
La agricultura de Ecuador en potencia presiona al recurso hídrico
La ONU advierte bancarrota hídrica global; expertos ecuatorianos analizan efectos del modelo agrícola
La Organización de las Naciones Unidas declaró que el mundo ha entrado en una etapa de bancarrota hídrica global, un concepto que describe el momento en que el consumo humano supera de forma sostenida la capacidad natural de renovación del agua. Esto implica el agotamiento progresivo de reservas milenarias (como acuíferos, glaciares y fuentes subterráneas) reduciendo la disponibilidad futura incluso en territorios donde el agua aún parece abundante. Según el informe, el 75 % de la población mundial vive en países donde el agua es escasa o insegura.
El estudio señala que la agricultura consume cerca del 70 % del agua dulce disponible, convirtiéndose en el principal foco de presión sobre el recurso. Kaveh Madani, autor principal del informe advierte que la crisis hídrica no reconoce fronteras: cuando la producción agrícola se ve afectada en una región, la escasez se transmite a través del comercio y de los precios de los alimentos, con efectos en la seguridad alimentaria y la estabilidad económica.
Madani atribuye este punto crítico al despilfarro de agua en la agricultura intensiva, el crecimiento urbano e industrial, la contaminación y las emisiones que impulsan el cambio climático, factores que incrementan las sequías, la evaporación y la irregularidad de las lluvias.
En Ecuador, el sector agropecuario compite con el petróleo entre los principales rubros de exportación, y la presión sobre el recurso hídrico forma parte del sistema productivo nacional. Así lo explica Luis Domínguez, director del Centro de Agua y Desarrollo Sustentable (CADS-ESPOL), quien señala que estas actividades requieren grandes volúmenes de agua en línea con las tendencias globales identificadas por la ONU.
El sector mantiene un peso relevante en la economía nacional. Al tercer trimestre de 2025, el Valor Agregado Bruto agropecuario alcanzó USD 8.012 millones, sin considerar impuestos indirectos ni consumos intermedios según cifras publicadas por el Banco Central del Ecuador.
El indicador nacional de huella hídrica agrícola mide el uso del agua en la producción de diez cultivos: tres transitorios (arroz, maíz amarillo duro y soya) y siete permanentes (cacao, palma aceitera, banano, plátano, café, caña de azúcar y piña).
Desde el Ministerio de Ambiente y Energía aclararon a este medio que en enero del presente año se publicaron en el portal Ecodatos las estimaciones de huella hídrica correspondientes a 2022 y 2023, mientras elaboran los promedios de años posteriores. La huella hídrica agrícola del Ecuador en 2023 se aproximó a 29.428 millones de metros cúbicos. Sin embargo, el indicador se concentra en cultivos predominantes de la Costa y no refleja otras dinámicas productivas presentes en el país.
El ingeniero agrónomo César Benavidez, experto en cambio climático de la Universidad Nacional de Loja, señala que la presión hídrica se concentra en sistemas agrícolas intensivos que varían según la región:
- En la Costa predominan monocultivos extensivos que dependen de riego proveniente de ríos costeros que ya presentan señales de estrés hídrico.
- En la Sierra, la floricultura de exportación que requiere grandes volúmenes de agua se desarrolla en zonas donde los glaciares tropicales cumplen funciones de regulación natural del agua, mientras estudios recientes indican que cerca del 30 % de los páramos ha perdido capacidad de captación hídrica.
- En la Amazonía, Benavidez identifica presiones asociadas a la ganadería extensiva.
Las proyecciones climáticas también advierten impactos económicos potenciales sobre la agricultura. Investigaciones citadas por Benavidez señalan que cambios de temperatura de entre 1,5 y 2 °C podrían reducir hasta en un 50 % la producción de cultivos como papa, café y fréjol, lo que podría derivar en crisis de seguridad alimentaria en regiones agrícolas dependientes de estos productos.
