Ana María Raad
Ana María Raad, fundadora de la Fundación Reimagina, impulsa una transformación educativa centrada en los docentes y el aprendizaje significativo de los estudiantes más vulnerables de América Latina.Cortesía

Ana María Raad: “La innovación educativa debe ser la norma, no la excepción”

Con más de 20 años de trabajo en innovación educativa, Raad sostiene que el profesor es el principal motor del cambio

Durante más de dos décadas, la educadora y antropóloga, Ana María Raad, ha trabajado para cerrar brechas de aprendizaje en contextos vulnerables de América Latina. Fundadora y directora de la Fundación Reimagina, su labor fue reconocida recientemente con el Premio de Innovación Social otorgado por el Foro Económico Mundial en Davos y la Fundación Schwab. Desde Chile, pero con impacto directo en Ecuador, México y otros países de la región, Raad impulsa metodologías centradas en el estudiante, formación docente y uso estratégico de la tecnología para transformar la educación pública. La especialista, miembro del Consejo de Regentes de la Universidad Casa Grande (UCG), habla con EXPRESO sobre la labor que sostiene en la región.

¿Cómo nace Fundación Reimagina y qué problemática concreta buscaban resolver en ese momento?

Reimagina nace en uno de los momentos más complejos que ha enfrentado la educación en las últimas décadas: la pandemia. Cuando las escuelas cerraron, miles de profesores y estudiantes quedaron desconectados del sistema, sin herramientas ni acompañamiento para continuar aprendiendo. Nos dimos cuenta de que el problema no era solo la falta de tecnología, sino una fragilidad más profunda: docentes solos, familias sobrecargadas y grandes brechas de desigualdad.

Frente a ese escenario decidimos coordinar esfuerzos entre distintas instituciones para apoyar principalmente a los profesores y asegurar que el aprendizaje no se detuviera. Con el tiempo entendimos que esos desafíos no eran temporales, sino estructurales, por lo que nuestro trabajo se enfocó en transformar la educación de manera más permanente.

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Usted ha trabajado en Ecuador, Chile y México. Desde esa mirada regional, ¿qué similitudes encuentra entre estos sistemas educativos?

Las similitudes son muy claras. En todos los países vemos brechas de aprendizaje profundas, especialmente en contextos vulnerables, y una escuela que todavía responde a modelos tradicionales centrados en la memorización. Muchos estudiantes avanzan de grado sin dominar habilidades básicas, y los docentes trabajan con pocos recursos y poco acompañamiento

Además, los sistemas no siempre están preparados para desarrollar competencias como pensamiento crítico, habilidades socioemocionales o capacidades digitales, que hoy son indispensables. En el fondo, seguimos educando para el pasado cuando deberíamos preparar a los jóvenes para un futuro mucho más cambiante.

Ana María Raad
Reconocida por el Foro Económico Mundial por su aporte al emprendimiento social, Raad defiende una educación más humana, activa y conectada con los desafíos reales.Cortesía

Desde su experiencia, ¿cuál es el factor que más incide en la mejora real de los aprendizajes y por qué enfatiza tanto el rol docente?

Toda la evidencia indica que el profesor es el factor más influyente dentro de la escuela. Podemos invertir en infraestructura o tecnología, pero si la práctica docente no mejora, los resultados tampoco lo harán. El profesor es quien convierte los contenidos en experiencias significativas, quien motiva, guía y conoce la realidad de cada estudiante. Por eso creemos que la innovación educativa no está en reemplazar al docente, sino en fortalecerlo, darle herramientas y autonomía. Cuando un maestro mejora su práctica, impacta a cientos de estudiantes a lo largo de su carrera, y ese efecto multiplicador es enorme.

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En Ecuador no existe una metodología única y las políticas educativas cambian con frecuencia. ¿Qué enfoques considera más pertinentes para el contexto nacional?

No creo que exista una metodología que funcione para todos por igual. Cada escuela tiene necesidades distintas y el docente debe poder adaptar su estrategia. Sin embargo, hay principios que sí son transversales: poner al estudiante en el centro, promover el aprendizaje activo, trabajar con proyectos vinculados a la realidad y fomentar la autonomía. También es importante integrar la tecnología de forma pertinente, como apoyo al proceso pedagógico. Estas metodologías permiten que los estudiantes comprendan mejor, participen más y desarrollen habilidades prácticas, no solo conocimientos teóricos.

¿Qué papel cumple la academia dentro del ecosistema de innovación social que usted impulsa?

La academia es clave porque aporta evidencia y rigurosidad. Los emprendedores sociales solemos tener mucha motivación, pero eso no basta para generar cambios sostenibles. Necesitamos datos, investigación y evaluación para saber qué funciona y qué no. Las universidades pueden ofrecer ese respaldo técnico y, además, formar profesionales con sensibilidad social. Cuando la investigación se conecta con problemas reales de las escuelas, se generan soluciones mucho más efectivas. Por eso creemos que la academia y el emprendimiento social deben trabajar juntos.

Recibió un reconocimiento internacional por innovación social. ¿Qué significa este premio para usted y para la fundación?

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Es un reconocimiento colectivo al trabajo colaborativo que hemos construido durante años. No se trata de un proyecto aislado, sino de una forma de abordar la educación de manera sistémica, conectando escuelas, gobiernos, empresas y comunidades

El premio nos da visibilidad y credibilidad para seguir ampliando nuestro impacto, pero también implica una responsabilidad mayor: demostrar con resultados que es posible transformar la educación pública en América Latina y que nuestras soluciones pueden escalar a otros contextos.

Finalmente, ¿qué mensaje daría a los jóvenes ecuatorianos que desean emprender con propósito social en educación?

Les diría que mantengan siempre el foco en el aprendizaje de los estudiantes. A veces uno se enamora de la tecnología o de una idea innovadora, pero lo esencial es resolver el problema real: que los niños y niñas aprendan mejor. También les recomendaría empezar desde lo local, escuchando a las comunidades y trabajando con escuelas concretas. Las grandes transformaciones nacen de experiencias pequeñas que funcionan bien y luego se escalan. El impacto global se construye paso a paso, desde el territorio.

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