
Guerra comercial entre Ecuador y Colombia: Noboa canta victoria | Por Roberto Aguilar
Análisis | El presidente no está dispuesto a admitir un solo efecto negativo de su política de aranceles. Se niega a negociar
Aranceles, ¿cómo no se nos había ocurrido antes? La solución a todos los males de la patria viene mágicamente atada a los aranceles. No sólo los desajustes en la balanza comercial y los niveles de recaudación tributaria (que hasta se puede entender) sino los indicadores más insospechados mejoran sensiblemente cuando un gobierno audaz decide imponer sobretasas draconianas para castigar las importaciones provenientes de los países vecinos: con aranceles sube la tasa de empleo, quién lo diría; con aranceles se incrementa la producción, contra todo pronóstico; con aranceles crece la demanda y mejoran las condiciones del mercado interno… Sectores del comercio como el transporte y el almacenamiento expanden sus negocios a escala continental, es un milagro. Y lo más importante: con aranceles se desploma el índice de muertes violentas, se controla la actividad criminal, se afianza la seguridad: porque hasta la delincuencia organizada se rinde ante los aranceles.
(NO TE PIERDAS: Ecuador oficializa tasa del 50 % a importaciones provenientes de Colombia)
O las cosas son así o el presidente de la República miente con descaro. Porque eso, exactamente eso pero con profusión de ejemplos y detalles, fue lo que Daniel Noboa dijo este viernes a propósito de los aranceles que impuso a las importaciones de Colombia (y que la víspera subieron del 30 al 50 por ciento) en la entrevista que concedió en Radio Centro de Quito al periodista Gonzalo Ruiz.
La situación es poco menos que ridícula: no se necesita ser un especialista en comercio internacional para darse cuenta de que el presidente, con tal de defender su insólita política arancelaria, es capaz de decir cualquier cosa. Pero cualquier cosa es cualquier cosa, incluyendo lo más descabellado y lo más inverosímil.
Su aparición del viernes (como lo viene siendo cada una de sus periódicas comparecencias mediáticas ante faranduleros o periodistas afines) fue el inicio de una desafortunada campaña de desinformación en la que su aparato de propaganda, financiado por una oscura oficina de Carondelet que maneja trolls, cheerleaders y medios comprados, participó activamente repitiendo sus improbables argumentos, reproduciendo sus descontextualizadas cifras, enarbolando sus trucadas estadísticas.
Afirmaciones que son desmentidas
Las falsedades que despacha Daniel Noboa sin que le tiemble un músculo de la cara son tan evidentes que da grima desmentirlas. Por lo demás, las verificadoras de información (Ecuador Chequea y Lupa Media) no tardan ni 24 horas en hacerlo, de manera documentada e incontrovertible, cada vez que abre la boca.
Miente Noboa cuando asegura, para justificar todo lo actuado, que el ejército colombiano se ha retirado a “varios centenares de kilómetros” de la frontera. Apenas la víspera (el mismo día en que el Ecuador subió los aranceles del 30 al 50 por ciento) el gobierno del país vecino había anunciado la captura de 14 integrantes narcotraficantes de alto perfil en los departamentos de Nariño y Putumayo, exactamente en el municipio de San Miguel, a 35 kilómetros de Ipiales, y en el Valle del Guamuez, sobre la línea de frontera. El presidente ni siquiera se preocupa por mantenerse al tanto de las novedades antes de inventarse historias.
Miente Noboa cuando atribuye a los aranceles el descenso de la tasa de asesinatos en las provincias fronterizas: Esmeraldas, Carchi y Sucumbíos. Ahí, según él, “las muertes violentas se han reducido en 33,3 por ciento” desde que entró en vigor lo que él llama la “tasa de seguridad”, a principios de mes. El viernes anterior, 20 de febrero, los asesinatos en Guayaquil habían caído en un 26 por ciento desde la captura del alcalde de esa ciudad, Aquiles Álvarez, diez días antes.

En ambos casos el presidente hizo interpretaciones descabelladas de estadísticas fragmentarias: sí, es cierto que en febrero de 2026 se ha producido un descenso en el índice de muertes violenta en comparación con el mismo mes del año pasado, pero esa es una tendencia que se viene observando desde enero, se explica por el hecho de que 2025 fue el año más violento de la historia del país y en ningún caso, ni remotamente, tiene que ver en absoluto con los aranceles.
Lo mismo se puede decir de las cifras del empleo, que Noboa trata de acomodar a martillazos para hacerlas caber en su narrativa: toma la estadística del trimestre como si fuera la del mes, observa una mejora de tres puntos y la atribuye, otra vez, a los aranceles. Uno lo escucha y puede llegar a pensar que la guerra comercial con Colombia es lo mejor que pudo ocurrirle a este país. No hay un solo contratiempo, un solo efecto negativo, una sola desventaja que el presidente esté dispuesto admitir en este asunto. Llega a decir que lo mejor para la economía nacional es mantener el arancel alto, “pero no vamos a eso, lo que queremos es tener un comercio justo con ellos”. Y no se entiende que quiere decir con eso de “comercio justo”. ¿No lo teníamos antes de todo esto?