Desde el sector productivo, el ingeniero agrónomo Marcos Silva, director de la Alianza Agropecuaria Ecuatoriana, señala que el problema hídrico en Ecuador no responde únicamente a la disponibilidad natural del recurso, sino a limitaciones de gestión. Según la Encuesta de Superficie y Producción Agropecuaria, 4,8 millones de hectáreas están bajo labor agropecuaria, de las cuales cerca de 1,3 millones cuentan con riego, mientras aproximadamente tres millones dependen exclusivamente de la lluvia.
Y las precipitaciones están sujetas al cambio climático que podría intensificar las presiones. Según Benavidez, las lluvias tenderán a concentrarse en periodos más cortos y menos predecibles, con sequías más prolongadas en algunas zonas y mayores inundaciones en otras.
“El problema es la falta de infraestructura de riego”, sostiene Silva. El acceso al agua determina además la estabilidad productiva: los agricultores con riego pueden sembrar hasta tres veces al año, mientras los demás dependen de la temporada lluviosa, lo que influye en la disponibilidad y precios de los alimentos.
Estrategias y brechas
En Manabí, el manejo del agua ha estado marcado por decisiones históricas de planificación. El Plan Integral de Desarrollo de los Recursos Hídricos de la provincia, publicado en 1989, ya advertía desequilibrios territoriales: las cuencas de Portoviejo y Manta en la zona de desarrollo central presentaban un déficit estimado en 19 hm³ anuales, con tendencia a incrementarse si no se aplicaban correctivos.
Para equilibrar esa distribución, Manabí ha desarrollado históricamente trasvases entre cuencas, una estrategia cuestionada por el informe de la ONU pero que, según el ingeniero Carlos Villacreses, director provincial de Riego y Drenaje, ha sido necesaria para sostener el “balance entre desarrollo humano y productivo”.
“El recurso hídrico está garantizado”, afirma Villacreses, al describir una provincia donde la oferta natural de agua sigue siendo alta en términos generales.
Sin embargo, el director señala mayores vulnerabilidades en las montañas de los extremos norte y sur, que han sido “agredidas salvajemente por la acción antropogénica” y provocó la pérdida de cobertura vegetal y ha acelerado la escorrentía y aumentado la sedimentación de los ríos, alterando los ciclos naturales del agua.
Guayas, con mayor incidencia
En Guayas, otra de las principales provincias productoras la presión hídrica se vincula a la intensidad agrícola y a la distribución territorial del agua. Datos del censo agropecuario provincial muestran que el arroz ocupa 177 127 hectáreas (la mayor superficie cultivada) seguido por cacao, caña de azúcar y banano, cultivos que demandan grandes volúmenes de agua, según Juan Carlos Proaño, director provincial de Riego, Drenaje y Dragas.

Aunque el 73,23 % de los productores reporta disponer del recurso, apenas alrededor del 38 % cuenta con riego tecnificado (concentrado en banano y cacao). Por otro lado, el arroz se continúa regando por inundación.
Este escenario incrementa la presión sobre las fuentes hídricas, especialmente en contextos de sequías prolongadas como la registrada entre 2024 y 2025, una de las más severas en seis décadas.
La vulnerabilidad se concentra en cantones con déficit hídrico, entre ellos Pedro Carbo, Colimes, Lomas de Sargentillo, Isidro Ayora, Balzar y Puná.
Allí la producción depende de lluvias estacionales y reservorios comunitarios, los agricultores se ven obligados concentrar la actividad en la temporada invernal y diversificar cultivos. Frente a ello, afirma Proaño, la Prefectura ha priorizado la construcción de albarradas (aunque estas actividades no se consolida en un proyecto de la institución) y el fortalecimiento de juntas de riego para almacenar agua en época lluviosa y utilizarla en la seca.
Aun así, las pérdidas económicas asociadas al déficit hídrico solo se estiman durante eventos extremos, lo que evidencia la ausencia de mediciones sistemáticas sobre el impacto productivo del estrés hídrico.
Aunque Ecuador mantiene disponibilidad hídrica en varias regiones, los entrevistados coinciden en que las presiones sobre el recurso forman parte del modelo productivo y representan un desafío creciente para su sostenibilidad.
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