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La prefecta del Guayas Marcela Aguiñaga decidió separarse de la Revolución Ciudadana.Archivo.

El expresidente prófugo pierde Guayas y gana su movimiento | Por Roberto Aguilar

Análisis | Aguiñaga abandona el correísmo provocando un escenario decepcionante: ni el partido se salva del autoritarismo

La insinceridad de Marcela Aguiñaga empaña su retirada. El país fue testigo de cómo, tras su reunión con Lourdes Tibán en Guayaquil, la prefecta fue públicamente maltratada por el expresidente prófugo que maneja a carajazos su partido. Primero, la descalificó por contemporizar con el enemigo; luego, la denigró por no tener principios; finalmente, la excluyó de toda posibilidad de reelección: “ganarás”, le dijo, “pero con nosotros no cuentes”.

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Sin embargo, en el video que ella grabó para anunciar su desafiliación del correísmo y que hizo público la tarde del miércoles 3 de diciembre, se esfuerza por crear la ilusión de que el problema no es con él, sino con un partido abstracto que opera y decide a sus espaldas. Es decir: un partido inexistente.

Un mensaje que encubre un despropósito

El movimiento que ayudé a construir”, se lamenta, “decidió despojarme de mi espacio”. Lo dice como si no fuera precisamente Rafael Correa el que controla ese partido y el que decidió, por sí y ante sí, despojarla de su espacio. Lo dice como si Correa no hubiera hecho eso, además, públicamente, a través de sus redes sociales, contribuyendo a desprestigiar y desgastar su figura política. Aguiñaga acusa al partido de excluirla y para Correa, autor absoluto de esa exclusión, no tiene sino palabras de admiración, gratitud y sometimiento. Un despropósito absoluto.

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Sometimiento, sí. Porque una cosa es expresarle su respeto y cariño a pesar de los maltratos; agradecerle y reconocer las lecciones aprendidas. Hasta ahí, lo de Marcela Aguiñaga es un gesto de nobleza que la honra. Y si el objetivo era, con una visión más pragmática, tender un puente hacia el correísmo más orgánico y fiel a la figura de su líder, con eso habría bastado.

Pero pasar de ahí a las alabanzas, hablar de “la mística de su trabajo, el amor profundo por el servicio público, la entrega a nuestro país”… Eso ya era innecesario. Peor aún hacerse cargo de sus delirios de persecución política y lawfare: “Anhelo que en un futuro no muy distante”, llegó a decir la prefecta en su video, “reciba (Correa) la justicia que tanto merece y que tanto le han negado a un hombre que lo que hizo fue trabajar incansablemente por su país”. 

Un gesto que sólo Correa podría valorar. Y no lo hizo. Irreductible a la generosidad, aun después de esta muestra de sumisión, continuó maltratando a Aguiñaga en nuevos tuits.

Si esa es la postura política de la recién desafiliada prefecta del Guayas, resulta decepcionante para una izquierda huérfana de alternativas democráticas y moderadas. Salvo que su futuro electoral inmediato la obligue a enmendar sus posiciones.

Las alternativas de Aguiñaga

¿Quiere postularse a la reelección? ¿Siente contar con el capital político suficiente para aspirar a un cargo nacional, sin descontar la Presidencia? En principio, ante ella se abren dos alternativas: la primera es RETO, la empresa electoral de Aquiles Álvarez, indefinible en términos políticos si las palabras “empresa electoral” no constituyen ya una definición bastante elocuente. 

Marcela
Marcela y Loudes, en un recorrido por el río Guayas.CARLOS KLINGER

A esa vía se la podría llamar “Municipalismo progresista”, que es el membrete que ha inventado la pseudociencia de la comunicación política (postpolítica, en realidad) y que nada significa, salvo una nueva forma de populismo

La segunda alternativa puede ser, a juzgar por las nuevas alianzas y amistades de la prefecta, Pachakutik. Pero esa es, para ella, una posibilidad más compleja que demanda acuerdos con un movimiento social difícil de contentar y que exige definiciones que, hasta el momento, le resultan completamente ajenas.

El único camino para el correísmo

En cuanto al partido que la prefecta deja atrás, el correísmo, ante él se abre un camino de una sola vía que habrá de ratificarse en la convención nacional que tendrá lugar en enero, en algún lugar de la provincia de Manabí, tal como anunció su presidenta Luisa González, factótum de Rafael Correa

Ese camino consiste en la reafirmación del modelo autoritario de sometimiento absoluto al líder máximo. En algún momento se creyó que Marcela Aguiñaga, a la cabeza de un grupito de municipalistas progresistas que escribieron una carta al expresidente prófugo pidiendo cambios en el liderazgo del partido, podía ser una alternativa para ese lamentable proyecto. 

En ellos residían todas las esperanzas de cambio para la convención nacional. Pero sin Aguiñaga, esa posibilidad se esfuma: en ese grupo no hay nadie con el capital político, el carisma o la proyección suficiente para reemplazarla. Pabel Muñoz, alcalde de Quito, que debiera ser su sucesor natural, es la nada: un pusilánime en busca de la aprobación del jefe. 

Los demás son figuras locales de escasa importancia nacional.Es curioso que la carta que escribieron en ese entonces los municipalistas adoleciera de la misma limitación que observamos en el video de despedida de Marcela Aguiñaga: el espejismo de dirigirse a Rafael Correa para expresarle su desacuerdo con el liderazgo del partido, como si el único y absoluto líder del partido no fuera, precisamente, Rafael Correa. Una postura que implicaba una capitulación anticipada

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Un futuro presidente de RC a dedo

.Así las cosas, el nuevo presidente del partido lo designará, a dedo, el expresidente prófugo. Y los candidatos para las próximas elecciones seccionales, también. Cuando Pabel Muñoz se postuló a la reelección, él lo bajó por un tubo: eso se decide democráticamente en el partido, le dijo. Cuando Aguiñaga la hartó, él solito decidió democráticamente que no sería candidata: “con nosotros no cuentes”. En suma: él manda.

La salida de Aguiñaga implica, para Correa, una transacción que debe considerar ventajosa: perder la provincia del Guayas (sin ninguna esperanza de recuperarla, por el momento) a cambio de asegurar el control de su propio partido. Algún mecanismo se inventarán para disfrazar con formalidades de democracia interna lo que no será sino la aplicación de la voluntad del líder máximo. Luisa González, que dirigió un proceso de carnetización que nadie ha auditado, ya habla de una votación en línea.

Cualquier cosa. El hecho es que, sin descartar la posibilidad de que todo esto no sea sino un montaje y Aguiñaga sea llamada a último momento para hacerse cargo del chiringuito, el correísmo no tiene salida.

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