Está hecha para un país con alto acceso a proteínas animales y lácteos, y con un sistema alimentario diferente al nuestro”, explica.
La GABA, en cambio, responde a desafíos locales como la desnutrición infantil, el sobrepeso y las enfermedades crónicas, y promueve una alimentación basada en leguminosas, cereales tradicionales, frutas y verduras locales, con las proteínas animales como complemento y no como eje central. “Las recomendaciones nutricionales no solo deben basarse en ciencia, sino también en cultura, acceso a los alimentos y sostenibilidad”, señala Cucalón.
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