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1. Edificio. El Benalcázar Mil está en la av. 10 de Agosto y Riofrío. En su entorno hay varias edificaciones desoladas.Foto: Gustavo Guamán/Expreso

La vida dentro del Benalcázar Mil, el primer rascacielos del Ecuador

El administrador del edificio ha trabajado allí por 50 años y promueve la vida en comunidad.

En medio de edificaciones agonizantes, vacías y convertidas en focos de inseguridad, una comunidad lucha por mantener viva la entrada al Centro Histórico de Quito. Se aloja en plena avenida 10 de Agosto y Riofrío, dentro del famoso Benalcázar Mil, un edificio cuya construcción tomó casi tres años, a inicios de los setenta, y que se mantiene aún en movimiento.

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La historia

La obra y el diseño estuvieron a cargo de Gonzalo Sevilla, Fernando Najas, Fernando Flores, Alberto Rosero y fue considerado el primer rascacielos del Ecuador por contar con 22 pisos, además de sus dos subsuelos. Era algo inusual para la época y que pudo concretarse por estar en las inmediaciones del parque El Ejido, al igual que el resto de los primeros edificios de altura de la capital: Cofiec, Corporación Financiera Nacional y Consejo Provincial

Darío Jara es una de las personas que desde hace 50 años se esmeran a diario porque este edificio continúe como un ícono y memoria viva de la ciudad. Actualmente es su administrador, pero su historia no comenzó así. Él llegó a la capital desde Paute, Azuay y aunque en su casa nunca había limpiado nada, su primer trabajo fue precisamente eso: encargado de la limpieza del edificio. 

Poco a poco ha escalado. Primero fue ascensorista, luego mensajero, después asistente de administrador, conserje, jefe de mantenimiento y, finalmente, administrador. Recuerda que hace años había unos 20 empleados en el edificio y ahora son apenas seis

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El edificio no es solo su lugar de trabajo sino el sitio donde se desarrolló su vida. Es condómino, sus hijos también son propietarios de departamentos y tiene sobrinos y amigos que residen allí. “Soy una persona de retos y cuando me propongo algo, trato de salir adelante a la medida de mis posibilidades. Así me fueron ascendiendo. El edificio es mi casa, mi hogar”, dice Jara. 

Cuando llegó a Quito, tenía 20 años y hoy, a sus 70, está orgulloso de ver un edificio vivo en un sitio convulso, al que muchos relacionan con la inseguridad y por donde suelen iniciarse las protestas en contra de los gobiernos de turno. Cuenta que, actualmente, allí funciona Agrocalidad, Coop Mego, una notaría y una clínica de fisioterapia. Pero recuerda que en sus años de mayor brillo, estaba la Vicepresidencia de la República de Osvaldo Hurtado y León Roldós; instituciones ya extintas como la Jefatura Política de Pichincha, la Superintendencia de Precios, entre otras.

El edificio en la actualidad

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2. Refacciones. La administración cambió tres de los cinco ascensores.Foto: Gustavo Guamán/Expreso

Actualmente, indica Jara, el Benalcázar Mil está ocupado entre el 75 y 80 % de su capacidad, pues a partir de la pandemia, muchos copropietarios han dicho que eligieron continuar con el trabajo desde casa. Otro factor que redujo la cantidad de ocupantes fue la inauguración del Complejo Judicial Norte, hace ocho años, ya que la mayoría de oficinas estaba a cargo de abogados.

El edificio se llama Benalcázar Mil porque la extinta Mutualista, que encargó su construcción, tenía ese nombre y porque el billete de mayor denominación en esa época era de ese valor.

En la planta baja hay varios locales comerciales cerrados. Uno de los pocos abiertos es la tradicional óptica Luz, que tiene 45 años de funcionamiento en el mismo lugar. Allí trabajan Mónica y Catalina Ortíz, entre otras personas. La segunda cuenta que creció en ese lugar y está enamorada del edificio, de su historia y del entorno.

Menciona que su familia y ella están conscientes que el vacío existente en la planta baja es un problema que se suma a la sensación de inseguridad que hay en el sector por los edificios abandonados, muchos de ellos grafiteados hasta el último piso, como el del IESS, que está justo al frente. Por eso, manifiesta, han conversado entre los copropietarios de ese piso para reactivar aquellos locales. “Por ejemplo, si se fijan, antes en la av. 10 de Agosto jamás había un local vacío. Eso era imposible por aquí, eso se puede ver hasta en las fotos anteriores de Google Maps. Ahora, yo camino a diario por aquí y hay cada vez más locales en arriendo”, lamenta. 

Esto sucede a pesar de que, recientemente, la alcaldía hizo arreglos tanto en el parque El Ejido como en la Alameda, que también son cercanos. “Está hermoso, son lugares maravillosos para caminar, pero la gente no viene”, comenta.

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Mónica señala que la gente que delinque suele ocultarse en el parque y por ello hay temor. Ambas saben cuidarse, pero para Catalina, entre más personas usen el parque o caminen por las aceras, menos delincuencia habrá y la inseguridad se vuelve más una percepción que una realidad. Considera que el problema se ha agudizado desde que se inauguró el metro, pues los turistas que antes ingresaban a pie hacia el Centro Histórico por esa zona, ahora viajan directo en los trenes a la estación de la Plaza de San Francisco y se pierden de la belleza del sector.

El Benalcázar Mil es, además, un mirador escondido. En el piso 16 hay una terraza privilegiada a la que pocos tienen acceso. EXPRESO pudo ingresar y maravillarse con la vista de la ciudad desde lo alto del rascacielos del centro. Desde allí se puede mirar el Colegio Mejía, la Basílica, el Consejo Provincial, El Ejido, el antiguo Colegio Espejo, el Panecillo, el Itchimbía, las casas antiguas del barrio América y otras bellezas del paisaje arquitectónico y natural.

Pero más allá del valor estructural, histórico y la resistencia de un edificio vivo en medio de tantos fantasmas en el sector, el Benalcázar Mil es un ejemplo de cómo construir comunidad y darle un nuevo espíritu a sus instalaciones.

Ortiz y Jara cuentan que varias oficinas se han transformado en suites o departamentos, pues mucha gente ha decidido residir allí o rentar esos espacios. Unos cuantos apartamentos se ofrecen a través de plataformas de hospedaje de corta estancia. El tema, comenta Jara, es que por seguridad, mucha gente elige vivir en sitios tipo condominio, porque hay filtros para el ingreso.

Además, según el administrador, se hizo un convenio por cerca de medio millón de dólares para cambiar tres de los cinco ascensores, a los que se puede ingresar solo con tarjeta magnética, lo que aumenta la seguridad. También, a través del dinero recolectado por las alícuotas, se ha dado mantenimiento a la fachada (costó $ 180.000) y, aunque se reemplazó mosaico original, se conservaron las fachaletas. Ahora todo se pinta. Jara se jubiló hace ocho años, pero aún labora. Una de sus iniciativas más importantes es crear vínculos entre propietarios, arrendatarios y usuarios. Por ejemplo, en fechas especiales, como el Día de la Mujer, de la Madre, del Trabajo, etc., se entregan detalles. 

Y en Fiestas de Quito y Año Nuevo, no faltan el campeonato de cuarenta ni los canelazos para compartir en comunidad. Aunque él está por retirarse, espera que estas costumbres se mantengan pues saben que es la única forma de que espacios como este no corran con la misma suerte que la de sus vecinos.

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