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Carlos Alberto Reyes Salvador | Venezuela, ¡el inicio del fin!

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El reto es mayor, se debe construir un modelo institucional capaz de resistir nuevas derivas autoritarias

Tal como comentamos un mes atrás, la situación que hoy atraviesa Venezuela no puede entenderse como un evento aislado, sino como el resultado de un proceso acumulativo.

Durante años, el régimen logró sostenerse gracias a tres pilares: control político interno, capacidad de cooptación militar y un entorno internacional relativamente permisivo. Sin embargo, esos tres elementos comenzaron a erosionarse de manera simultánea. La crisis económica dejó de ser coyuntural para convertirse en estructural; la población perdió poder adquisitivo, el sistema productivo colapsó y millones de venezolanos emigraron. A esto se sumaron tensiones internas dentro del propio oficialismo, señales de desgaste y fracturas en la cadena de mando militar. El aparato ya no funcionaba con la misma eficacia.

El punto de quiebre lo marcó el cambio en la lectura geopolítica de Estados Unidos. A diferencia de etapas previas, la región volvió a adquirir relevancia estratégica: energía, seguridad y estabilidad política convergieron en un mismo tablero. Venezuela dejó de ser solo un problema humanitario para convertirse en un problema de estabilidad hemisférica asociado a flujos migratorios, crimen transnacional y seguridad energética. Esa redefinición introdujo presión sostenida y articulada, algo que en años anteriores no había ocurrido con la misma intensidad.

La salida de Nicolás Maduro debe interpretarse como un hito político de importancia gravitante, mas no como una solución definitiva al problema de Venezuela. La historia regional muestra que la remoción de un líder autoritario no garantiza la desarticulación del régimen que lo sostiene. En Venezuela existe una compleja red de poder gestada a lo largo de un cuarto de siglo, que involucra estructuras militares, intereses económicos, grupos armados irregulares y alianzas internacionales. A esto se lo podría denominar un ‘Estado fragmentado’, donde la autoridad formal no garantiza la capacidad de un control efectivo. Pensar que basta con ‘cambiar la cabeza’ sería una lectura ingenua.

Lo que sigue será un proceso largo de reconfiguración institucional. La primera tarea consiste en reconstruir la autoridad del Estado sobre sus propias fuerzas armadas y aparatos de seguridad. Sin este paso, cualquier intento de transición carecerá de estabilidad y cualquier arquitectura democrática será frágil. Habrá que desmantelar economías ilegales, redes clientelares y mecanismos de control social. En paralelo, se requerirá diseñar un marco jurídico que permita procesar responsabilidades sin generar una espiral de revancha que ponga en riesgo el proceso.

El liderazgo civil tendrá el reto de evitar la tentación de soluciones rápidas. La reconstrucción económica implicará redefinir reglas de mercado, estabilizar la moneda, recuperar servicios básicos y atraer capitales en un entorno de alta desconfianza. Todo esto deberá hacerse mientras se intenta recomponer el tejido social y garantizar mínimos de cohesión.

Venezuela ya no puede aspirar simplemente a ‘volver a lo que fue’. El reto es mayor, se debe construir un modelo institucional capaz de resistir nuevas derivas autoritarias. Si el proceso logra sostenerse en el tiempo, quizás podamos decir que este fue, efectivamente, el inicio del fin de un ciclo que marcó a toda una generación.