COMUNICADO | A la ciudadanía: Aumenta la tasa de seguridad a las importaciones provenientes de Colombia al 50%. pic.twitter.com/mGkE4RItmK
— Ministerio de Producción (@Produccion_Ecu) February 26, 2026
¿El peor socio comercial?
“Nuestro peor socio comercial en el mundo es Colombia”, dice Noboa. Se refiere al hecho de que Ecuador vende a ese país, anualmente, 1.100 millones de dólares menos de lo que le compra. ¿Eso es necesariamente malo? Hay un mayor déficit comercial con China y con Estados Unidos (alrededor de 1.800 millones en ambos casos) pero esa cifra no significa, por sí sola, que esos países sean peores socios comerciales que otros. El hecho es que Ecuador les compra aquello que necesita: en el caso de Colombia, cerca del 15 por ciento de las medicinas que se consumen el país, así como la mayor parte de fertilizantes, resinas plásticas y una gran cantidad de materia prima para la industria.
Es difícil entender la lógica del gobierno en esta guerra comercial. Se diría que actúa con la impredecibilidad de una gran potencia. Pero incluso Donald Trump, cuando fija unilateralmente aranceles arbitrarios a medio mundo, lo hace con el fin de establecer una base para la negociación. Lo primero que hace Trump después de decretar un arancel (por ejemplo, a México) es conversar: Claudia Sheinbaum lo llama por teléfono y ambos presidentes hablan y llegan a un acuerdo. Precisamente negarse a conversar ha sido la principal norma de conducta de Daniel Noboa desde el día en que decidió castigar las importaciones provenientes de Colombia.
“Seguimos conversando”, había dicho la canciller Gabriela Sommerfeld en una rueda de prensa que ofreció sobre otro tema el pasado miércoles. Dijo que su embajador en Bogotá estaba a cargo de esa negociación, una noticia poco alentadora considerando el perfil de dicho funcionario, el oscuro exministro Arturo Félix Wong. La embajada, para él, fue casi un castigo, y con seguridad una degradación. El hecho es que no pasaron 24 horas de esa declaración cuando el ministro de la Producción, Luis Alberto Jaramillo, anunciaba el incremento de los aranceles, del 30 al 50 por ciento, y la ruptura de las conversaciones.
Un anuncio engañoso: queda claro que conversaciones es precisamente lo que nunca hubo, mal podían romperse. Y no las hubo desde el primer día, cuando los presidentes Noboa y Gustavo Petro, a las pocas horas de anunciados los aranceles, coincidieron en Panamá con ocasión del Foro Económico de América Latina y el Caribe. No las hubo porque Ecuador no quiso. Petro propuso un encuentro bilateral para limar asperezas y llegar a acuerdos; Noboa lo desdeñó. Tenía cosas más importantes que hacer: supuestamente una reunión del bloque de seguridad de la que nada se supo, en realidad era un pretexto.
Castigar a un país con aranceles por motivos ajenos a las relaciones comerciales, con el fin de incidir en decisiones de otro tipo (de políticas de seguridad, en este caso) y, sin embargo, negarse sistemáticamente al diálogo, resulta, de entrada, incomprensible. Hasta el momento Ecuador no ha dicho qué exactamente quiere que haga Colombia en materia de seguridad. No ha presentado una demanda concreta. Más aún: el presidente miente sobre lo que efectivamente está haciendo Colombia y sale con el cuento (desmentido de inmediato por los hechos) de que el gobierno de Petro ha retirado el ejército a “varios cientos de kilómetros” de la frontera. ¿A dónde pretende llegar el presidente Noboa? ¿Cuál es su verdadera motivación? Claramente, la seguridad poco o nada tiene que ver con esto.
La decisión extrema de esta semana (subir el arancel del 30 al 50 por ciento) sólo puede entenderse como una negativa absoluta a cualquier clase de conversación y acuerdo. Es una manera de decirle a Colombia que el Ecuador no está interesado en comerciar con ella. Mientras tanto, casa adentro, el propio presidente emprende una campaña de desinformación que trata de disfrazar este absurdo para hacerlo pasar por un gran éxito (para ello cuenta con un ejército de trolls, cheerleaders y periodistas comprados y afines que actúan como antenas repetidoras) y vende resultados parciales como pruebas. Otro engaño, pues los peores efectos para el aparato productivo ecuatoriano todavía están por venir: recién en la última semana de febrero entraron en vigor los aranceles recíprocos con los que Colombia responde al Ecuador.
Todo esto, en vísperas de la elección presidencial colombiana. ¿Está tratando de influir en ella Daniel Noboa? ¿Qué fines políticos persigue? ¿Haría lo mismo si Colombia fuera un mercado importante para su banano?
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